En Busca De Amor

【Capítulo 6 - Un reloj que no sabía oír 】

El parque dejó de ser nuestro único mapa.

Después de aquel beso, algo se acomodó y algo más quedó torcido.
La urgencia de vernos se transformó en otra cosa.
Más lenta.
Más honda.

Ya no bastaba con coincidir.
Necesitábamos escucharnos.

Pasamos de la casualidad a la intención sin decirlo en voz alta.

El banco a las cinco dejó de ser suficiente.
Ahora era el brillo del celular a las dos de la mañana.
La pantalla iluminándome la cara como una confesión mal guardada.

—¿Te desperté, Mateo? —decía ella, con esa burla suave que siempre llevaba escondida—. Qué lástima. Yo que quería contarte un secreto y tú ahí, perdiendo el tiempo con los sueños.

Yo sonreía en la oscuridad.
No porque fuera gracioso.
Sino porque su voz hacía que todo lo demás se apagara.

Hablábamos de cualquier cosa.
De recuerdos mal contados.
De miedos que no parecían miedos cuando ella los nombraba.

Sentía que me dejaba entrar en esos rincones de su cabeza donde el frío no llegaba.
Donde el cuerpo todavía obedecía.

Los meses pasaron sin pedir permiso.

Empezamos a frecuentar tiendas de ropa.
No por necesidad.
Sino por algo que empezaba a pedir espacio
y todavía no sabíamos nombrar.

Alice se perdía entre las perchas, rozando las telas con los dedos,
como si buscara algo que no estaba a la venta.

Se probaba vestidos largos, sombreros absurdos,
bufandas que le daban tres vueltas al cuello.

Salía del probador girando sobre sí misma,
posando frente a espejos que no nos conocían.

—¿Cómo me veo, Mateo? —preguntaba—.
¿Como alguien que sabe a dónde va...
o como alguien que prefiere perderse?

Yo la miraba sin apuro.
Aprendiendo sus gestos.
Guardándolos.

—Te ves como alguien que me va a arruinar la vida.

—Solo un poco —respondía—.
No seas exagerado.

Salíamos siempre con las manos vacías.
Pero algo en el pecho lleno.

Y como si la ciudad tuviera memoria,
la lluvia volvió.

—Corre, Mateo —dijo, tomándome de la mano—. No pienso empaparme sola.

Corrimos sin rumbo.
Sin motivo.
Solo risas, respiraciones agitadas y esa sensación infantil de estar escapando de algo invisible.

—¡Una cafetería! —dijo de pronto—. Esa.

Entramos casi tropezando.

El lugar era pequeño.
Cálido.
Olor a granos tostados, madera vieja y conversaciones ajenas.

El nombre colgaba sobre la barra: "Té amo".

¿Creatividad?
Sea lo que sea, el lugar olía demasiado bien.

Granos tostados.
Madera vieja.
Y, sobre todo, nadie nos prestaba atención.

Alice se sentó en una mesa cualquiera.
Los asientos eran acolchonados.
Uno frente al otro.
Demasiado cerca para ser casual.
Demasiado lejos para estar a salvo.

—Mucho gusto, ¿cuál sería su orden? —preguntó la mesera.

—El café más cargado que tengas —dijo Alice, animosa.

Curiosidad pura.
Lo supe al instante.

Bueno.
Pediría el mismo.
Solo para probar.
Solo para seguirle el paso.

—Yo igual —respondí, resignado.

La mesera anotó y se fue.

Alice apoyó la barbilla en las manos.
Clavó los ojos en los míos.
Como si acabara de acordarse de algo importante.

—A ver —dijo—. Si pudieras robarte algo de esa tienda en la que estuvimos, ¿qué sería?

Muy fácil de responder, Alice.

—A la chica que se probaba los sombreros —contesté sin dudar.

Su carcajada atravesó el local.
Silenció las máquinas de café.
Se inclinó hacia adelante, y sus dedos avanzaron por la mesa hasta rozar los míos.

—Qué falta de ambición, Mateo. Yo me robaría el espejo del fondo. El que nos hacía parecer más altos.

Me gustaba verla así.
Pícara.
Segura.
Dueña de la conversación.

Los cafés llegaron.
Oscuros.
Humeantes.

Pero su mano no se retiró.

Se quedó ahí.
Sobre la mía.
Buscando un calor que la cafeína no podía darle.

—¿Y tú, Mateo? —preguntó, bajando la voz—. ¿Qué harías si el espejo dejara de reflejarnos?

Una de sus preguntas trampa.
De esas que no buscan respuesta, sino presencia.

—Te buscaría a ciegas —dije—. Incluso si el café se enfría y las tiendas cierran.

Sonrió.
No como antes.

Le dio un sorbo al café.
Arrugó un poco la nariz.

—Demasiado amargo.

Pero no dejó la taza.

Seguro lo pidió sabiendo que yo haría lo mismo.
Astuta.
Siempre le gustó verme sufrir un poco por seguirle el ritmo.

—¿Te gusta mi tortura líquida, Mateo? —dijo, dejando la taza en la mesa.

Se inclinó más.
Sus dedos, aún fríos por la carrera, se deslizaron por mi brazo hasta atraparme la mano.
No fue un roce tímido.

Me sostuvo.
Como si necesitara anclarse.

—Te ves muy serio intentando que no se te arrugue la cara —añadió, acariciando mis nudillos con el pulgar.
Una y otra vez.

—Es un gusto adquirido —mentí—. Como tú. Al principio eres un golpe fuerte... y luego uno no sabe cómo despertar sin eso.

Arqueó una ceja, divertida.

Bajó la mano.
Buscó la mía por debajo de la mesa.
Entrelazó los dedos.
Apretó.

—Vaya. El poeta ha vuelto. ¿Y qué más? Si soy ese café amargo, ¿qué harás cuando se acabe la taza?

—Pedir otra —respondí, devolviendo el apretón.

Se quedó en silencio.
Mirándome como si me estuviera leyendo por dentro.

Sin soltar mi mano, usó la otra para alcanzar mi rostro.
Me acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
Un gesto leve.
Íntimo.

Me incliné hacia ella sin darme cuenta.

Nuestras rodillas se rozaron bajo la mesa.
Ella no se apartó.

—¿Y si la cafetera se rompe? —preguntó.
Esta vez, sin seguridad.

—Entonces aprenderé a tomar té.
O a vivir con sed.
Pero no me movería de esta mesa si tú sigues sentada enfrente.




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