La Terminal de Buses de Talca bullía con el caos eléctrico y fatigante de las vísperas navideñas. Avanzaba a paso lento por el andén, sintiendo en menos medida la punzada en la cabeza por el golpe con el hierro, pero en sus costillas se mantenía como un recordatorio constante de su fragilidad. El calor del mediodía del valle central chileno comenzaba a calentar el asfalto. Aferrada fuertemente a su mano izquierda, Dana caminaba con prudencia, pero sus ojos saltaban de un lado a otro, encandilados el movimiento frenético de aquel lugar.
—Papá… —susurró la niña, tirando de su remera—. ¿Ya estamos cerca de encontrarnos con tu amiga?
Maximiliano bajó la mirada hacia ella y ensayó una sonrisa cansada, tratando de ocultar la profunda incertidumbre que le corroía.
—Todavía no, mi amor. Falta un poco más de viaje, pero ya casi. Hay que tomar un último colectivo grande.
Caminaron mimetizándose entre la masa de pasajeros que subían y bajaban con maletas atadas con cuerdas y bolsas de compras de último minuto. Dana observaba con fascinación los enormes autobuses de dos pisos que maniobraban en reversa emitiendo pitidos agudos. A su alrededor, un coro desafinado de voces llenaba el aire caliente. Los auxiliares de las distintas empresas asomaban medio cuerpo por las puertas de las máquinas, gritando los destinos a voz en cuello:
—¡Santiago, Santiago directo por la autopista! ¡Sale en cinco! ¡Santiago, Rancagua, Estación Central!
Dana que había escuchado las conversaciones de los transeúntes y el pregón cantarín de los vendedores ambulantes que ofrecían bebidas heladas, helados de agua y dulces locales. El ritmo rápido y las palabras recortadas le resultaban ajenos y desconcertantes. Se estiró para alcanzar el oído de su padre.
—Papá, ¿por qué hablan así? —preguntó en voz baja.
—Así hablan acá, mi amor. También es español, solo que las palabras suenan un poco más rápidas. Ya nos vamos a acostumbrar —respondió él, forzando una sonrisa tranquilizadora mientras le acariciaba el cabello.
Sin embargo, pensar en el acento chileno era, inevitablemente, pensar en Libertad.
Recordó, con una mezcla de nostalgia y ternura, la forma tan particular en la que ella hablaba cuando se enojaba con él; ese acento chileno que se volvía más rápido y cantadito, lleno de modismos y expresiones rápidas, cada vez que él la molestaba con sus bromas y chistes pesados. En aquel entonces, a Max le costaba seguirle el ritmo y descifrar cada palabra, pero ahora, gracias a esas largas charlas y a las horas dedicadas a escuchar sus protestas fingidas al otro lado de la pantalla, sentía que podía entender la mayoría de las cosas que ella decía, como si el lenguaje de Libertad se hubiera vuelto familiar.
Se acordó de lo mucho que la había extrañado, sobre todo en aquel tiempo y de cuánto le había dolido tomar la decisión de alejarse. Le partía el alma, pero sabía perfectamente que no podía ofrecerle ninguna estabilidad. No tenía cómo sostener una relación real, de carne y hueso: apenas lograba vivir al día y viajar a Chile de manera regular para verla era una fantasía imposible. Había tenido que vender lo poco que poseía para saldar deudas y su realidad se había reducido a dormir sobre un colchón inflable en el suelo de la rotisería, rodeado del olor a grasa fría y desesperanza.
Precisamente porque la quería de verdad, porque su amor por ella era lo único limpio que le quedaba, había tomado la dolorosa decisión de dar un paso al costado. Quería dejarla libre para que encontrara a alguien mejor, alguien que no arrastrara un pasado en ruinas y que pudiera estar presente físicamente, tomándole la mano sin el obstáculo de una frontera de por medio. Tenía claro que si no desaparecía por completo de su vida, si no cortaba toda comunicación de forma radical, Libertad insistiría en sostener el vínculo. Se aferraría a él por ese amor leal que la hacía única, desgastando su propia juventud en una espera estéril, sin poder rehacer su vida ni seguir adelante.
Y ahora, el destino se burlaba de su sacrificio de la manera más cruel. Se pasó una mano temblorosa por el rostro cansado. La urgencia, el miedo por Dana y la falta de salidas lo empujaban de vuelta al único refugio que alguna vez consideró seguro. Tenía que recurrir a ella. Sabía perfectamente que buscarla de nuevo era un error egoísta, una contradicción imperdonable que reabriría heridas que probablemente ya estaban sanando, y que además significaba meterla de lleno en el peligroso fango de su presente. Pero mientras miraba a su hija dormir de reojo, Maximiliano tuvo que aceptar su derrota espiritual: no le quedaba ninguna otra opción.
Inspiró profundo llenándose de la determinación que le flaqueaba cuando ahondaba en sus cavilaciones y ubicó con la mirada, la zona de boleterías. Al acercarse, la boca del estómago de Maximiliano se contrajo del pánico al caer en cuenta de algo que no había considerado…
¿Qué pasaría si la cajera le exigía una identificación oficial para venderle los pasajes? Si ingresaban su DNI argentino en el sistema, quizás la alerta de sustracción saltaría de inmediato y si no, tal vez dejaría huellas que permitían que fuesen rastrados hasta ese lado de la cordillera. Se detuvo a unos metros, fingiendo buscar algo en su mochila, mientras observaba atentamente la ventanilla. El flujo de personas era colosal; las filas avanzaban rápido y la empleada, visiblemente sobrepasada por la demanda del día, apenas miraba a los clientes mientras tecleaba con prisa. Solo les pedía el número de identificación de viva voz, sin verificar físicamente ningún documento.
Eso le calmó un poco sus miedos y finalmente avanzó. Al llegar al mostrador, con voz firme y aparentemente serena, dictó dos nombres y dos números de DNI completamente falsos que había memorizado en el camino. La cajera los ingresó mecánicamente, imprimió los tickets y se los entregó junto al cambio. No hubo preguntas. No hubo sospechas.