Durante el primer tramo, bajo el cielo estrellado del verano de San Luis, viajaron en la cabina. Max y Lautaro compartieron unos mates acompañados de facturas en un silencio espeso, comunicándose apenas con miradas cargadas de nostalgia. En el asiento del medio, Dana sostenía su cajita de leche chocolatada mientras exploraba el lugar con ojos enormes. Para ella, el interior del camión con su tablero repleto de luces de colores, perillas analógicas y el ronroneo constante del motor, era lo más parecido a viajar en una nave espacial. Entre sorbo y sorbo, alternaba su asombro con la ventanilla, fascinada por las luces titilantes de los pueblos lejanos. El viaje parecía discurrir con una paz casi irreal.
Sin embargo, el dinamismo del peligro no tardó en imponerse. Al acercarse a San Rafael, Lautaro divisó los destellos azules de un retén policial a un kilómetro de distancia.
—¡Abajo, muévanse! — ordenó con un tono imperioso y contenido.
Max tomó a Dana del brazo y se deslizaron con rapidez al doble fondo bajo el colchón. Se acostaron sobre dos gruesos sacos de dormir de alta montaña y una manta térmica aluminizada que les había dado Lautaro. En esta primera ocasión, al encontrarse todavía en el llano mendocino, el encierro bajo la litera fue sofocante, caluroso y cargado de un olor a grasa y metal. Fueron treinta minutos de respiración contenida en los que Max acarició el cabello de la niña en la oscuridad, convenciéndola con suaves golpecitos de que todo marchaba según el plan de la "misión espacial". En cuanto pasaron el control, Lautaro se desvió unos metros en una banquina oscura y levantó la tapa de la litera.
—Ya está, salgan a respirar —murmuró con alivio.
Maximiliano ayudó a Dana a salir de la estrechez del escondite, tomándola por las axilas y sentándola con cuidado sobre el colchón de la cabina. La pequeña pestañeó, encandilada por la suave luz del tablero.
—¡Misión cumplida! —le dijo Max con una sonrisa enorme que no lograba ocultar del todo la tensión contenida. Le revolvió el cabello con cariño—. Te portaste como una verdadera astronauta en la cápsula. Ni un solo ruido.
Lautaro, desde el asiento del conductor, soltó una carcajada ronca y estiró su mano grande y curtida para chocar los cinco con la pequeña.
—¡Espectacular lo suyo, jefa! El centro de control en la Tierra está orgulloso. Pasamos la zona de asteroides sin un rasguño gracias a usted —bromeó el camionero, guiñándole un ojo.
Dana sintió un calorcito hermoso en el pecho. Una sonrisa tímida pero llena de orgullo y profunda satisfacción iluminó su rostro cansado; realmente se sentía la heroína de una gran aventura espacial. Se acomodó en el asiento de la cabina, apoyando su cabeza entre rodeada por los brazos de su papá, completamente feliz y segura bajo la protección de aquellos dos grandes héroes de su aventura.
Sin embargo, la adrenalina del momento no tardó en pasarle factura. Apenas unos minutos después de reanudar la marcha, arrullada por las caricias de Max y el movimiento constante del motor del camión, los párpados de Dana se sintieron cada vez más pesados, hasta quedar dormida, sumida en un sueño profundo y pacífico.
Max la cubrió con una manta gruesa para protegerla del fresco de la noche cordillerana. Luego, se acomodó en el asiento del acompañante y miró de reojo a su viejo amigo.
Habían pasado con éxito uno de los controles, pero sabía que no podía cantar victoria tan pronto en la ruta. Con el asfalto abriéndose paso bajo los faros, los dos hombres comenzaron a hablar en voz baja. Al principio fueron frases cortas, casi con timidez, pero pronto las anécdotas del pasado, los caminos recorridos y las vueltas de la vida empezaron a fluir. Entre mate y mate, mientras devoraban kilómetros en la oscuridad de la ruta, Lautaro y Maximiliano fueron acortando los años de distancia, poniéndose al día y reconstruyendo, en complicidad silenciosa, los lazos de una amistad que el tiempo no había logrado borrar.
Cuando dieron las cinco de la madrugada, el verdadero calvario comenzó. El camión inició el ascenso final por la escarpada Ruta 145 hacia el Paso Pehuenche. El paisaje exterior, que Max llegó a contemplar unos minutos antes de ocultarse, era imponente y desolado, cubierto por una fina capa de escarcha que brillaba bajo las estrellas moribundas del amanecer. La temperatura exterior ya rozaba los dos grados bajo cero.
—Se viene la aduana. Esta es la parte más difícil —advirtió Lautaro, mirándolo por el espejo retrovisor con extrema gravedad—. Métanse en los sacos térmicos y envuélvanse en la manta. No toquen el metal del cajón de forma directa o se van a quedar pegados por la helada. Nos vemos del otro lado...
La tapa se cerró y la oscuridad absoluta los devoró por segunda vez.
Esta vez, el habitáculo no era un horno sofocante; se había convertido en una tumba de hielo. El chasis del camión, expuesto al azote del viento cordillerano que golpeaba el metal a ochenta kilómetros por hora, transmitía un frío que calaba los huesos de forma insidiosa. Ajustó a Dana con la manta y la aferró contra su pecho para darle calor.
Fueron noventa minutos de una tortura implacable y silenciosa. En la negrura total del cajón, la tensión se volvió física, casi sólida. Max miraba la silueta difusa de Dana, apenas adivinable por el tenue brillo de la manta aluminizada. La niña tiritaba de manera descontrolada; sentía cómo sus pequeños hombros se sacudían bajo sus brazos. En un momento, Dana emitió un gemido casi inaudible, un sollozo ahogado por el frío extremo que amenazaba con romper su promesa de astronauta. Max, con el corazón en la boca y el terror helándole la sangre, le acarició el rostro con suavidad y le tapó la boca con extrema delicadeza, pegando su frente a la de ella.
«Por favor, Dios, por favor, que no haga ningún ruido. No nos descubran ahora», rogaba Max en su mente en un rezo desesperado y silencioso, mientras contenía su propia respiración. El dolor de sus costillas heridas se agravó exponencialmente; el aire gélido contraía sus músculos, provocándole un tormento punzante con cada bache del camino. Aun así, tragó cada quejido, concentrado únicamente en exhalar su propio aliento templado cerca del rostro de Dana para mantenerla caliente.