Embarazo millonario

Capítulo 5. Yizmal

Marisa

—Niños, por favor basta. 

—Dile a mi hermano, mamá. Es el que siempre está molestando — se defiende Clarisol—. Tú sabes que yo me porto bien siempre. 

Ajá, cuando le conviene. 

—Por eso aceptaste un dulce de un desconocido. 

—Eso no tiene nada que ver. 

—Bueno, ya basta los dos. Pórtense bien. 

—Pero qué dices, mami. Mi hermanito y yo siempre nos portamos bien, es solo que nos hace falta algo. 

—Ay no— susurro. Ya sé por donde van. 

—Oh, sí— dice el otro —Algo que todos los niños tienen y nosotros no. 

—¿Y qué cosa es? 

—Un papá — dice ella —No nos comemos tu cuento de que somos un golpe de suerte. 

No es mi mejor engaño pero al menos lo intente. 

Entramos al centro comercial, ellos corren a buscar juguetes y no sé qué cosas más, los mantengo vigilados mientras hago la despensa. 

—¿Marisa? — habla alguien de repente. 

—¿Es a mí? — intento hacerme la que no soy pero claramente si soy— debe estarme confundiendo. 

—No, tú eres Marisa — sonríe —Yo te conozco. 

Sí, me conoce. Él es el mejor amigo de Khalil, también daba clases en la universidad hace cuatro años. No sabía de nuestra relación porque Khalil y yo lo mantuvimos en secreto bastante tiempo. 

—Yo no me llamo Marisa, señor. 

—¿No? — chista mi hijo—ah, caray. ¿Entonces  como te llamas? Mamá. 

—Shhh, ve a buscar juguetes. 

—¿Mamá? — dice Doruk—¿Son tus hijos? 

—No, no son míos. Son mis sobrinos. 

—Ah, y para colmo nos niegas — susurra Clarisol—. Que buena madre eres. 

—Chicos dejen de molestar y vayan a jugar. 

—Ya que. 

—Entonces si son tus hijos. 

—Sí, son míos. — mis hijos no me dejan otra opción que decir la verdad. Son unos chismosos—. Te pido un favor, no le digas a nadie que me viste. 

—Está bien, no te preocupes. 

—Adiós — me retiro del pasillo y ya no vuelvo a verlo. 

La suerte no ha sido la mejor desde que llegue. Veo a los niños divertirse con un muñeco inflable, lo que sea por ellos. 

Terminamos las compras y regresamos al auto. Tengo que arreglar todo para las clases de mañana. 

—¿Quién era él? Mamá. 

—Un conocido. 

—¿No es nuestro papá? — pregunta ella. Oh, vamos de nuevo con el tema del papá. 

No, es un conocido. Nada más. 

—Qué pena. Esta bien como para ser mi papá. 

—Tu que sabes, niño. 

No hablamos más del tema y llegamos a casa, bajo las cosas y las guardo en sus lugares con ayuda de los niños. Mamá debe estar durmiendo porque se sentía mal. 

—Niños, vayan a su habitación. 

—¿Encerrados como animales? — bufa. —¿Que me das a cambio? 

—Te daré una buena zurra si no me hacen caso. 

—No me parece un trato justo pero tendré que aceptarlo. Mientras tanto; iré a comer helado con la abuela. 

—No molesten a la abuela, está enferma. 

—¿Molestar? Por favor mami— dice —Nosotros alegramos sus días. 

Murmura con excesiva exuberancia. 

—Claro, eso es lo que tú crees muchachito. 

—La abuela dice que somos sus nietos consentidos. 

—No tiene más. 

—¿Por qué la tía dice que no quiere tener un par de demonios traviesos como nosotros? — pregunta Clari—¿Es por qué me pusiste clara de huevo? 

Me rio amena. 

—¿Clara de huevo? Cariño, te llamas Clarisol, como mi abuela. 

—Aún peor — cuchichea —Me dicen clara de huevo, mamá. ¡Clara de huevo! 

—Eres una clara de huevo muy bella. 

—Eso lo se — mueve su cabello—. Pero los niños me molestan, ademas no saben decir mi nombre por eso me dicen clara. 

—Clara de huevo— grita su hermano—. Que genial idea. 

—¡Mamá! 

—Niños ya, basta de pelear. Vayan a jugar. 

Corren a la habitación de la abuela, lo malo es que mamá nunca les dice que no quiere jugar o no tiene tiempo, es por eso que están tan consentidos. 

Al caer la noche les preparó la cena, mi padre me enseñó a preparar una deliciosa pasta. Recuerdo que murió hace dos años, le dio un infarto y no pudimos hacer nada por él. 

—Niños, a comer. 

Los dos bajan empujándose uno contra el otro, aún están pequeños. Hace menos de dos meses cumplieron cuatro años pero no los aparentan, están muy bien alimentados y desarrollados. A Clarisol aún le cuesta decir bien las palabras, pero su hermanito no, él habla decorrido. 

—Esto es vomito de perro. 

—Oye, no ofendas mi comida. 

—Lo siento, mamá. Pero se ve horrible ¿tripas? 

—Se llama pasta, hija. 

—Me gusta la pasta — dice Yilmaz. 

—Odio la pasta – agrega Clarisol. 

Todo es así siempre. Uno ama una cosa y el otro la odia, me recuerda tanto a Khalil, a él no le gustaba la pasta ni ver la televisión, tampoco perder tiempo en redes sociales, Clarisol tiene  un poco de él, pasa de malas y es muy bipolar. 

No puedo evitar pensar en Khalil. ¿Estará odiándome aún? Me duele el pensar que sí, pero mi corazón de madre fue más fuerte. Tome la senda más fácil, irme con mis hijos. Por supuesto no acepte su dinero, el contrato decía que me pagaría lo acordado cuando el bebé naciera. Pero me fui sin reclamar nada porque no me importaba la cuantiosa cantidad que había de por medio. 

¿Cómo una madre puede renunciar a sus hijos? 

Jamás. 

Y espero que jamás nos encuentre porque Khalil es el ser más vengativo que he conocido en mi vida. Me metí con el hombre equivocado, pero no hay vuelta atrás. 

—Mamá — Yilmaz come su pasta con facilidad. Todo lo contrario a su hermanita —¿Nos llevas a jugar con Santi? 

—Mañana no puedo, debo ir a la universidad y ustedes tienen que venir conmigo. Mi mamá no puede cuidarlos. 

—Vale, yo voy contigo — dice Clarisol —Quizá me encuentre de nuevo a mi amigo. 

—¿De dónde sacas que es tu amigo? 

—Yo también tengo un amigo, mamá. 

—Bueno, ambos han hecho amigos. 

—Es un señor —asegura —alto y muy guapo, mamá. Se parece a los que aparecen en televisión. 




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