En busca de Libertad

Capítulo 3: Decidir

La pesada puerta de chapa de la alcaidía se abrió con un quejido metálico y a Maximiliano lo empujaron al interior de una pequeña oficina de paredes descascaradas. Demoró unos segundos en enfocar la visión; la brutalidad de los guardias en el calabozo le había dejado el ojo derecho completamente inflamado y un zumbido constante le dominaba el oído izquierdo. Cuando por fin logró enforcar la vista, se sorprendió al descubrir que no lo esperaba un defensor de oficio, sino tres personas perfectamente alineadas al otro lado de una mesa de madera maltratada.

El primero en dar un paso al frente fue un hombre de mediana edad, impecablemente trajeado, que sostenía un maletín de cuero italiano que desentonaba de forma grotesca con la sordidez del lugar.

—Buenas tardes, señor Maximiliano. Soy el doctor Estévez, representante legal de la familia de Fabiola Tezanos —dijo el abogado, extendiendo una tarjeta que Maximiliano no se molestó en tomar.

Detrás del letrado, sentados con una rigidez aristocrática, se encontraban un hombre y una mujer de edad avanzada. A pesar de los años, sus ropas costosas de cortes finos y sus modales altivos gritaban que pertenecían a la alta sociedad porteña. Maximiliano los miró fijamente a través de la ranura de su ojo hinchado, y un recuerdo amargo, guardado a presión en su memoria, le revolvió el estómago. Eran ellos. Los reconoció por la única fotografía que Fabiola llevaba siempre consigo en la billetera de cuando aún vivía con sus padres adoptivos. Aquellos de los que ella se había distanciado años atrás tras una ruptura dolorosa y definitiva, luego de que le prohibieran con crueldad buscar a su madre biológica. Fabiola había jurado nunca más volverlos a relacionarse con ellos y, hasta el día de su fallecimiento, se había negado a pronunciar sus nombres.

Maximiliano arrastró la silla y se sentó, tragando el sabor metálico de la sangre de su boca. Esperó en silencio que hicieran su jugada. En su ignorancia legal, no tenía cómo saber exactamente cuántos años de prisión le costarían esos envoltorios de polvo blanco que le habían plantado, pero el pánico en su pecho le decía que eran los suficientes como para no volver a ver la luz del sol en mucho tiempo. Y al contemplarlos allí, una sospecha siniestra comenzó a formarse en su mente: la golpiza de los usureros, la policía apareciendo de la nada, la droga en su bolsillo... Todo encajaba demasiado bien. Aquellos viejos lo habían mandado a cazar.

El abogado carraspeó, quebrando el silencio de la sala.

—Iremos directo al grano, Maximiliano. Su situación es extremadamente delicada. Una causa federal por tráfico de estupefacientes no es algo de lo que un hombre en sus condiciones económicas pueda salir con facilidad. Sin embargo, mis clientes están dispuestos a hacer que toda esta pesadilla desaparezca de inmediato. La causa en su contra puede ser archivada por "falta de mérito"; tenemos los contactos adecuados para que el comisario admita un error de procedimiento y destruya las actas de detención antes de que lleguen al juzgado. Además, los señores Tezanos se encargarán de liquidar su deuda total con los prestamistas y le otorgarán una cuantiosa suma en dólares para que pueda comenzar de nuevo... muy lejos de aquí.

Maximiliano no respondió. Desvió la mirada hacia la mujer, cuyas manos enjoyadas se apretaban una contra otra sobre su regazo con postura gélida e inalterable.

—No necesita hacerse cargo de la niña —intervino la mujer, clavándole una mirada cargada de un profundo desprecio clasista—. Nosotros podemos darle el futuro, el apellido y la vida que ella merece. Usted solo podría ofrecerle miseria, hambre y peligro. Ni siquiera puede mantener a salvo su propia vida. ¿Cómo pretende cuidar de una pequeña?

El abogado interrumpió a la mujer antes de que demostrara más hostilidad, deslizando sobre la mesa de madera un documento mecanografiado con sellos notariales.

—Firmará este consentimiento de delegación de guarda provisoria por razones de fuerza mayor. Con este instrumento, nos cederá el cuidado inmediato de la menor mientras usted resuelve su situación personal.

Unos pasos atrás, la mujer mantenía la barbilla en alto, blindada por su soberbia. Pero por dentro, detrás de sus ojos gélidos, la obsesión por el control absoluto la dominaba. Sabía perfectamente que, si Maximiliano se negaba y decidía dar pelea, la carta de última voluntad que había dejado Fabiola era un obstáculo legal formidable que le daba prioridad al padre biológico. Si ese muerto de hambre iba a prisión y se resistía, tendrían que someterse a un escrutinio judicial exhaustivo que sacaría a la luz los trapos sucios del pasado familiar. La firma en ese papel era solo el primer eslabón de una cadena invisible. Su verdadero plan consistía en mantener a Maximiliano completamente atado y sometido: usarían el dinero para enviarlo al exilio y, si alguna vez intentaba levantar la cabeza, reclamar a la niña o romper el acuerdo, reactivarían de inmediato la causa de las drogas a través de su red de corrupción policial, o emplearían métodos todavía más implacables para hundirlo en el barro de manera definitiva. Necesitaba esa firma ahora mismo para asegurarse de tenerlo bajo su zapato, domesticado por el pánico a la cárcel.

Maximiliano bajó la cabeza, dejando que el silencio se prolongara. Cada palabra de la mujer la había sentido como una estocada en su orgullo, y el cansancio acumulado empezó a jugarle en contra. Una parte de él, la más rota, temía que tuvieran razón. Era un fracasado. Visualizó a Dana creciendo en la opulencia de las mansiones del norte de la ciudad, con las mismas oportunidades de educación y viajes que alguna vez tuvo Fabiola. Recordó la inteligencia y los modales refinados de la mujer que amó; él jamás sería capaz de darle algo así a Dana en una habitación de alquiler, arruinado, herido y perseguido por matones.

—Bien... Acepto —susurró con la voz quebrada por la impotencia—. Firmaré lo que quieran en cuanto los prestamistas estén pagos y el dinero esté en mis manos. Ahora, sáquenme de aquí.




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