En Busca De Amor

【Capítulo 3 - No fue un accidente】

No fue un accidente...

Al día siguiente
volví al parque.

A la misma hora.
Al mismo banco.

Llovía.

Pero ella ya estaba ahí.

—Hola, Mateo —me sonrió.

Definitivamente,
un accidente.

No lo fue.

Todos los días
nos comenzamos a encontrar.

Al inicio
hablaba ella.

Preguntas simples.
Cosas pequeñas.

—¿Siempre vienes a esta hora?
—¿Te gusta este parque?
—¿Trabajas cerca?

Yo respondía corto.
Lo justo.
Sin agregar nada más.

Pero ella no se detenía.

Volvía al día siguiente
y al otro
y al otro más.

Y cada vez
me hacía una pregunta distinta.

Sobre el trabajo.
Sobre la lluvia.
Sobre mí.

No eran preguntas profundas.
No al principio.

Pero eran constantes.

Y sin darme cuenta,
dejé de pensar tanto las respuestas.

Empecé a explicar un poco más.
A quedarme un segundo extra
antes de callar.

Un día le conté
cómo terminaba siempre empapado.
Otro, cómo el cansancio del trabajo
me dejaba vacío.

Ella escuchaba.
De verdad.

No interrumpía.
No apuraba.
Solo estaba ahí.

Y eso...
me hizo hablar.

Día tras día
mi voz se volvió menos torpe.

Las palabras
ya no se quedaban atrapadas en el pecho.

Reímos algunas veces.
Pocas.
Pero reales.

Mi corazón
ya no se encogía al hablar.

Se expandía.

Comencé a acostumbrarme
a que alguien quisiera saber de mí.

Las mañanas se hicieron esperadas.
El trabajo, aburrido y cotidiano,
se volvió más llevadero.

Sí.

Todo brillaba más.
Más claro.
Más amarillo.

Mi entorno lo notó.

Los comensales recurrentes lo decían sin pensar demasiado:

—Te ves diferente, niño.
—Hoy te ves más hermoso de lo normal.

Las señoritas me piropeaban.
Yo solo sonreía, sin entender del todo por qué.

—Mateo.

Esa voz.
El dueño.

—Sí, señor —respondí, acercándome.

Me observó un segundo más de lo habitual.
No con la seriedad de siempre.

—Mateo, tú...

Se detuvo.

—¿Estás enamorado? —dijo, sonriendo como nunca antes.

—...

¿Enamorado?
¿Amor?

La palabra se quedó suspendida en el aire,
como una gota que aún no cae.

—¡Clientes! —gritaron desde la ventanilla de cocina.

El mundo volvió a moverse.

—¡Con su permiso, jefe! —dije rápido.

Me giré y seguí trabajando,
pero algo ya no estaba en su lugar.

Las manos se movían solas.
La sonrisa salía sin esfuerzo.

Y entre platos, pedidos y pasos apurados,
mi mente no estaba ahí.

Estaba en el parque.
En la banca.
A la misma hora.

Esperando la lluvia.
Esperándola a ella.

Marcando las cinco de la tarde,
salí del trabajo.

El aire estaba pesado.
El cielo, cargado.

—Hola, Mateo.

Sí.
Ella.

Estaba ahí.
Como siempre.

En el parque.
A la misma hora.

—Hola, Alice.

Alice.
Su nombre.

Me lo dijo semanas atrás.
Como si no fuera importante.
Como si yo no lo hubiera guardado desde entonces.

Se hizo a un lado para que me sentara.
No lo pidió.
No hizo falta.

—Llegas justo —dijo, mirando el cielo—. Hoy parece que sí va a llover.

Me senté.

—Siempre dices lo mismo.

Sonrió.

—Y siempre tengo razón.

Nos quedamos en silencio unos segundos.
Pero ya no era un silencio incómodo.
Era distinto.

Un silencio que espera,
no que empuja.

—Hoy te ves cansado —dijo—. ¿Mucho trabajo?

Asentí.

—Lo normal.

—Eso dices siempre.

La miré.
Tenía razón.

—¿Y tú? —pregunté.

Fue extraño.
La pregunta salió sin pensarlo.

Ella levantó las cejas, sorprendida.
Luego sonrió más grande.

—Bien —respondió—. Mejor que antes.

—¿Antes de qué?

Se encogió de hombros.

—Antes de esto.

Señaló alrededor.
El parque.
La banca.
La lluvia que todavía no caía.

Sentí algo leve en el pecho.
No dolía.
No asustaba.

Solo estaba ahí.

La primera gota cayó.

No nos movimos.

Y entendí algo,
sin decirlo en voz alta:

ya no venía al parque
para estar solo.

—¿Quieres caminar? —me preguntó
mientras nos empapábamos.

—Vamos —respondí.

Nos levantamos de la banca
y comenzamos a rodear el parque.

Nunca lo había visto con tanto detalle.
Era mágico.

El suelo brillando.

Piedras antiguas
formaban el camino.

Entre cada losa,
una línea verde de musgo se extendía húmeda.

Pensé entonces:

¿por qué, en estos dos años,
no hice algo tan simple?

—Es peligroso caminar por lugares mojados —dijo de repente.

Ella no me miró.
Siguió caminando delicadamente,
justo en esa línea delgada donde cada paso
se vuelve trampa.

Las losas antiguas brillaban bajo la lluvia.

—Si te caes —le dije—, no me culpes.

—No planeo culparte, Mateo.

Y entonces sucedió.

Su pie derecho pisó el borde de una piedra.
No el centro.
El borde.

La suela rozó el musgo.
Un sonido breve.
Húmedo.

Su cuerpo se inclinó hacia atrás.

No gritó.
No buscó equilibrio.

Simplemente se dejó ir.

Mi mano se movió antes que el pensamiento.

La tomé por la cintura.

El impacto contra el suelo nunca llegó.

Su peso chocó contra mi pecho
y el aire se me escapó en un solo golpe.

La lluvia seguía cayendo.

Sentí el frío en la espalda.
El calor de ella entre mis brazos.

Sus dedos se aferraron a mi camisa.
No con desesperación.
Con firmeza.

Abrí los ojos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.