En Busca De Amor

【Capítulo 7 - Aún no】

El tiempo no pasó.
Se nos acumuló encima.

Había pasado un año desde aquel café amargo.

No lo medí en caricias,
sino en la forma en que su cuerpo
empezó a confiar en mi brazo
para no caerse.

Nuestra relación se volvió un mapa de refugios.

La lluvia ya no era un juego.
Era una señal.

El parque seguía ahí,
pero el banco de madera se sentía más frío.
Las caminatas por las tiendas se hicieron más cortas,
con más paradas frente a vitrinas
que en realidad eran pausas para recuperar el aliento.

Esa tarde, el cielo se puso gris.
De ese gris que Alice odiaba
porque últimamente le calaba en los huesos.

Caminábamos de la mano.
Pasamos frente a varios lugares interesantes,
pero ella no señaló ninguno.

Se detuvo de pronto.
Me miró con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo.

—Mateo —dijo.
Y su voz no tenía burla—.
¿Llevamos más de un año juntos, verdad?

Se acercó un poco más.
Y otro poco.
Buscando mi calor.

—Caminar, observar, jugar en la ciudad me gusta —continuó—,
pero ya quiero conocer
el lugar
donde guardas lo que no dices.

Me reí.
No por la broma,
sino por la forma en que disfrazaba el cansancio,
como si la ciudad fuera ligera
y no un peso en los huesos.

—Mi casa es aburrida, Alice —dije—.

—Mejor —respondió, pegándose a mi costado—.
Estoy harta de los lugares que quieren impresionar.
Llévame a donde no tengas que ser nadie
más que el dueño de mi insomnio.

Caminamos las últimas cuadras en un silencio cómodo,
uno de esos que parecen conversación privada.

Al llegar al edificio, se detuvo frente al primer escalón.
No dijo nada,
pero sentí cómo sus dedos apretaron mi brazo un poco más,
como si el cuerpo hablara antes que ella.

Subimos despacio,
peldaño a peldaño.

Yo fingía buscar las llaves con una calma exagerada,
dándole tiempo a sus pulmones
sin que pareciera un favor.

—¿Te olvidaste de abrir puertas, Mateo
o te gusta hacerme esperar
para que admire tu perfil?

—Es técnica de suspenso —dije, girándome hacia ella—.
No todos los días entra una ladrona de espejos a mi casa.

Sonrió
y me empujó con el hombro cuando entramos.

Mi casa la recibió en silencio.

Todo estaba en su sitio.
No por bonito.
Sino por ausencia.

Nadie movía una silla.
Nadie cambiaba un vaso.
Las paredes no tenían fotos;
solo servían para esperar el día siguiente.

Alice se quedó en medio de la sala.
Se quitó el abrigo
y lo dejó caer sobre el sofá,
rompiendo la simetría.

—Vaya... —susurró—.
Dan ganas de desordenarte hasta las ideas.

Se sentó.
Hundió el cuerpo en el cojín.

—En mi casa el orden es un protocolo —dijo—.
Mis padres lo mantienen todo perfecto
para que no haya estorbos.

Alice miró alrededor.

—La tuya se parece a ti —dijo, con una extraña comodidad en el rostro.

Se estiró en el sofá,
como si probara el lugar
antes de quedarse.
Luego señaló el espacio a su lado.

—¿Qué esperas? ¿No vienes? —preguntó—.
¿No ves que me estoy quedando sin tiempo? —dijo en voz tan baja
que parecía hablarle solo al sofá.

—¿Dijiste algo? —pregunté, extrañado.

Giró la cabeza hacia mí.

—Que me debes un café por tanta demora —me respondió.

Entonces me senté junto a ella,
buscando la distancia exacta
para no tener que pedir permiso.

—No es una casa con sorpresas —le dije—,
pero quería que fuera lo bastante tranquila
para que no quisieras irte rápido.

Sus dedos subieron a mi nuca.
Jugaban con mi cabello.

—Tu sofá es aceptable —dijo—.
Pero siempre tuve curiosidad
por ese famoso sueño tuyo,
y dudo que esté aquí.

—Está en la habitación —dije, nervioso.

—Entonces ven —susurró—.
Mis piernas están cansadas de tanto caminar.

Mi corazón empezó a latir más rápido.
Mucho más rápido.

—¿Me llevas como princesa
antes de que me arrepienta
y te robe el sofá?

Mi mente se nubló.
Mi cabeza asintió antes de razonar
y mis brazos se movieron solos:
uno por su espalda,
el otro detrás de sus piernas.

Al levantarla,
me sorprendió lo fácil que fue
y lo serio que se sintió.

No por su peso,
sino por la forma en que se acomodó contra mí,
como si ese lugar existiera desde antes.

Era liviana.
Como un suspiro con abrigo.

—Llévame a tu cuarto, Mateo.

Subí despacio las escaleras.
Sentía su respiración en mi cuello con cada pisada
y seguramente ella sintió la mía,
delatando mis nervios.

Al llegar al pasillo,
antes de girar hacia mi cuarto,
Alice miró la puerta cerrada
del cuarto de mi madre.

No preguntó.
Solo apretó mi cabello y dijo:

—Estoy aquí. No temas.

Como decirlo...
ella simplemente me entendía.

Las fuerzas volvieron a mis manos
y, al girar la perilla de mi cuarto,
el olor de mi cuerpo y mi perfume
inundó el aire.

La dejé sobre la cama.

Ella no soltó mi cabello enseguida.
Me mantuvo cerca,
como si alejarme fuera perder algo.

—Ahora sí —susurró—.

Sus ojos se encontraron con los míos.
No era una mirada curiosa.
Era una que pedía quedarse.

—¿Solo me mirarás, Mateo?

El mundo se me quedó sin explicaciones.

La razón se hizo pequeña
y el cuerpo entendió primero.

La besé

como si el mundo se fuera a romper
si no lo hacía.

No fue un beso ligero.
Fue uno que pedía quedarse,
que no preguntaba permiso,
que buscaba aprender su nombre
desde la boca.




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