Para siempre recordaré el último pétalo caído
Pero no aceptare la realidad cuando tú te hayas ido
Aunque no estés tu nombre permanecerá entre mis labios
Aunque te vayas de mi boca jamás saldrá un adiós
Pues te querré eternamente, eternamente marcada mi piel
Tu color negro es la tinta que se escribe sobre este papel
—Porta.
Federico.
Podría decirse que fue casi inesperado. Pero ahí estábamos, en una cafetería discreta, cafetería bebiendo café, yo quería algún licor fuerte, aunque aquí no vendían nada de eso. Solo una música instrumental sin alma, y dos días para Navidad. La promesa que hicimos… ya la sentía rota antes de llegar.
"Tenemos que hablar." Eso decía el mensaje. Seguido de una dirección, nada más.
Ella estaba ahí, callada, cabizbaja, como si el lenguaje de su cuerpo fuera más honesto que sus palabras. No necesitaba hablar. Leía sus pensamientos en cada temblor de sus manos, en esa mirada que evitaba la mía.
—Entonces ya volvieron —solté con más brusquedad de la que pretendía. Mi voz la asustó.
Por fin nuestros ojos se cruzaron. Por fin dijo algo.
—¿Por qué siempre tienes que salir con eso?
Pero la culpa ya se le asomaba por las pupilas. El titubeo en sus palabras era el confesionario más cruel.
—Porque todo tu cuerpo grita que hiciste algo que te duele… y como no hablas, intento acabar esto antes de que duela más —contesté. Con indiferencia fingida. Aunque mi corazón se deshacía por dentro.
—Pues parece que ni te importase —dijo con indignación.
Y entonces, como si rompiera el dique que la contenía:
—Sí… estuve con él. La curiosidad me venció, tenía que saber si volvería a sentir lo mismo. Si al volver con él… yo…
—Basta —interrumpí, no quería escucharla hablar, no podía...
Saqué un billete de cincuenta soles y lo lancé sobre la mesa con firmeza.
—Eso es para la cuenta. El próximo año terminaré la carrera en otra sección. Y tú… no te me vuelvas a acercar. Te advertí que si volvías a él… perderías nuestros casi cinco años de amistad.
Ella quiso responder y yo alcé la mano. Como quien pone punto final a una historia que nunca tuvo un cierre correcto, no había explicación alguna que expiase lo que había hecho, tenía la dignidad suficiente como para no perdonar una infidelidad, me traicionaría a mí mismo si permitiese que ella pisotease mis sentimientos.
Me marché.
Porque no éramos novios. Pero habíamos compartido como si lo fuéramos y perdonarla… sería traicionarme.
La dignidad es lo único que uno no puede regalar.
Ella me trató como si… me quisiera y era tan detallista y cursi conmigo. En algunos momentos, incluso se preocupaba más ella por mí, que mi propia madre. Esos detalles, gestos, silencios cómplices… Pero conocía mi filo. Sabía que, si la mantenía cerca, mis palabras la herirían. Y por eso… decidí alejarme, era lo mejor para ambos. O eso creí.
Aun así, mientras los días pasaban y la ansiedad me mataba, esperaba su llamada, una disculpa diciendo que todo fue un error y aunque nada de eso llegó, para lo que si me llamó, terminó por destrozarme y el solo rememorar esa conversación, acabó con cualquier gramo de paciencia y empatía que alguna vez llegué a albergar:
—¿Federico? —dijo apenas contesté—. ¿Podemos hablar?
Lloraba con una desolación que me dejó mudo. Una parte de mí, todavía esperaba esa redención.
—Estamos hablando. ¿Qué pasó?
—Él me engañó… no fue por lo que me dijo… se fue con otra… por eso me cortó…
Las palabras apenas se colaban entre sus sollozos y un lamento confuso.
—¿Me llamaste para contarme cómo Joel te volvió a engañar? —casi rugí. El teléfono parecía más frágil que mi paciencia.
—No es eso… escúchame… la chica lo llamó hoy… ella tenía VPH… se lo pegó a él… y ahora… a mí también.
Un silencio hueco. Una palabra que no esperaba. —¿Te hiciste la prueba?
—Sí… salió positiva… fue una sola vez… yo…
Respiré. Intenté no hablarle como hombre herido, tenía que sonar como el estudiante de medicina que era y lo más profesional posible.
—Emily… aunque haya sido una vez, tú lo sabes. Eres estudiante de medicina, casi un médico graduado y conoces las consecuencias de estar con una persona promiscua, sabías muy bien como era él y éstas son las consecuencias de tu desatino…
Pude escuchar su llanto más sonoro mientras yo hablaba y luego cortó la llamada. Agradecí que lo hiciera, estaba a punto de colapsar, tiré al teléfono en mi cama y corrí a ducharme, la ira y la decepción se agolpaban con furia en mi pecho. De tal magnitud, que no podía ni siquiera ponerme en sus zapatos, sabía que estaba sufriendo y en este momento era cuando más me necesitaba. Pero… ¿quién estaba para mí?
No debí haber dejado que se marchara ese día… aunque sé que lo habría hecho de todas formas, sino hubiese sido ese día, entonces al siguiente o a la semana. No debía engañarme a mí mismo, muy dentro de mí sabía que ella correría a sus brazos otra vez, sólo esperaba que percibiera mi amor hacia ella y no se conformase con las migajas que él siempre le ofrecía. Albergué la esperanza incluso, de que si se encontraban notase la diferencia de un amor real y uno tóxico, dañino, manipulador…
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Editado: 26.07.2025