No sé cuánto tiempo estuve ahí. Tal vez minutos. Tal vez horas. El techo no tenía respuestas, pero lo miré como si pudiera darme alguna.
Me incorporé despacio.
El cuerpo protestó.
Mis costillas aún sentían la dureza del piso.
Me quedé sentado un momento, observando el desorden como si no me perteneciera.
Las sillas yacían caídas.
La mesa, desnuda.
Platos quebrados.
El vidrio en el suelo reflejando la poca luz.
Todo parecía una escena después de algo violento.
Y, sin embargo, nada había terminado.
Respiré.
Me puse de pie con torpeza y caminé hacia la cocina una vez más.
Busqué un vaso entre los restos.
Me serví agua.
El sonido del agua golpeando el vidrio llenó el silencio.
Me quedé mirándolo un segundo.
Alcé el vaso.
Y la imagen llegó sola.
No estábamos en casa.
Era uno de esos paseos sin rumbo por la ciudad.
Yo llevaba una botella en la mano y había bebido sin pensar.
Ella se quedó mirándome demasiado tiempo.
—Si supieras cómo mis ojos te ven cuando tomas agua... ya me hubieras pedido la mano.
Lo dijo riéndose, caminando hacia atrás para no dejar de mirarme.
Yo negué con la cabeza.
Ella parecía completamente seria detrás de la broma.
La escena no se apagó de inmediato.
Ella caminando hacia atrás.
Sonriendo.
Mirándome como si yo fuera suficiente.
Sentí que algo se aflojaba dentro.
No fue rabia.
No fue culpa.
Fue amor.
Uno tan grande que ya no tenía dónde quedarse.
Volví a la cocina.
Sostuve el vaso un segundo más.
La imagen de ella seguía ahí. Su voz. Su risa.
Y entonces respiré mal.
El aire no entró completo.
Tragué.
Pero no sirvió.
Las lágrimas cayeron antes de que pudiera detenerlas.
Constantes.
Calientes.
Bebí el vaso.
Y lloré.
Yo la amo.
La amo más de lo que supe decirle.
Más de lo que supe demostrarle.
La extraño.
Extraño su risa absurda.
Su manera de mirarme como si yo fuera mejor de lo que soy.
Extraño su voz diciendo tonterías que ahora daría todo por volver a escuchar.
La amo con todo lo que tengo.
Con todo lo que soy.
Y no está aquí.
El vaso tembló en mi mano.
Lo dejé sobre la mesa antes de que cayera.
Me cubrí el rostro.
Pero las lágrimas no se detuvieron.
Respiré mal.
Intenté calmarme.
No pude.
Su nombre se formó solo.
—Alice...
La voz me salió rota.
—Te amo.
Como si decirlo ahora pudiera alcanzar algún lugar.
Como si el aire pudiera llevarlo hasta ella.
Apoyé la frente contra la mesa.
Y seguí llorando.
El sonido era el mismo.
Ahogado.
Desordenado.
Como aquella vez.
La lluvia golpeando el pavimento.
El agua mezclándose con las lágrimas.
Mi respiración quebrándose igual que ahora.
Y entonces ya no estaba en la cocina.
Estaba ahí, empapado, con el mundo moviéndose alrededor,
y yo detenido en medio de todo.
Había recordado a mi madre sin querer.
El pensamiento llegó sin aviso y me desarmó por dentro.
Me quebré en mitad de la vereda, bajo la lluvia, sin importarme quién mirara.
Pero ella...
Ella no apartó la mirada.
La sentí acercarse antes de verla. Se plantó frente a mí, con el cabello pegado a las mejillas y esa expresión que nunca era lástima.
Era decisión.
—Oye... oye, no.
Sus manos frías sostuvieron mi rostro. No me permitió esconderme.
—No me mires al suelo. Mírame a mí.
Su voz no era fuerte, pero tampoco temblaba.
Esperó.
Paciente.
Hasta que levanté la vista.
Y entonces sonrió.
No una sonrisa burlona.
Una de esas suyas, suaves, que empezaban en los ojos y terminaban desarmándome.
—¿Sabes qué veo?
Negué apenas, pero no me dejó hablar.
—Veo a un hombre que ama tan fuerte que le duele. Y eso no es debilidad, Mateo.
El pulgar limpió la lágrima que se mezclaba con la lluvia.
—Y mientras yo esté aquí... no vuelves a llorar solo. ¿Entendido?
Se quedó mirándome un segundo más, como asegurándose de que lo había entendido de verdad. Luego inclinó la cabeza y añadió, casi con complicidad:
—Además, llorando bajo la lluvia te ves dramáticamente guapo. Es injusto.
La risa se me escapó rota, pero fue risa.
Ella sonrió satisfecha, como si hubiera logrado exactamente lo que quería.
Y no se apartó.
Se quedó conmigo, bajo la lluvia, sosteniéndome sin hacer ruido.
La imagen se fue debilitando lentamente.
Volví a la cocina.
Las lágrimas seguían cayendo.
Pero algo había cambiado.
Ya no ardían igual.
No eran vacío.
No eran caída libre.
Me llevé una mano al pecho y respiré hondo.
El corazón latía firme, acompasado, como si hubiera encontrado su sitio otra vez.
No estaba deshaciéndome.
Algo dentro de mí se estaba ordenando.
Respiré de nuevo.
Y el aire entró sin romperme.
Miré alrededor.
Los platos en el suelo.
La silla caída.
El vaso hecho añicos.
Todo el desorden que había dejado el dolor.
Me limpié el rostro con el dorso de la mano.
—Está bien —murmuré, más firme.
Me arrodillé.
Recogí los pedazos con cuidado, uno por uno.
No con rabia.
No con vergüenza.
Con decisión.
Cada fragmento en la basura era una promesa.
Cada superficie que limpiaba era un "voy a estar ahí".
Hasta que el último pedazo de vidrio,
cayó dentro de la bolsa.
Ajusté el nudo.
Y la cocina volvió a respirar.
Pasé el trapo por la mesa, despacio.
No quedaba rastro del desorden.
Me quedé quieto unos segundos, mirando el espacio limpio.
Asentí, apenas.
Entonces fui a mi habitación.