La puerta se cerró detrás de mí y empecé a caminar.
Respiré hondo.
—Fuuu... —exhalé.
Ahora sí. Vamos.
Era de noche. Hacía frío, pero eso me despejó.
Cada paso era firme.
No iba corriendo.
No hacía falta.
Iba hacia ella.
Mientras avanzaba por la vereda pensé en qué iba a decirle cuando despertara.
Porque estoy seguro.
Ella está bien.
No existe otra versión en mi cabeza.
"Estoy aquí."
Lo repetí en silencio, probándolo.
"Estoy aquí, Alice."
Negué apenas.
Demasiado directo.
Respiré otra vez.
No necesito fingir.
Soy pésimo en eso.
Solo voy a ser yo.
Levanté la vista.
Las luces de la ciudad parecían más nítidas que antes.
No sé si era el frío.
O la certeza.
No tenía miedo.
Me sentía liviano.
Lo que fuera que viniera, lo íbamos a enfrentar juntos.
No pienso volver a enfrentar nada solo.
Ajusté el paso.
Esta vez no era un pensamiento.
Era decisión.
Y al final de la calle, el hospital empezaba a dibujarse contra la noche.
Estaba ahí.
Una vez más.
Esperándome.
Crucé la calle sin mirar más que al frente.
No dudé.
No esta vez.
Empujé la puerta de vidrio.
El aire cambió de inmediato.
Más frío.
Más limpio.
Más quieto.
Mis pasos resonaron en el piso pulido.
Me acerqué al mostrador.
—Buenas noches.
La enfermera levantó la vista, revisó algo en la pantalla y asintió.
—Puede pasar.
Asentí.
Gracias.
No pregunté nada más.
No necesitaba informes.
No necesitaba detalles.
Agradecí que fuera breve.
El ascensor tardó demasiado.
Miré mi reflejo en las puertas metálicas.
No había miedo.
Había una sonrisa que no supe contener.
No era solo amor.
Era algo más firme.
Más decidido.
Tal vez eso era valentía.
Presioné el botón.
El ascensor vibró levemente y comenzó a ascender.
Los números cambiaron uno a uno, lentos.
Cuando las puertas se abrieron, el silencio del pasillo fue lo primero que salió a mi encuentro.
Salí.
Empecé a caminar.
Más despacio ahora.
La habitación 112 estaba al final.
Cada paso acortaba la distancia entre la promesa y ella.
Me detuve frente a la puerta.
Apoyé la mano en el picaporte.
Respiré.
Alice... acá estoy.
Y giré la manija.
La puerta se abrió despacio.
No hizo ruido.
Lo primero que vi fue la luz tenue junto a la ventana.
Alice estaba incorporada, mirando hacia el exterior,
disfrutando la vista de la ciudad.
El cabello suelto se movía con la brisa que entraba por la ventana entreabierta.
El aire levantaba algunos mechones con cuidado, como si también supiera que debía tocarla con suavidad.
Se veía tan...
Tan...
Viva.
Sonreí.
No una sonrisa grande.
Una de esas que nacen solas cuando el corazón, por fin, se acomoda en su sitio.
No dije nada.
Solo la miré.
Ella inclinó apenas la cabeza.
Y entonces habló.
—Llegas tarde... pequeño loquillo.
Sonreí un poco más.
Di un paso dentro de la habitación.
—Si llego tarde... —murmuré— es porque quería asegurarme de que estuvieras lista para recibirme así.
Ella soltó una risa pequeña.
No apartó la mirada de la ventana de inmediato.
—¿Así cómo?
Me acerqué despacio, sin romper la calma que la rodeaba.
—Viva.
La palabra quedó suspendida entre nosotros.
Ella giró el rostro despacio.
Nuestros ojos se encontraron.
No hubo prisa.
No hubo sorpresa exagerada.
Solo esa quietud extraña que aparece cuando algo que temías perder... sigue ahí.
El sonido lejano del monitor marcaba el tiempo.
Beep.
Beep.
Nadie habló.
No hacía falta.
Di un paso más.
Me detuve a una distancia corta, pero suficiente,
como si cruzarla demasiado rápido pudiera romper el momento.
Ella me observó unos segundos,
como si confirmara que no era un recuerdo,
como si se asegurara de que no iba a desaparecer.
—Pensé que te habías perdido —susurró.
Sonreí apenas.
—Nunca.
El silencio se sostuvo unos segundos más.
Ella bajó la mirada hacia sus manos.
Las movió apenas sobre la sábana, como si todavía estuviera comprobando que le respondían.
Respiró hondo.
—Fue raro... —dijo despacio—. No era oscuridad. No del todo.
La escuché sin interrumpirla.
—Era como estar en algún lugar sin paredes... sin tiempo. —Hizo una pausa—. Escuchaba cosas a veces. Como ecos. Pero no podía moverme. No podía hablar.
Tragó saliva.
—Intentaba despertarme... pero era como si mi cuerpo no me perteneciera.
El monitor marcó un pulso estable.
Beep.
Beep.
Ella levantó los ojos hacia mí.
Ahí sí había algo distinto.
No miedo.
Recuerdo.
—Lo peor no fue eso —susurró—. Lo peor fue no encontrarte.
Sentí algo apretarse dentro del pecho.
—Te buscaba... —continuó—. No sabía dónde estaba, pero sabía que tú tenías que estar en alguna parte. Y no podía llegar.
Su voz no se quebró.
Pero estuvo cerca.
—Eso fue lo que más miedo me dio.
La frase quedó flotando entre nosotros.
No dije nada.
Di un paso más.
La distancia que quedaba entre la cama y yo se redujo a casi nada.
Podía ver el leve temblor en su respiración.
Podía notar el esfuerzo que hacía por mantenerse firme.
Apoyé una mano en el borde de la cama.
Despacio.
Como si todo todavía pudiera romperse.
—No estabas sola —dije al fin, en voz baja—. No lo estuviste ni un segundo.
Mis dedos rozaron los suyos.
Apenas.
Esta vez no dudé en cruzar la última distancia.
Tomé su mano con cuidado, como si sostuviera algo frágil y poderoso al mismo tiempo.