La llave tardó en entrar.
No porque la cerradura estuviera dura,
sino porque mi mano ya no obedecía.
Fallé dos veces.
El metal raspó el borde.
El sonido me atravesó la cabeza.
Entré.
La puerta se cerró detrás de mí con un golpe seco.
—...
Me quedé quieto.
Silencio.
No el silencio normal de una casa vacía.
Era más grande.
Más espeso.
Un silencio que no esperaba nada de mí.
Di un paso.
El piso crujió.
Di otro.
El crujido volvió.
Me detuve.
Ese sonido antes no significaba nada.
Ahora parecía demasiado fuerte, como si la casa se quejara de que alguien volviera a ocuparla.
—¿Qué me pasa? —pensé, mientras me rascaba el ojo.
—¿Estoy alucinando...?
Beep.
Sonó dentro de mí.
No venía de ningún lugar.
No de la cocina.
No del pasillo.
No del cuarto.
Era un sonido limpio, artificial.
Demasiado preciso para esta casa vieja.
Contuve la respiración,
dudé,
y aun así di otro paso.
Beep.
El pecho se me cerró de golpe.
No era fuerte.
No era urgente.
Era constante.
Indiferente.
El mismo intervalo.
La misma distancia exacta entre un sonido y el otro.
Beep.
Beep.
Tragué saliva.
—No... —murmuré—. No aquí.
La palabra se me desarmó antes de terminar de salir.
Beep.
Cerré los ojos un segundo.
Solo uno.
Como si eso bastara para apagarlo.
No bastó.
Beep.
La casa seguía inmóvil.
Las paredes no reaccionaban.
Nadie reaccionaba.
No iba a soportarlo ahí, de pie, escuchándolo.
Tengo que ir a la cocina.
Me lo repetí como una orden.
Como si moverme fuera suficiente para silenciarlo.
Beep.
Di un paso.
Luego otro.
Cada uno más pesado que el anterior.
Beep.
La cocina estaba intacta.
Ordenada.
Como si alguien fuera a volver en cualquier momento.
Abrí un cajón.
Cubiertos.
Demasiado ruido para tan poco espacio.
Beep.
Lo cerré de golpe.
El sonido ya no venía de adentro.
Venía de todos lados.
Me apoyé en la encimera.
La mano me temblaba.
—Respira—me dije.
Beep.
Abrí la canilla.
El agua cayó fuerte.
Me incliné sobre el lavabo.
Metí las manos bajo el chorro.
Fría.
Me la llevé a la cara.
Una vez.
Dos.
El agua me recorrió la frente, los ojos, la boca abierta.
Respiré hondo.
No alcanzó.
Beep.
Agarré el vaso más cercano.
Lo lancé contra el suelo.
Estalló.
El ruido fue caótico.
Por un segundo...
no escuché nada.
Beep.
Grité.
No supe qué dije.
La voz salió rota, animal, irreconocible.
Empujé la mesa.
La silla cayó.
El vidrio reventó.
El estallido me atravesó el pecho,
pero no lo tapó.
Barrí lo que encontré con el brazo.
Platos.
Tazas.
Fragmentos que no distinguí.
Todo al suelo.
Beep.
Mis manos ardían.
No miré.
Golpeé la pared.
Otra vez.
Y otra.
Beep.
—¡Callate! —grité, al aire, a la casa, a mí—. ¡Callate!
Nada respondió.
Solo ese sonido.
Exacto.
Puntual.
Beep.
El suelo se inclinó un poco.
Corrí desesperadamente hacia la sala.
El aire no me alcanzaba.
Los pulmones iban más rápido que el cuerpo.
Las rodillas me temblaron.
No por cansancio.
Por certeza.
Beep.
Caí.
La espalda contra el suelo.
Frío.
Duro.
El golpe no dolió.
Nada dolía lo suficiente como para tapar ese ritmo.
Beep.
Me llevé la mano al pecho,
como si pudiera apagarlo desde ahí.
Beep.
—Para... —susurré—. Por favor.
Beep.
La casa dejó de sostenerse.
La vista se me apagó por partes.
Los sentidos se mezclaron.
Las paredes se cerraron... o tal vez fui yo el que empezó a encogerse.
Solo quedó el techo.
Mi respiración rota.
Y ese sonido.
Beep.
Pasaron apenas unos segundos.
Silencio.
El sonido desapareció.
La presión aflojó despacio, como una mano que deja de apretar.
Mi pecho intentó una última bocanada de aire.
Torpe. Insuficiente.
Y entonces...
me solté.
.
.
.
El mundo volvió a meses atrás.
Mayo.
Mi cumpleaños.
La cafetería.
Nuestro lugar, siempre el mismo, escondido entre calles que de noche parecían no llevar a ningún lado. Vidrios empañados. Mesas pequeñas. Luz cálida.
Afuera hacía frío.
Adentro, no.
Alice desapareció unos minutos detrás del mostrador, murmurando algo que no alcancé a oír. Cuando volvió, lo hizo con cuidado, caminando despacio entre las mesas.
En sus manos traía una torta pequeña.
Demasiado simple para ser de vitrina.
Perfecta para nosotros.
En el centro, una sola vela encendida. La llama temblaba apenas con cada paso que daba, como si también estuviera esperando.
La sostuvo con cuidado, como si no fuera azúcar y harina, sino algo frágil de verdad. La acercó despacio, midiendo la distancia, sonriendo apenas.
—No te muevas —dijo—. Se va a caer.
No le hice caso.
Me incliné igual, apoyando los codos en la mesa.
Quería estar cerca. Demasiado cerca.
La vela temblaba.
La llama respiraba con nosotros.
Sentí el calor en la cara.
No venía del fuego.
Alice levantó la mirada.
Ese gesto lento.
Esa forma suya de mirarme como si el resto del lugar no existiera.
—Pide un deseo —susurró.
No lo dijo como una orden.
Fue más bien una cercanía.
Alice sostenía la torta con ambas manos, con cuidado, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera romper el momento.