En busca de Libertad

Capítulo 7: Recordar

San José de Maipo, Chile

Las mañanas frescas de la precordillera no eran del agrado de Libertad, ya que le hacían recordarlo de golpe; después de todo, había sido a principios de otoño cuando lo conoció.

En pleno diciembre, el verano de Santiago solía ser asfixiante, pero allí arriba, en el Cajón del Maipo, el viento fresco que bajaba de las montañas durante las primeras horas del día se colaba por las ventanas de la casona.

A veces bastaba una cumbia argentina sonando en la radio o una noticia sobre Buenos Aires para que el recuerdo apareciera. Pero cuando la mañana despertaba extrañamente fresca, Libertad acostumbraba a prepararse un “mate submarino”, como Maximiliano solía llamarlo entre risas. Para él, cebar un mate era casi un ritual sagrado. La yerba debía inclinarse con precisión, el agua jamás podía hervir y era obligatorio dejar una pequeña montañita seca para que no se lavara. Libertad, en cambio, rompía cada una de aquellas reglas con un entusiasmo casi infantil. Echaba la yerba sin cuidado, la inundaba con agua hirviendo y, para completar el sacrilegio, añadía un generoso chorro de leche. El resultado era una mezcla espesa donde toda la yerba flotaba ahogada hasta el borde del porongo.

—Eso no es un mate, Libertad... es un pantano. Un submarino podría hundirse ahí dentro.

Él siempre terminaba riéndose al otro lado de la pantalla, horrorizado por semejante atentado contra las costumbres argentinas. Ella fingía indignarse, aunque terminaba riendo a la par.

Sin embargo, ese pantano tibio y dulce era el único refugio que le quedaba. Se sentó con el porongo entre las manos, contemplando los enormes álamos del jardín moverse con el viento, mientras su mente se sumergía en el pasado. Después abrió, como todas las mañanas, aquella lista de reproducción que conservaba con un celo casi religioso; eran canciones que Maximiliano había grabado para ella, acompañándose únicamente de una guitarra.

La voz de Maximiliano, suave y grave a la vez, flotaba en la galería de la casona como un eco distante que la arrastraba inevitablemente a esos días en los que, a pesar de los miles de kilómetros de distancia, sentía que no había nadie más en el mundo.

Se conocieron en una plataforma de juegos en línea, presentados por una amiga en común. Al principio, no se toleraban. Libertad encontraba que Maximiliano era un tipo insoportable, cínico, propenso a un humor negro y cortante que a ella, con su sensibilidad a flor de piel, la irritaba sobremanera. Él, por su parte, se burlaba de su acento chileno, de su intensidad y de esa urgencia constante que ella expresaba por escapar de su asfixiante y estructurada vida santiaguina. Se respondían con ironías, buscaban eliminarse en las partidas con un ensañamiento infantil y evitaban hablarse directamente. Pero el juego en línea era solo una pantalla para ocultar la soledad de ambos.

Libertad vivía una existencia sumamente solitaria. No tenía familia; habitaba un pequeño departamento en pleno centro de Santiago y cargaba a diario con el desgaste psicológico de trabajar en el área de atención al cliente de una gran empresa de telecomunicaciones. Era un entorno hostil, marcado por una competitividad destructiva, envidias y exigencias corporativas constantes que la consumían. Sumado a las rutinas asfixiantes del transporte público capitalino y al vacío de llegar a un hogar donde nadie la esperaba, sentía que la infelicidad y el estrés crónico —ese mal tan típico de los santiaguinos— se la estaban devorando.

Cuando se conocieron, él acababa de bajarse de las rutas. Llevaba poco tiempo de haber dejado de trabajar como camionero de larga distancia para asentarse abriendo un local en una provincia de Buenos Aires. Por primera vez en años, disponía de tiempo libre durante el día; horas muertas que utilizaba para jugar en línea, tocar la guitarra y disfrutar de la calma que el asfalto siempre le había negado.

Una noche, tras una partida especialmente frustrante, se quedaron solos en el canal de voz. Al notar su tono exhausto y roto, Maximiliano dejó de lado sus burlas habituales y le preguntó qué le pasaba. Ella, sobrepasada por el cansancio de su jornada en Santiago, se desahogó por completo. Una noche, tras una partida especialmente frustrante, se quedaron solos en el canal de voz. Al notar su tono exhausto y roto, Maximiliano dejó de lado sus burlas habituales y le preguntó qué le pasaba. Ella, sobrepasada por el cansancio de su jornada en Santiago, se desahogó por completo. Al escuchar el trasfondo de su sensibilidad, el peso de su soledad, el estrés del trabajo y el agobio de la gran ciudad; el cinismo de Max comenzó a agrietarse. A su vez, él empezó a revelarle pedazos de su propio pasado.

La antipatía inicial mutó rápidamente en una complicidad diaria. Las largas horas de juego se convirtieron en llamadas que se prolongaban hasta la madrugada. Lo que empezó como una amistad virtual de risas y partidas compartidas fue madurando hacia una relación profunda, cargada de palabras de amor sinceras. Libertad desarrolló una fuerte dependencia emocional hacia él; Max se convirtió en su cable a tierra, el único refugio luminoso en medio de sus días grises en la ciudad. Y a él, aunque con sus propios demonios a cuestas, le agradaba inmensamente sentirse depositario de ese enorme cariño y de la dedicación incondicional que ella le profesaba desde el otro lado de la cordillera.

Y así transcurrieron dos años. Dos años de una relación a distancia que comenzó de la forma más improbable y hostil, transformándose en el refugio confidencial de ambos.

Maximiliano llevaba un tiempo complicado por la situación económica. La inflación en Argentina volvía cada mes más difícil sostener su pequeña rotisería. Los proveedores aumentaban los precios sin descanso, los alquileres parecían no tener techo y mantener abierto el negocio mientras pagaba el departamento donde vivía se había convertido en una batalla perdida.




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