En Busca De Amor

【Capítulo 9 - Mentirosa】

El sonido llegó antes que cualquier otra cosa.

Un pitido breve.
Regular.
Impersonal.

El monitor marcaba los signos vitales con una constancia que no admitía interpretación. Cada número aparecía, cambiaba, desaparecía. El pitido volvía. Siempre igual. Siempre a tiempo.

Beep.
Beep.
Beep.

No era fuerte, pero llenaba la habitación.

Beep.
Beep.
Beep.

Mis ojos no fueron hacia ella de inmediato.

Se quedaron un segundo más en la pantalla.
En las líneas que subían y bajaban sin emoción.
En esa vida traducida a gráficos.

Luego bajaron.

Los cables primero.
Ordenados.
Demasiados.
Entrando y saliendo de un cuerpo que no pedía nada.

El tubo transparente.
Subía.
Bajaba.
Con una precisión que no era humana.

La cama era angosta. Blanca.
Las sábanas tensas, sin pliegues, como si alguien hubiera intentado que nada pareciera fuera de lugar.

Avancé un poco más.

Su brazo descansaba fuera de la sábana.
Inmóvil.
La piel pálida, marcada por una vía que no recordaba haber visto antes.

Beep.
Beep.

El pecho subía.
Bajaba.

No por voluntad.

Subí despacio.

El cuello.
La clavícula.
La línea suave de su mandíbula.

Y al final, su rostro.

Alice.

Con los ojos cerrados.
La boca apenas entreabierta.
Tranquila de una forma que no le pertenecía.

Me quedé ahí.

Esperando algo que no supe nombrar.
Un gesto mínimo.
Un error en el ritmo.
Una señal de que todavía estaba conmigo y no del otro lado de ese pitido exacto.

No pasó nada.

Beep.
Beep.
Beep.

Me acerqué un poco más. Lo justo para ver cómo el pecho subía y bajaba bajo las sábanas.
No era un movimiento decidido.
Era una concesión.
Como si el cuerpo cumpliera por obligación.

Pensé en decir su nombre.
No lo hice.

Detrás de mí, alguien respiró hondo.

—Disculpa —dijo su padre—. No hablé mucho antes, pero quiero agradecerte lo mucho que has acompañado a mi hija este último año.

El tono fue dulce. Sincero.
Excesivo para ese lugar.

—Ambos te agradecemos —añadió su madre—. Nunca la habíamos visto tan feliz.

Entonces la verdad salió a flote.

—Alice... ella sufre una enfermedad llamada Hipertensión Pulmonar Idiopática —dijo su padre. Su voz arrastró cada sílaba, como si el nombre mismo fuera una condena que ya no podía cargar solo—. Todo empezó hace años...

Alice, desde muy pequeña, siempre fue sana.
Atlética.
Participativa.
De las más destacadas en actividades deportivas.

No tenía ningún problema.
No sufría de nada.

Eso hacía felices a sus padres.

La alegría rebosaba.

Hasta que un día, en plena clase de educación física, cayó frente a todos.

Según contó después, sintió que el aire no le llegaba.
Hambre de oxígeno.
El corazón golpeándole el pecho como si tuviera púas.

Un dolor constante.

Las voces se apagaban.
Los sonidos llegaban amortiguados.
Como si estuviera debajo de una alfombra.

Sus padres llegaron de inmediato.
Hospital privado.
Urgencias.

Diagnóstico:

Hipertensión pulmonar idiopática.

Nunca habían oído algo así.

—¿Qué es eso, doctor? —preguntó la madre.

El doctor con una frialdad característica de su profesión, se quitó los lentes.

—Tienen que entender algo sobre su hija —dijo, con una calma que resultaba violenta—. El hecho de que Alice sea una atleta tan capaz es precisamente lo que ha ocultado el desastre hasta hoy. El cuerpo de un deportista sabe compensar, forzar límites, ignorar señales de alarma. Sus músculos y su voluntad han estado cubriendo el fallo de sus pulmones durante años.

Hizo una pausa.

—Esta enfermedad es traicionera porque no avisa. Las arterias se estrechan y endurecen en silencio, como si se convirtieran en piedra.

Los padres se estremecieron.

—El corazón, al estar entrenado, ha empujado con una fuerza sobrehumana para compensar esa obstrucción, creciendo para no rendirse. Pero hoy... Alice llegó a su límite.

El impacto fue inmediato.
Debilidad.
Shock.
Frío.

El médico sacó unas radiografías y señaló un punto preciso.

—Desde fuera parece repentino. Por dentro es una tormenta que llevaba años gestándose. Un día corres. Al siguiente, el interruptor se apaga.

Sus palabras los atravesaban.
Eran cáscaras vacías.

—En la mayoría de los casos —continuó—, es genético.

La culpa apareció.

—¿Yo... soy la causante? —preguntó la madre, temblando.

—No —aclaró él—. Es un error en el código. Alice nació con un reloj interno por así decirlo. Hoy... cayó el último grano.

El silencio gobernó la habitación.

Luego llegó lo rescatable.

—Va a salir de esta crisis. El tratamiento funcionará. Volverá a caminar. A sonreír.

Pero...

—No será igual. La enfermedad no se va. Se duerme. Su libertad ahora tiene límites.

Los padres jamás olvidaron esas palabras.
Las llevaron tatuadas en el miedo diario.

El tiempo fue cruel.

Alice dejó de ser la atleta que devoraba el mundo.
Se volvió una sombra dócil, resignada.
Había perdido la chispa.

Hasta esa tarde.
Ella había salido sin avisar.
De pronto comenzó la lluvia.

Una lluvia fría, peligrosa.

De esa intensidad que para sus padres era sinónimo de emergencia médica.

Cuando escucharon la puerta, estaban listos para estallar, para reprenderla por su imprudencia.
Para recordarle que el frío era su peor enemigo.
Estaban listos para resondrarla, para protegerla con gritos nacidos del pánico.

Pero las palabras se les murieron en la garganta.

Alice estaba allí, empapada, con el cabello pegado a la cara y la ropa pesada por el agua.
Pero no se veía enferma.
Lucía una sonrisa tan angelical, tan vibrante y llena de luz, que por un segundo el tiempo retrocedió años.




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