Despuéspués del beso
no supimos qué decir.
Pero al día siguiente
volvimos al parque.
Ella llegó primero.
Yo también estaba ansioso.
Nos sentamos.
Esta vez no dejamos espacio entre nosotros.
Su hombro tocó el mío.
—Hola —dijo, bajito.
—Hola.
Sonreímos como dos tontos.
¿Esto era estar enamorado?
¿Se suponía que yo podía tener algo así?
Siempre creí que esas cosas les pasaban a otros.
A la gente ligera.
A los que no cargaban tanto silencio por dentro.
Mi vida había cambiado sin pedirme permiso.
Y, aunque una parte de mí desconfiaba,
aunque otra susurraba que no debía acostumbrarme...
quería más.
Ella apoyó la cabeza en mi hombro
como si ese lugar ya tuviera su forma.
No pidió permiso.
No hizo un gesto grande.
Solo se acomodó.
Y yo dejé de tensarme.
El viento movía las hojas sobre nosotros.
Su cabello rozaba mi cuello.
—¿En qué piensas? —preguntó, sin levantar la cabeza.
En ti.
Pienso en ti.
Pero no lo dije.
Aún era difícil.
—En que esto se siente demasiado bien.
Ella sonrió contra mi camisa.
—Me gusta que lo digas —murmuró—. Aunque sea a medias.
Levantó el rostro y me miró.
—No quiero que tengas miedo conmigo.
No supe qué hacer con esa frase.
—No es miedo a ti —aclaré—. Es... miedo a perder algo que recién empiezo a entender.
No apartó la mirada.
—Entonces entendámoslo juntos.
Y esa vez fui yo quien buscó su mano primero.
—
Con el tiempo, el parque dejó de ser el único punto de encuentro.
Empezamos a caminar más lejos.
Un martes terminamos sentados en una vereda cualquiera,
compartiendo una bolsa de galletas.
—Esto cuenta como cita, ¿no? —pregunté.
—Claro que cuenta —respondió—. Estoy aquí contigo.
La miré.
—No es exactamente el plan más romántico.
Se encogió de hombros.
—Mateo... no vine por el lugar.
Y esa vez no aparté la mirada.
—Yo tampoco.
Ella sonrió distinto.
Más suave.
Como si hubiera esperado escuchar eso.
—
No hablábamos de "qué somos".
No hacía falta.
Al cruzar la calle,
ella se acercaba lo suficiente
para que nuestras manos se rozaran.
Al principio era un accidente.
Después,
no.
Cuando el semáforo cambiaba,
su mano ya estaba dentro de la mía.
Sin anuncio.
Sin negociación.
Natural.
Como si siempre hubiera sido así.
—
Una tarde se detuvo frente a una tienda cerrada.
El vidrio devolvía nuestro reflejo,
ligeramente borroso bajo la luz amarilla del poste.
—Míranos —dijo.
Obedecí.
—No veo nada especial.
—Yo sí —respondió.
Se acercó un poco más.
—Veo que me estás dejando quedarme.
Esa frase me golpeó.
—No te estoy dejando —dije, casi sin pensar—. Estoy intentando no salir corriendo.
Ella soltó una risa pequeña.
—Eso ya es mucho para mí.
Y apretó mi mano.
—
Un jueves apareció en el restaurante.
No avisó.
Entró con esa tranquilidad suya,
como si el lugar no le intimidara.
Yo estaba sirviendo una mesa cuando la vi.
Se sentó al fondo.
No pidió nada complicado.
Solo café.
Pero cada vez que levantaba la vista,
me estaba mirando.
No con posesión.
Con orgullo.
Cuando me acerqué a dejarle la cuenta,
sus dedos rozaron los míos.
—Te ves bien aquí —dijo.
—Aquí paso la mitad de mi vida.
—Entonces me gusta la mitad de tu vida.
Sentí el calor subir al cuello.
No me di cuenta de que el jefe observaba.
Hasta que me llamó.
—Mateo.
Me acerqué.
Miró hacia donde estaba ella.
Luego volvió a mirarme a mí.
Y sonrió.
No como jefe.
Como alguien que entiende.
—Así que sí estabas enamorado.
No lo negué.
No lo confirmé.
Solo miré hacia su mesa.
Ella levantó la mano y me hizo un gesto pequeño.
El jefe soltó una risa baja.
—Trabaja bien —dijo—. No la hagas esperar.
Y por primera vez,
no sentí vergüenza.
Sentí orgullo.
—
Cinco meses.
Cinco meses desde aquel beso bajo la lluvia.
Cinco meses de bancos compartidos,
de manos que ya no dudaban,
de silencios que ya no dolían.
Ese día parecía igual a todos.
Llegué a las cinco.
El cielo estaba gris,
pero eso nunca fue un obstáculo para nosotros.
Me senté en el banco de siempre.
Esperé.
Cinco y cuatro.
Una gota cayó sobre mi mano.
Después otra.
La lluvia comenzó despacio,
como si no quisiera interrumpir nada.
Miré hacia la entrada del parque.
Nada.
Cinco y diez.
No me moví.
Pensé que aparecería caminando rápido,
con esa calma suya,
como si el tiempo le perteneciera.
Cinco y quince.
La lluvia se hizo más firme.
El banco empezó a humedecerse.
Mi camisa también.
Seguí mirando el mismo punto.
Cinco meses.
En cinco meses, nunca me había dejado esperando.
Cinco y veinte.
El parque empezó a vaciarse.
Las personas corrían a refugiarse.
Yo me quedé.
Porque irme
era aceptar que ese día no sería como los otros.
Y todavía no estaba listo para aceptar nada.
La lluvia ya no era suave.
Caía directa, insistente.
Como si el cielo estuviera más seguro que yo.
Esperé un poco más.
Solo por si acaso.
Pero esa tarde,
por primera vez en cinco meses,
Alice no llegó.
Sentí vacío.
Y la lluvia
no se detuvo.