Buenos Aires, Argentina.
El destino lo estaba llevando a una encrucijada sin salida, en la que todo comenzaba a volverse cada vez peor. La vida de Maximiliano era un completo caos: todo lo que tenía lo había invertido en su negocio, el cual se fue a pique por la inflación. Para intentar tapar las deudas, había cometido el error de pedir dinero a prestamistas, pero las cosas no salieron como esperaba y, finalmente, lleno de frustración y decepción, vio esfumarse sus sueños al cerrar su local.
Por si fuera poco, debía meses de alquiler de la habitación donde se quedaba y ya la dueña le habían dado el aviso de desalojo. No conseguía empleo, los bancos lo consideraban un paria crediticio y los usureros, que no eran conocidos por su paciencia, habían empezado a presionarlo. Aquella tarde, cuando el teléfono sonó, atendió con la vaga ilusión de que fuese la respuesta a alguna postulación laboral. No esperaba recibir un problema más.
—¿Una hija? Se equivoca... ¡Eso no es posible, yo no tengo hijos!
Maximiliano no estaba para bromas, y menos para que le endosaran una criatura. Colgó de una buena vez. Sin embargo, al tercer intento, la persistencia de la asistente social y la mención de un nombre específico lo obligaron a escuchar: Fabiola.
Con ella había salido por poco más de un año. Había desaparecido sin dejar rastro y nunca más se puso en contacto con él. Si hubiera quedado embarazada, ¿no habría sido lo lógico buscarlo? Durante mucho tiempo se consoló imaginando que ella simplemente había conocido a alguien con mejor situación económica. Pero que ahora, años después, pretendieran adjudicarle una paternidad de la nada tras la muerte de la mujer, le parecía un chiste de mal gusto. La asistente social le había explicado que Fabiola dejó una carta como última voluntad, pidiendo que lo encontraran.
Esa noche, Maximiliano no pudo pegar un ojo. Su mente se sumergió en una profunda negación. Se repetía a sí mismo que era un error, una estafa, o que Fabiola se había acostado con cualquiera y ahora querían adjudicarle una hija como si fuese estúpido. Tenía que ser una equivocación. Además, el pánico le carcomía las entrañas: ¿cómo iba a ser padre si ni siquiera sabía si mañana los prestamistas le romperían las piernas o si terminaría durmiendo en la calle? Una hija era una sentencia de muerte para su ya destruida estabilidad.
A la mañana siguiente, con los ojos ardidos por el insomnio, decidió que iría al centro de servicios sociales. Necesitaba ver a la mentada niña, aclarar el error y seguir adelante con la lucha sin tregua que su propia vida le imponía.
La asistente social, una mujer de mirada cansada pero firme, lo recibió en un cubículo inundado de carpetas. Sin rodeos, le extendió una hoja de papel algo arrugada.
—Esta es la carta que Fabiola dejó como última voluntad antes de fallecer en el hospital —dijo la mujer en voz baja—. Pidió explícitamente que lo buscáramos a usted porque no hay nadie más. La niña no tiene más familia.
Con las manos temblorosas, Maximiliano leyó las líneas escritas con una caligrafía débil, desgastada por la enfermedad. Fabiola suplicaba que lo encontraran; aseguraba que él era el padre y le imploraba que no dejara a su pequeña desamparada, llamándolo el único amor de su vida.
Maximiliano dejó el papel sobre la mesa y negó con la cabeza, sintiendo que el aire le faltaba.
—Mire... yo lo lamento mucho por Fabiola, de verdad —declaró, con la voz quebrada por la frustración y la impotencia—. Pero yo no puedo hacerme cargo de esa nena. No tengo cómo. Mi negocio quebró, me van a desalojar de donde vivo en cualquier momento. No tengo trabajo. Apenas puedo conmigo mismo... meter a una criatura en mi vida sería una negligencia. No puedo.
La asistente social lo evaluó en silencio durante unos segundos. Suspiró con empatía, pero no dio su brazo a torcer.
—Entiendo que su situación es crítica, Maximiliano. Pero antes de tomar una decisión definitiva, por favor, conózcala. Ella está en la sala contigua. Solo mírela.
Él quiso negarse, levantarse e irse, pero una extraña y pesada culpa lo ancló a la silla. Finalmente, asintió con la cabeza, resignado.
La funcionaria abrió la puerta lateral y una pequeña niña de unos seis años entró lentamente. Al ver a Maximiliano, la niña se detuvo en seco. Sus grandes ojos castaños se abrieron de par en par, fijos en él, llenos de un asombro contenido. Dio un paso atrás, encogiéndose, intimidada por la estatura de ese hombre desconocido que la miraba en silencio. No corrió a sus brazos; el shock de la realidad era demasiado grande para su corta edad.
La asistente social se agachó a su altura y le preguntó con dulzura: —Dana, mi amor... ¿es él? ¿Es el hombre que tu mamá te mostraba en las fotos?
La pequeña miró de nuevo a Maximiliano. Sus labios comenzaron a temblar y un par de lágrimas gruesas rodaron por sus mejillas de porcelana, pero asintió firmemente con la cabeza.
Fue en ese preciso instante, al verla llorar, cuando la armadura de negación de Maximiliano se hizo pedazos. Estaba tan indefensa, sola en un mundo que ya la había golpeado demasiado fuerte, algo se estremeció en lo más profundo de su gélido corazón. El parecido con Fabiola en la mirada era innegable, pero había algo más: en la forma de sus cejas, en el contorno de su rostro... era el vivo retrato de las fotos de su propia infancia. Era su sangre. No había dudas, por mucho que su mente intentara buscar una salida.
Se arrodilló para quedar a su altura, venciendo la reticencia. Dana dio un paso al frente y, con un sollozo ahogado, se aferró a su cuello con una fuerza que él no creyó que una criatura tan frágil pudiera tener. Exclamó un "¡Papá!" ahogado que le partió el alma. Maximiliano, de forma inconsciente, la rodeó con sus brazos y la levantó en vilo, sintiendo cómo sus corazones se sincronizaban en un silencio absoluto.
Por unos minutos, el abrazo fue un bálsamo cálido. El olor de la niña le evocó recuerdos del pasado.