El hospital no me recibió.
Me reconoció.
Hay un olor que solo conocen quienes han visto la vida apagarse entre paredes de concreto: cloro viejo, metal, aire usado demasiadas veces.
Se me pegó a la piel en el primer segundo, como una humedad que no se limpia con agua.
Entró por mi nariz y, sin pedir permiso, borró el presente.
Ya no era el hombre que amaba a Alice.
Era otra vez el niño que lo perdió todo.
Tenía el frío de aquella noche cosido a los huesos;
la noche en que mi madre se volvió silencio.
El mismo frío,
la misma espera,
la misma sensación de estar llegando siempre tarde.
Caminé por el pasillo.
El suelo, de un blanco clínico y ofensivo,
brillaba tanto que devolvía una versión deformada de mí mismo:
hombros caídos,
manos temblorosas,
una sombra que no sabía a dónde ir.
Sobre mi cabeza, las luces fluorescentes zumbaban con un ritmo constante, artificial.
Bzzzt.
Bzzzt.
El sonido de la espera.
El sonido de quienes ya no tienen un lugar al cual volver.
A cada paso, las paredes parecían cerrarse un poco más,
como si el edificio respirara
y yo estuviera atrapado dentro de sus pulmones.
No vi enfermeros;
vi figuras cansadas arrastrando los pies,
sombras que se movían sin mirarse.
No vi carteles de salida;
vi placas suspendidas del techo,
señalando direcciones que no llevaban a ningún sitio.
El pasillo se alargó.
No en metros,
sino en tiempo.
Y entonces la realidad se fisuró.
Pensé que, si miraba por la ventana de alguna habitación,
no vería a un extraño,
sino a mi madre.
La vería allí, detenida en el tiempo,
sonriéndome con esa dulzura que todavía duele,
despidiéndose sin palabras.
Desvaneciéndose poco a poco,
sin que yo pudiera atravesar el aire
para decirle lo único que importaba.
Que la amaba.
Que siempre la amé.
Ese amor no dicho se quedó atrapado en mi pecho.
Frente a la habitación 112, respirar ya era demasiado.
Alcé la mano para tocar el pomo,
pero la realidad me detuvo antes.
Allí estaban ellos.
No necesitaron presentarse.
El parecido con Alice estaba grabado en sus rostros,
aunque endurecido por los años
y por una lucha que nunca se gana.
Él llevaba un traje impecable, fuera de lugar en ese pasillo.
Ella apretaba un pañuelo de seda entre los dedos,
como si fuera lo único que aún podía sostener.
Sus miradas no mostraron rechazo.
Solo cansancio.
Ese cansancio antiguo
de quienes llevan demasiado tiempo aprendiendo a despedirse.
—Usted es Mateo —dijo la mujer.
Su voz era suave, gastada—. Soy la madre de Alice.
El hombre a su lado asintió apenas.
—Su padre.
Son tan parecidos a ella.
—Mateo —repetí,
como si decir mi nombre en voz alta
me ayudara a no desarmarme—.
Mucho gusto... aunque no sea el momento.
Nadie respondió de inmediato.
La madre bajó la mirada.
El padre desvió los ojos hacia el pasillo,
como si esperara ver algo que no estaba ahí.
El silencio se estiró entre nosotros,
pesado,
cargado de cosas que nadie quería decir primero.
Pero fue su madre,
fue ella quien respiró hondo.
—Alice nos pidió, hace meses,
que si algún día ocurría algo así,
lo llamáramos a usted —dijo—.
Fue muy clara con eso.
El golpe me cerró el pecho.
—¿Cómo está? —pregunté—.
¿Qué les dijeron?
El silencio no se rompió.
La madre apretó el pañuelo
hasta arrugarlo por completo.
El padre mantuvo la vista fija en un punto del pasillo,
inmóvil,
como si cualquier palabra pudiera hacerlo caer.
—Díganme algo —insistí—.
Lo que sea.
Mi voz salió más alta de lo que esperaba.
Ajena,
como si no hubiera salido de mí.
Di un paso hacia ellos.
Luego otro.
—Por favor —dije—.
Necesito saber si está consciente.
Si me escucha.
Si...
La frase se me partió en la boca.
Golpeé la pared con la palma abierta.
No fuerte.
Lo suficiente como para sentir algo.
—No pueden hacer esto —murmuré—.
No otra vez.
El padre por fin me miró.
Sus ojos estaban rojos,
cansados de una forma que no conocía.
—Mateo... —empezó.
—No —lo interrumpí—.
Díganme qué pasa.
Díganme qué está pasando ahora.
Seguían sin decir nada.
Nada.
La espera empezó a volverse insoportable,
como una habitación sin aire.
Sentí la desesperación subir,
torpe,
buscando salida.
—Siempre es así, ¿no? —dije de pronto, sin pensar—.
Los médicos, los pasillos, las caras largas...
y al final nadie dice nada
hasta que ya es demasiado tarde.
El padre apretó los labios.
La madre levantó la cabeza.
Yo lo sabía.
Sabía que ella no estaba bien.
Que no estaba sana.
La había visto debilitarse.
Cada mes.
Cada semana.
Cada día.
Y aun así,
seguí buscando culpables.
—Ustedes lo sabían —continué, ya sin control—.
Sabían que esto podía pasar.
Y aun así la dejaron venir conmigo,
bajo la lluvia,
como si el tiempo no importara.
El mundo se me torció.
El ardor apareció primero en la mejilla.
Después, el desconcierto.
Me quedé inmóvil,
con la cabeza ladeada,
intentando entender
en qué momento había cruzado ese límite invisible.
—No se atreva —dijo ella, con la voz rota—.
No se atreva a hablar de lo que no entiende.
Le temblaban las manos.
—Llevamos años viéndola apagarse —continuó—.
Años aprendiendo a perderla despacio.
El pasillo quedó suspendido.
Yo no respondí.
No levanté la mano.
No retrocedí.