En Busca De Amor

【Capítulo 2 - Calor】

En esos dos años
no había tenido una amiga.

Ni charlas largas.
Ni risas compartidas.
Ni conversaciones que empezaran sin un motivo.

El único contacto femenino que conservaba
era el del trabajo.

Sonrisas rápidas.
Agradecimientos repetidos.
Preguntas simples
que morían al instante.

—Gracias.
—Que tenga buen día.

Mi rutina de siempre.

Por eso me resulta tan extraño
que alguien quiera hablar conmigo.
Aún más, que una chica lo haga,
y no solo eso, sino que—

La misma voz de ayer.

—¿Cuál es tu nombre? —dijo, sonriendo.

Algo volvió
a moverse dentro de mí.

—Mateo —respondí, anonadado,
mientras sostenía su mirada.

Se sentó cerca.
Demasiado cerca.

Por eso pude verlos bien.

Sus ojos.
Amarillos.
Grandes.
Brillantes.

Con cada segundo
sentí que me atrapaban
y eso—

Me dio miedo.

—Discúlpame, no quería asustarte —dijo, sorprendida.

¿Yo?
¿Asustado?

¿Qué expresión tenía?

—Solo quería conversar.

Ella hablaba
y yo seguía sin entender
por qué estaba ahí.

—No sé por qué quieres conversar conmigo —respondí, agitado.

—Porque te ves tierno —dijo sin pensarlo.

¿Q-qué?

—¿Sabes? Esta ciudad es conocida porque llueve mucho.

¿Lluvia?
¿Así, de repente?

—Cuando llueve, la gente vuelve a casa para no mojarse —dijo, mirando al cielo—.
Pero tú, a pesar de las gotas, la humedad, el frío...
te quedas.

Sus ojos volvieron a clavarse en mí.

Mi corazón
empezó a latir.

—No me gusta la lluvia.

Lo dije con más valor del que sentía.
La voz dolía.
Respirar costaba.

—A mí tampoco... —murmuró.

Entonces cayó la primera gota.
No sobre mí.
Sobre el suelo.

Otra.
Y otra.

El aire cambió.

El murmullo de la ciudad
se apagó poco a poco,
reemplazado por el sonido suave
de la lluvia regresando.

Levanté la vista.

El cielo ya no estaba quieto.

—Está lloviendo —murmuré.

Ella no se movió.

La lluvia cayó con más decisión,
mojando la banca,
oscureciendo el pavimento,
pegándose a nuestra ropa.

Aun así,
ninguno de los dos
se levantó.

El agua resbalaba por su cabello,
siguiendo mechones oscuros
pegados a su cuello.

Caía por su abrigo
y desaparecía entre las telas empapadas,
como si su cuerpo
ya se hubiera rendido a la lluvia.

En mí, el frío avanzó despacio.
Las mangas pesadas.
La camisa adherida a la piel.
El leve temblor en los dedos
que no quise ocultar.

Cada gota marcaba el silencio.

No hablábamos.
No hacía falta.

La lluvia nos cubría por igual,
pero yo sentía
que solo a mí
me estaba alcanzando algo más.

—A mí tampoco me gusta —repitió.

Estábamos empapados.
La ropa pesada.
El frío pegado al cuerpo.

Aun así, ella se veía
distinta.

—Pero —añadió, girando el rostro para verme—
creo que está empezando a gustarme.

Lo dijo con una ligereza extraña,
como si no pesara.
Como si la lluvia
no doliera igual para todos.

—Nos vemos, M-A-T-E-O.

Pronunció mi nombre despacio,
con una alegría que no entendí.

Se levantó de la banca de madera
y, sin mirar atrás,
se fue.

La lluvia siguió cayendo.

—...

Ardor.
Me ardían las manos.

Calor.
Sentí calor.

¿Por qué?

Mi cuerpo
no sabía responder.

Sin embargo, la lluvia...
dejó de sentirse fría.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.