En busca de Libertad

Capítulo 4: Huir

Apenas amaneció, Maximiliano se puso en marcha. Se levantó con el cuerpo molido y salió de la pensión de puntillas, midiendo cada paso sobre las tablas crujientes del suelo para no hacer el menor ruido ni despertar a nadie. Se deslizó hacia la calle con la mochila y el bolso al hombro y se dirigió directamente al polirrubro del barrio, un minimercado urbano que vendía desde alimentos hasta artículos de ferretería y farmacia de venta libre.

Maximiliano sabía que, desde hacía unos días, el dueño —un hombre que lo conocía desde hacía unos meses y con el que solía cruzar palabras— había puesto un cartel de "Venta" en el parabrisas de su Chevrolet Corsa gris plata, estacionado al frente. No quería ser tan directo, así que entró al local haciendo sonar la campanilla de la puerta y saludó de manera casual.

—Buen día... ¿Tenés algo fuerte para el dolor? —preguntó Max, intentando erguirse.

El comerciante se dio vuelta para atenderlo y se quedó perplejo. Al reparar en el ojo hinchado de Max, en el labio partido y en los hematomas que asomaban por el cuello de su campera, el hombre intentó apaciguar la tensión con una sonrisa nerviosa y un tono de broma:

—¿Qué te pasó, che? ¿Te pasó un acoplado por encima?

Maximiliano esbozó una mueca dolorida, asimiló el golpe de humor negro y le devolvió el comentario.

—Casi... Se me cruzaron los mismos que te vienen a apretar a vos todas las semanas...

La sonrisa del comerciante se desvaneció al instante. El color se le fue del rostro, tragó saliva con dificultad y miró de reojo hacia la calle desierta a través de la vidriera. La mención de los usureros le había pegado directo en su propia herida.

—Si no consigo la plata a fin de mes, me van a hacer lo mismo a mí, Max —confesó con la voz temblorosa, apoyando las manos sobre el mostrador—. Y lo peor no soy yo... Tengo un miedo que no me deja dormir por mi nena. Es adolescente y ya noté cómo la mira uno de esos desgraciados cada vez que viene a cobrar la cuota.

Maximiliano sintió un frío amargo en el estómago, pero la urgencia de su propio plan lo obligó a pasar a la acción.

—Vi que tenés el Corsa en venta —dijo Max, bajando la voz—. ¿Cuánto pedís?

El hombre mencionó una cifra que cubría holgadamente el valor del coche y que, además, le permitiría saldar de inmediato su deuda y sacarlos del radar de los matones por un tiempo. Sin dudarlo, Maximiliano metió la mano en la mochila, sacó un fajo de los dólares que le había entregado el doctor Estévez y lo apoyó sobre el mostrador, justo al lado de las cajas de analgésicos que el comerciante acababa de buscar.

—Acepto —dijo Max—. Pero necesito llevarme el auto ahora mismo. Tomá la plata. Después hacemos la transferencia y el papeleo, cuando las cosas se calmen.

Asfixiado por la desesperación y la inminente amenaza de los cobradores, no lo dudó un segundo. El locatario agarró el fajo de billetes con manos temblorosas, los ocultó bajo la caja registradora y le entregó las llaves del vehículo.

—Llevátelo, Max. Y que Dios te acompañe —le dijo deseándole lo mejor con completa sinceridad.

Maximiliano guardó los analgésicos en su campera, se despidió y caminó hacia el auto. Conteniendo el dolor punzante en su costado, acomodó con dificultad en el asiento trasero el bolso de lona con la ropa de Dana y su mochila con el resto del dinero.

Condujo con cuidado por el conurbano hasta las inmediaciones del hogar de menores. Estacionó el vehiculo a tres cuadras de la institución, en un pasaje residencial estrecho y flanqueado por árboles frondosos, asegurándose de que quedara oculto en un punto ciego lejos del alcance de las cámaras de seguridad municipales.

El reloj del teléfono móvil marcaba las dos de la tarde cuando Maximiliano regresó a pie y se agazapó detrás de una hilera de arbustos, al otro lado de la calle del hogar. Su cuerpo entero protestaba; los analgésicos que había tomado apenas lograban mitigar la punzada constante en su cabeza.

Recordó las palabras de Dana durante su última visita. La pequeña, con esa inocente agudeza para notar los detalles, le había contado que los chicos más grandes se escapaban por un agujero oculto en el alambrado trasero del jardín durante la hora de recreo posterior al almuerzo. Maximiliano no podía arriesgarse a entrar por la recepción; el juzgado ya debía tener los papeles de los abuelos en proceso y el personal del hogar lo retendría. Tenía que evitar por todos los medios ser visto.

A través de la cuadrícula del tejido metálico, vio salir al grupo de niños. Los latidos se le desbocaron cuando divisó la silueta pequeña de Dana, apartada del resto, columpiándose con la mirada perdida en el suelo. Maximiliano se deslizó por los límites del perímetro, se acercó al punto ciego del alambrado y silbó suavemente, imitando el canto de un pájaro, tal como jugaba con ella cuando la visitaba y anunciaba su llegada desde el pasillo.

Dana levantó la cabeza de golpe y lo buscó con la mirada por los alrededores hasta que sus ojos se abrieron de par en par al reconocer el rostro golpeado de su padre del otro lado del alambrado.

—Dana, acá... Vení despacio —susurró Maximiliano, apartando las ramas secas que cubrían la brecha.

A pesar de sus seis años, la niña captó la urgencia en la mirada de su padre. No hizo preguntas. Caminó con paso rápido, se agachó y cruzó el agujero arrastrando los zapatos por el barro. La tomó en brazos, conteniendo un gemido de dolor por el esfuerzo, y la pegó a su pecho.

—Vámonos, mi amor. Nos vamos de viaje —le dijo al oído.

Tiró en el suelo su teléfono para evitar ser rastreado y corrió sin mirar atrás por los pasajes residenciales, llegando rápidamente hasta el auto. Maximiliano la acomodó en el asiento de atrás, subió al puesto del conductor y arrancó. El motor respondió con un ronroneo constante.

De inmediato buscó la salida hacia el Acceso Oeste para incorporarse a la Ruta Nacional 7. Sabía que esta era la vía más directa. Se trataba de una autopista y autovía recta que cortaba transversalmente el corazón agrícola de la pampa húmeda, el camino perfecto para ganar velocidad, aunque el viaje no tardaría en convertirse en un suplicio de monotonía, dolor físico y una paranoia absoluta.




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