En busca de Libertad

Capítulo 5: Refugiarse:

La vivienda era humilde, se notaba la escasez de recursos, pero desbordaba una calidez humana que Maximiliano no había sentido en años. José acomodó una sábana limpia sobre un sillón descolorido para que Maximiliano depositara a Dana con delicadeza. Los gatos de la casa se acercaron sigilosos, olisquearon sus zapatitos y se retiraron satisfechos. Mientras la niña descansaba, el viejo puso la pava al fuego para preparar unos mates, dispuesto a escuchar el relato de la desesperada huida.

Al amanecer, cuando Dana abrió los ojos, no supo si seguía soñando. Se encontró rodeada de un mar de colas que se batían de un lado a otro y miradas caninas llenas de curiosidad. Las risas divertidas de la niña jugando con los animales despertaron a los hombres, que se habían quedado conversando casi hasta la salida del sol. Maximiliano sintió un vuelco en el corazón al ver a su hija correr hacia él con una enorme sonrisa, perseguida por tres cachorros que jugaban a la par. La levantó en brazos, olvidándose por completo de su malestar, contagiado de esa felicidad sencilla y pura.

Después de asearla y a sí mismo, caminó hasta un almacén cercano para comprar el desayuno. Aprovechó la televisión del comercio y compró el diario local para buscar cualquier indicio de su búsqueda. Nada. Ni una palabra sobre un secuestro. Regresó a la casa con la guardia en alto. Cualquier otra persona habría respirado aliviada, pero a él el estómago se le estrujó aún más.

Sabía que el silencio en las noticias no era paz, sino una cuenta regresiva que ya había comenzado a correr en su contra. En el hogar de menores, la desaparición de Dana ya debía de haber desatado un terremoto burocrático; el personal estaba obligado por ley a denunciar la ausencia de la niña de inmediato para deslindar responsabilidades, activando de forma automática los protocolos policiales de búsqueda de menores. Pero la verdadera amenaza venía por otro frente. Si el abogado de los Tezanos ya había presentado los escritos en el juzgado exigiendo una resolución exprés para que los abuelos pudieran llevarse a Dana antes de Navidad, la secretaría del tribunal y el propio hogar de tránsito habrían sido notificados de inmediato. Al enterarse del rapto, los abuelos de Dana no se quedarían de brazos cruzados esperando los tiempos de la justicia penal. Estarían moviendo cielo y tierra, usando sus influencias.

El auto abandonado en Córdoba más pronto que tarde sería descubierto por alguna patrulla vial o algún curioso, y los investigadores no tardarían en trazar la línea sobre la Ruta 7. Deducirían que se dirigía al oeste, hacia la frontera. El tiempo se le estaba agotando.

Regresó al refugio con el pulso acelerado, sintiendo que cada mirada de los vecinos en la calle era una acusación. Al cruzar la reja, el patio era un caos de juego que contrastaba de forma salvaje con la tormenta que llevaba en la cabeza. Dana parecía una pequeña cerdita sumergida en un lodazal, corriendo embarrada entre los perros. El viejo rescatista la supervisaba divertido sentado mientras tomaba un mate, al tiempo que algunos gatos observaban la invasión con gruñidos de desaprobación desde los techos.

Maximiliano se detuvo a mirarla, con la bolsa de pan apretada entre las manos. Deseó con el alma que esa burbuja de felicidad no estallara. Toda la travesía hasta San Luis era solo una escala técnica. Lo más difícil era lo que les esperaba.

Toda esa algarabía de Dana con los animales le ayudó a Maximiliano a abstraerse de la impaciencia que le corroía las entrañas mientras esperaba a la persona que José había contactado. Cruzar la cordillera de forma legal por el Paso Libertadores era un suicidio; con la alerta de sustracción activa y los escáneres biométricos de la PDI chilena, en cuanto un funcionario ingresara su documento, la alarma saltaría en las pantallas en un parpadeo. Necesitaban un milagro, y ese milagro dependía de un viejo camarada de la ruta.

El plan se terminó de sellar esa misma tarde alrededor de la rústica mesa de madera en la cocina de José, en su humilde casa de las afueras de San Luis. José había preparado un guiso de lentejas espeso y humeante, acompañado por un termo de mate y una botella de fernet que los hombres apenas tocaban. Dana devoraba la comida con apetito voraz, ajena a la tensión invisible que enturbiaba el aire. Para ella, los perros rescatados del patio y el viaje inminente eran las piezas de una maravillosa excursión.

La puerta de chapa se abrió dejando entrar una ráfaga de viento seco y tierra. Lautaro entró con paso pesado. Era un hombre de sesenta años, de espalda ancha y campera de jean desgastada, con el rostro surcado por miles de kilómetros de asfalto y noches en vela. Al ver a Maximiliano, se detuvo en seco, clavó sus ojos duros en él y luego miró a José con severidad.

—Cuatro años, Max —dijo Lautaro, con voz ronca a causa del cigarrillo—. Cuatro años desde que dejaste los camiones. José me llamó diciendo que estabas metido en un lío, pero no me dijo que estabas tan demacrado. ¿Qué carajo hiciste?

Maximiliano se enderezó con dificultad, presionándose sutilmente las costillas heridas para ocultar el dolor.

—Tuve que salir de Buenos Aires, Lautaro. No tenía opción.

—Me enteré de que te habías asentado. Que habías puesto un local de empanadas, dulces y comidas al paso después de que Fabiola se fue de tu vida —comentó Lautaro, arrastrando una silla para sentarse frente a él—. Pensé que te iba bien. Que habías dejado la ruta para ser un tipo de familia.

—El negocio se fue a pique —respondió Max, con una mueca de amargura—. La inflación, la economía... Me ahogaron las deudas, Lautaro. Pero eso no importa ahora. Lo único que me importa es ella.

Max señaló con la cabeza hacia el rincón de la cocina, donde Dana jugaba en silencio con un cachorro mestizo. Lautaro la observó durante un largo rato pensativo. La niña levantó la vista y le dedicó una sonrisa enorme, limpia de toda malicia, inmune a la desesperación de los adultos. El viejo camionero sintió que algo se le ablandaba en el pecho, pero recuperó la compostura de inmediato, devolviéndole la sonrisa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.