Al día siguiente no llovió.
El cielo estaba claro.
Injustamente claro.
Me desperté con el pecho apretado. No por angustia, sino por costumbre. Abrí los ojos y tardé unos segundos en recordar que ella aún no estaba.
Eso fue lo primero que dolió:
no el recuerdo de su cara,
sino el peso de su ausencia.
Me quedé mirando el techo. Esperaba que algo dentro de mí me dictara un plan, una ruta, una orden.
No dijo nada.
Me levanté igual, porque el cuerpo sabe seguir aunque el alma se haya quedado sentada al borde de la cama.
En el trabajo sonreí cuando correspondía. Serví platos. Escuché pedidos sin oírlos. Las palabras me atravesaban sin dejar rastro, como si yo fuera de cristal.
—Mateo.
No reaccioné.
—Mateo —insistieron.
Giré la cabeza.
—Perdón.
—¿Estás bien? —preguntó alguien.
Asentí.
—Sí.
La mentira salió limpia.
Demasiado.
El jefe me miró desde la barra. No fue una mirada dura. Fue una de reconocimiento.
La de quien ve una herida
y decide no nombrarla
para no hacerla real.
A las cinco salí del restaurante. No miré el cielo. No quería saber si el clima estaba de mi lado.
Caminé sin decidir la ruta, pero el parque apareció bajo mis pies como un imán.
El banco estaba seco.
Eso me molestó.
Sentí que la madera traicionaba nuestra historia.
Me quedé de pie, mirándolo, como si sentarme fuera una falta de respeto al recuerdo del agua.
Me senté de todos modos.
No porque quisiera,
sino porque ya no sabía
dónde más ponerme.
Cinco en punto.
Ese número antes significaba ella.
Miré el camino.
Lo miré hasta que me ardieron los ojos.
Nada.
Sentí algo torcerse por dentro.
No romperse.
Torcerse.
Como un hueso fuera de sitio
que te obliga a caminar
de una forma que no es la tuya.
Me pregunté si todo había sido una lectura equivocada.
Si yo había inventado
los significados de sus miradas,
de sus silencios.
Me pregunté cuántas veces en la vida uno cree estar siendo elegido
cuando, en realidad,
solo está siendo acompañado.
Esa idea dolió más que el vacío.
Me levanté.
Di dos pasos.
Me detuve.
Volví a sentarme.
Hacerlo
me hizo sentir más solo que antes.
La noche fue un desierto.
No hubo sueño.
Solo esperanza.
Mi cuerpo seguía esperando
el gesto mínimo
que lo calmara.
Fue entonces cuando llegó un recuerdo.
Una tarde cualquiera,
nos pasamos los números.
No fue un momento importante.
No hubo promesas.
No hubo énfasis.
Ella dijo:
—Por si algún día no llego.
Yo asentí,
como si no me importara.
Guardé su contacto esa misma noche.
No porque pensara usarlo,
sino porque saber que estaba ahí
me hacía sentir menos solo.
Nunca lo habíamos necesitado.
Hasta ahora.
Abrí el teléfono.
Su nombre estaba ahí.
Alice.
El cursor latía.
Escribí:
¿Estás bien?
Lo borré.
Escribí:
Avísame cuando puedas.
Lo borré también.
Nada suena correcto
cuando no sabes
si el otro todavía te guarda
un espacio en su mente.
Apagué el teléfono
y lo dejé boca abajo.
Como si así
pudiera dejar de esperar.
Al tercer día volvió la lluvia.
Me pareció una crueldad del cielo.
No era una tormenta;
era persistente.
De esas que no mojan,
sino que calan.
Caminé al parque
porque no sabía cómo rendirme.
El banco estaba empapado.
Me senté.
El frío me mordió la piel
y no hice nada para evitarlo.
Miré el mismo punto del camino.
Una y otra vez.
Como si insistir
fuera la única forma de fe
que me quedaba.
Pensé en su caída.
En cómo se dejó ir,
segura de que yo estaría ahí.
Pensé que, tal vez,
yo solo había sido eso:
un suelo firme
donde apoyarse
antes de volver a volar
hacia otro lado.
—No fue real —dije.
La lluvia se tragó las palabras.
Nada respondió.
Sentí el pecho cerrarse
con la rigidez
de quien entiende algo
demasiado tarde.
—Siempre te sientas aquí.
Levanté la vista.
Una mujer mayor.
El paraguas cerrado,
dejando que la lluvia
le lavara el rostro.
—Perdón —dije—. ¿Le molesta?
Negó con la cabeza.
—No. Solo miro.
Antes venías acompañado.
No pude corregirla.
—Ahora no.
Asintió despacio,
como si leyera un libro
que ya conocía.
—Las ausencias pesan más
cuando uno ya aprendió
a compartir.
No respondí.
Ella se dio la vuelta.
—Cuídese —dijo.
La vi alejarse.
Tenía razón.
Alice no estaba.
Pero yo sí.
Y ese hecho —seguir existiendo sin ella—
me desconcertó más
de lo que esperaba.
Me levanté para marcharme.
Ya no esperaba nada.
Solo quería llegar a casa
y cerrar la puerta
para que el mundo dejara de mirarme.
Bajé la cabeza
y conté mis pasos.
Uno.
Dos.
Tres.
Me detuve.
Subí la mirada despacio,
con el miedo de quien teme
que la realidad
sea solo un error.
Era ella.
Alice estaba allí,
frente a la entrada del parque.
No llevaba paraguas.
El abrigo se le pegaba al cuerpo mojado,
haciéndola parecer más pequeña,
más frágil.
Tenía el rostro pálido,
pero sus ojos seguían siendo
lo único que conservaba el color.
No dijo nada.
Yo tampoco.
La lluvia caía entre nosotros
como una cortina
que ninguno se atrevía a correr.
Entonces dio un paso.
Solo uno.
Y noté que su mano derecha temblaba,
un espasmo breve
que intentó esconder
cerrando el puño.