En busca de Libertad

Capítulo 6: Cruzar

Salieron de San Luis pasadas las ocho de la noche. Durante las primeras horas de marcha, el camión avanzaba con un ronquido parejo hacia el sur por la Ruta 146. En el primer tramo, bajo el cielo estrellado del verano puntano, Max y Lautaro compartieron unos mates acompañados de facturas en un silencio espeso, comunicándose apenas con miradas cargadas de nostalgia. En el asiento del medio, flanqueada por la silueta enorme del camionero y el hombro protector de Max, Dana sostenía con ambas manos una cajita de leche chocolatada. Para la niña, el hábito de la huida se disolvía temporalmente entre el asombro y la fantasía. Miraba con ojos enormes el tablero repleto de relojes analógicos, luces verdes e indicadores brillantes, convencida de que viajaba en el puesto de mando de una nave espacial en ruta hacia las estrellas. Lautaro le enseñaba con paciencia el funcionamiento de las perillas y el dial del VHF, respondiendo a sus preguntas inocentes con una ternura inesperada para su aspecto curtido. Entre sorbo y sorbo, la niña apoyaba la frente contra el cristal frío, fascinada por los destellos titilantes de las fincas y los pueblos lejanos que se diluían a la distancia como constelaciones perdidas en la pampa.

Alrededor de la medianoche, a la altura de San Rafael y empalmando la Ruta 40 hacia Malargüe, el ritmo del viaje cambió. Dana empezó a parpadear con pesadez y Max sentía cómo la adrenalina que lo había mantenido en pie durante días comenzaba a ceder paso a un agotamiento aplastante. El bamboleo constante del vehículo y el murmullo grave del motor terminaron por vencer a la pequeña; su cabecita quedó recostada sobre el regazo de su padre, con las piernas encogidas sobre la butaca. Max la cubrió con una manta liviana y le acarició el cabello despeinado en la penumbra mientras observaba el cuentakilómetros avanzar.

A medida que dejaban atrás Malargüe y se adentraban en la Ruta 145 en dirección a la cordillera, el asfalto comenzó a inclinarse hacia arriba. La paz irreal del trayecto empezó a enrarecerse: la temperatura afuera cayó de golpe y el viento andino comenzó a silbar contra los espejos retrovisores, colando un frío helado por las rendijas de la cabina mientras el aire se volvía más pesado y escaso.

Eran casi las cuatro de la mañana cuando las luces lejanas de un retén rompieron la oscuridad de la precordillera. El terreno se volvía árido y hostil a medida que se aproximaban al Puesto de Control de Gendarmería Nacional en Las Loicas.

Lautaro le echó una mirada rápida a Max, ajustando las manos sobre el volante con firmeza.

—Estamos cerca —murmuró el camionero con voz grave—. Despertala despacio y abajo los dos. Ya.

Max tomó a Dana adormilada y se deslizaron con rapidez al doble fondo bajo el colchón. Se acostaron sobre dos gruesos sacos de dormir de alta montaña y una manta térmica aluminizada que les había dado Lautaro. El encierro creaba una atmósfera extraña: el chasis de chapa retenía el calor sofocante del motor y del rozamiento del asfalto, pero a la vez, el aire helado de la madrugada andina comenzaba a colarse por las juntas metálicas, cargado con un denso olor a gasoil, grasa y lana vieja.

Se sintió la vibración de la puerta del conductor al abrirse y el sonido pesado de unas botas al golpear el estribo. Dana, ya despabilada e incómoda en el estrecho compartimiento, quiso emitir un quejido, pero Max le tapó la boca suavemente con la mano, pegándola a su pecho mientras aguantaba su propia respiración. Con el paso de los minutos, la niña comenzó a temblar, tal vez por la claustrofobia o por lo helada que se había vuelto la cabina. Él le acarició el cabello con suavidad y besó su frente para hacerla sentir segura, mientras por dentro el terror de ser descubierto lo invadía.

—Buenas noches, jefe —se escuchó la voz ronca de un policía provincial—. Control de rutina. ¿Qué transporta?

—Buenas noches, oficial —respondió Lautaro con una parsimonia ensayada en mil viajes—. Quesos de exportación hacia Talca. Va sellado y precintado. —Le extendió el porongo de forma espontánea—. ¿Quiere un mate para pasar el frío de la noche?

—No, gracias. Déjeme ver los papeles... ¿Viaja solo?

—Siempre solo. A ver si me apuro para llegar a pasar la Nochebuena con mi mujer en Talca.

Mientras el oficial revisaba el papeleo, otro uniformado se subió por la puerta del lado contrario, apoyó un codo en el estribo y asomó medio cuerpo al interior. La linterna recorrió el tablero, la consola central y avanzó sobre la litera; el haz de luz blanca rompió la penumbra de la cabina y penetró por la pequeña hendidura bajo la cama. Max cerró los ojos y le tapó los oídos suavemente a Dana para amortiguar el latido desbocado de su propio corazón. Podía sentir el calor de la respiración contenida de la niña pegada a su cuello.

De pronto, el haz de luz se detuvo un segundo de más sobre la litera al notar el colchón un poco levantado en una de sus puntas y unos envases en el suelo.

—A ver... Muestre la parte de atrás, maestro —exigió el gendarme, entornando los ojos—. ¿Que son esos envases de comida?

El estómago de Max dio un vuelco violento al pensar que tal vez alguna prenda de Dana se había quedado sobre el colchón. Sintió un frío de muerte recorrerle la espalda. A su lado, la pequeña contuvo un sollozo pegando la cara contra el saco de dormir.

—Fueron parte de mi desayuno, oficial —respondió Lautaro sin pestañear, con la lentitud de quien no tiene nada que ocultar—. Disculpe el desorden, no me dio tiempo de juntar los envases antes de salir.

Lautaro metió la mano en la guantera para tomar la libreta de la guía de tránsito y disimuladamente deslizó entre las hojas un par de billetes de cien dólares doblados al medio.

—Qué le parece, oficial... —dijo en voz baja, inclinándose un poco y pasándole el documento directamente en las manos al uniformado que revisaba ya parte de su documentación—. Traigo todo sellado desde origen. Es carga crítica y si me demoro acá en el control, no llegaré para Nochebuena.




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