Al cabo de unos minutos del trayecto, el auxiliar del autobús, un hombre joven de uniforme azul comenzó a recorrer el pasillo para revisar los boletos. Al llegar al asiento de Maximiliano, tomó los recibos del pasaje y los picó con una maquinita metálica.
—¿En dónde bajan, caballero? —preguntó el joven de manera amable.
—En el terminal, en Santiago.
El auxiliar lo miró con detenimiento, notando de inmediato el tono extranjero, el rostro demacrado por los golpes y la tensión casi física que despedía el cuerpo del hombre. El joven bajó la voz, adoptando un tono protector.
—Ojo al llegar allá, amigo. La terminal de Estación Central en vísperas de Navidad es una boca de lobo. Está llena de lanzas y carteristas que andan al acecho de los que vienen llegando de afuera. No descuide sus bolsos, camine rápido y mire siempre al frente. No le reciba nada a nadie.
—Le agradezco el consejo, de verdad. Lo tendré en cuenta —respondió Maximiliano con un deje de gratitud.
El bus continuó su marcha. Padre e hija contemplaron en silencio cómo el paisaje cambiaba, dejando atrás los viñedos del Maule. Dana, vencida por el cansancio del viaje, acabó por apoyar la cabeza en el regazo de su padre y se quedó profundamente dormida.
Él la contempló bajo la luz dorada del atardecer que se colaba por el vidrio. Con infinito cuidado, le apartó el cabello sudado que se le pegaba al cuello para que estuviera más cómoda y al hacerlo confirmó lo que tanto temía: las ronchas rojas que antes parecían picaduras se habían transformado en un sarpullido abundante, sobreelevado esparcido ahora por su cuello, su pecho y sus brazos. Al posar la palma de su mano sobre la frente de Dana, la piel de la niña se sentía un poco caliente, pero no contaba con un termómetro para determinar si se debía al bochorno del autobús o si era una fiebre real. Decidió mantener la calma, podía ser varicela y como lo había padecido en la adolescencia, sabia bien que tendría que esperar que el virus terminara su ciclo.
Agotado por los días sin dormir, el dolor físico y la insoportable tensión mental, Maximiliano sintió que sus párpados pesaban toneladas. Con la mano apoyada sobre la frente caliente de su hija, cerró los ojos y se dejó vencer por un sueño pesado y plagado de pesadillas de las más de tres horas que demoró el recorrido
l autobús entró finalmente a la caótica Terminal de Santiago en Estación Central. El rugido de decenas de motores diésel, los frenazos de aire comprimido y el griterío ensordecedor de los pasajeros despertaron a Maximiliano de golpe. Se incorporó sobresaltado, con la desorientación pegada a las sienes.
Dana seguía totalmente adormecida por la fatiga, así que la tomó en brazos con un esfuerzo supremo. Sus piernas temblaban por el esfuerzo, el peso de la niña y el tirón doloroso de su costado herido. Al bajar al andén de concreto, abrumado por el bullicio y la marea humana, depositó a Dana un momento en una banca de cemento para acomodarse las correas de las mochilas. Fue en ese instante de confusión cuando se dio cuenta de que no tenía el mapa turístico que tanto le había costado conseguir.
«¡Maldición! Se me quedó en el asiento del bus», pensó con desespero.
Se volvió rápidamente hacia su hija, que lo miraba con ojos entreabiertos, saliendo del letargo del sueño.
—Quédate acá, mi amor. No te muevas por nada del mundo. Voy a buscar el mapa y vuelvo en un segundo —le dijo apresuradamente.
Maximiliano giró sobre sus talones y corrió de vuelta hacia el interior de la cabina del autobús, que aún permanecía detenido en el andén. Subió las escaleras de dos en dos, con el sudor empapándole la frente. Localizó el librillo turístico sobre el asiento que habían ocupado, lo aferró con fuerza y bajó de inmediato. No tardó más de un minuto.
Cuando regresó, algo en la escena frente a él le hizo palidecer por completo.
El bolso que había dejado al lado de Dana ya no estaba en la banca. El aire de la terminal pareció volverse denso, dificultando su respiración. Giró la cabeza de un lado a otro, buscando desesperadamente entre la multitud alguna señal del ladrón, pero solo vio un océano de rostros indiferentes. El equipaje se había desvanecido, llevándose con ella la poca ropa limpia de Dana, los medicamentos de emergencia para la fiebre y la mayor parte de la comida de reserva.
—No... no puede ser —murmuró con la voz rota, sintiendo un calor abrasador en el rostro seguido de un escalofrío en la espalda.
Dana lo miraba desde la banca con ojos asustados, intuyendo la gravedad del momento sin llegar a comprenderla del todo. Maximiliano se dejó caer a su lado en la banca de cemento, completamente derrotado. Había caído en la trampa de la terminal del auxiliar del microbús le había avisado. Una mezcla de rabia, dolor físico e impotencia le quemaba por dentro, pero se obligó serenarse y abrazó a la niña con fuerza. No podía permitirse perder el control en ese momento.
El aire de la Terminal Estación Central se sentía pesado, saturado por el olor a combustible y el murmullo ensordecedor de miles de personas. En la banca de cemento, Maximiliano continuaba de rodillas, con los brazos alrededor de Dana. Podía sentir el cuerpo de la pequeña rígido, temblando levemente bajo la presión de una angustia que no le cabía en el pecho.
—¿Papá? —la voz de Dana sonó apenas como un hilito quebrado, conteniendo el llanto—. ¿Por qué no está el bolso? Yo... de verdad que no me moví. Te juro que me quedé quietita mirando como me dijiste. No sé en qué momento se lo llevaron... perdón, fue por mi culpa. Ahí estaba mi botellita y mi ropa limpia, ¿cierto?
A Maximiliano se le partió el alma. La culpa inocente en los ojos grandes y vidriosos de su hija le dolió más que la pérdida material. Tragó la bilis de la frustración y le acunó el rostro con las manos, forzando una sonrisa cargada de una ternura desesperada.
—No fue tu culpa, mi amor. Alguien lo tomó mientras fui a buscar el mapa al micro. Papá se descuidó, vos no hiciste nada malo — le consoló dándole un beso en la frente con suavidad.