En busca de Libertad

Prólogo

Buenos Aires, 18 meses atrás

El avión aterrizó suavemente sobre la pista, y el leve impacto de las ruedas contra el asfalto hizo que Libertad volviera a la realidad. Durante todo el viaje había intentado controlar la ansiedad, pero ahora era imposible. No dejaba de mover las piernas, chocándolas una contra otra bajo el asiento, mientras entrelazaba y soltaba los dedos sobre su regazo una y otra vez.

Su corazón latía con tanta fuerza que podía escucharlo golpeando contra el pecho, y el estómago se le contraía por una mezcla de nervios, ilusión y miedo. Había recorrido más de mil kilómetros impulsada por un sentimiento que jamás creyó experimentar con tanta intensidad.

Iba a conocer al hombre que, sin darse cuenta, había cambiado su vida.

Mientras los pasajeros comenzaban a levantarse, ella respiró hondo y se llevó una mano al rostro. Se acomodó un mechón de su largo cabello castaño detrás de la oreja y comprobó su reflejo en un espejo que sacó del bolso. Su piel blanca estaba ligeramente sonrojada por la emoción, y unas pequeñas pecas salpicaban el puente de su nariz y parte de sus mejillas. Sus ojos color miel brillaban con una ilusión imposible de esconder, enmarcados por unas pestañas largas y espesas que resaltaban bajo sus cejas de ángulo marcado. Había puesto especial atención en su maquillaje. No porque quisiera impresionarlo, sino porque deseaba que cuando Maximiliano la viera por primera vez, descubriera en ella a la misma mujer con la que había compartido largas noches a través de incontables videollamadas y mensajes.

Todo había comenzado como una amistad inesperada. Dos desconocidos de distintas nacionalidades que hablaban durante horas de cualquier cosa: de música, de libros, de sus familias, de los problemas cotidianos y de esos pequeños detalles que solo se confían cuando alguien empieza a convertirse en un refugio.

Sin saber exactamente cuándo ocurrió, aquellas conversaciones dejaron de ser suficientes. La necesidad de escuchar su voz se transformó en el mejor momento del día, y la distancia empezó a doler como si fuera una barrera injusta.

Maximiliano era un hombre complejo, reservado y, muchas veces, difícil de entender. Había días en los que parecía levantar muros imposibles de atravesar, pero bastaba un gesto suyo, una preocupación sincera o una palabra cariñosa para convencerla de que detrás de aquella coraza existía alguien que también la quería.

Quizá nunca lo había dicho con todas sus letras.

Quizá jamás se había atrevido.

Pero Libertad estaba convencida de que había sentimientos que no necesitaban pronunciarse para ser reales.

Por eso decidió arriesgarse.

Antes de embarcar y perder la señal del teléfono, intentó llamarlo una última vez. Esperó varios segundos escuchando el tono, hasta que la llamada terminó sin respuesta. Sonrió con nerviosismo, pensando que seguramente estaría trabajando, y escribió un breve mensaje avisándole que viajaría y que llegaría al aeropuerto en un par de horas.

Después apagó el teléfono.

Durante el vuelo imaginó el reencuentro una y otra vez. Lo veía esperándola junto a la salida de pasajeros con esa sonrisa que tantas veces había sentido como un logro cuando por alguna tontería lo hacia reir a traves de la pantalla. Fantaseaba con un abrazo largo, de esos que borran de golpe la distancia y los meses de espera. Incluso se sorprendió sonriendo sola mientras imaginaba el instante en que, por fin, podría besar aquellos labios que durante tanto tiempo solo habían existido en su imaginación.

Cada minuto parecía acercarla un poco más al comienzo de la vida que soñaba construir junto a él.

Pero ninguna de las muchas escenas que inventó durante esas dos horas se parecía, ni remotamente, a lo que el destino le tenía preparado.

La ilusión se hizo añicos en cuestión de segundos.

Los mismos labios que había soñado besar pronunciaron las únicas palabras que jamás hubiera querido escuchar.

Él no la quería allí.

Debía marcharse.

Nunca debió haber viajado.

Libertad sintió que el alma la abandonaba en ese instante. Su mente se negó a comprender lo que estaba ocurriendo mientras observaba a Maximiliano darse la vuelta y alejarse sin mirar atrás.

Quiso detenerlo.

Quiso preguntarle qué había hecho mal.

Quiso correr tras él y obligarlo a decirle que todo era un malentendido.

Pero las palabras murieron antes de llegar a su garganta.

Se quedó inmóvil en medio del aeropuerto, rodeada por un mar de personas desconocidas que continuaban con sus vidas mientras algunas miradas se posaban sobre ella con una mezcla de curiosidad y compasión. El bullicio de los altavoces, las maletas rodando sobre el suelo y las voces de los viajeros se fueron apagando hasta convertirse en un murmullo lejano.

Solo podía escuchar el crujido de su corazón rompiéndose en pedazos.

«¿Había malinterpretado todo? ¿Acaso él nunca sintió lo mismo? ¿Cómo era posible que meses de cariño desaparecieran con unas cuantas palabras?»

Sintió una desolación tan intensa que tuvo que abrazarse a sí misma para no desmoronarse en ese lugar. Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas sin que pudiera detenerlas.

Había cruzado la cordillera de los Andes convencida de que estaba persiguiendo al amor de su vida.

Y, sin saberlo, acababa de cometer el peor error de todos: enamorarse tan profundamente de aquel argentino que, sin una sola muestra de compasión, acababa de destrozarle el corazón.




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