Los vapores calientes y el olor a metal encerrado que emanaban desde las escaleras del subterráneo hacían que Dana sintiera que estaba descendiendo directamente hacia las fauces de un dragón. A su alrededor, la gente iba y venía a pasos apresurados, encapsulada en sus propias urgencias navideñas, sin notar su pequeño y agotado cuerpo. Si su papá no la hubiera alzado firmemente en brazos, la marea humana la habría empujado o pisoteado más de una vez.
Una profunda debilidad comenzó a invadirla; sentía los párpados pesados, como si tuvieran fuego por dentro, y las piernas le pesaban tanto que apenas lograba mantener el equilibrio cuando él la apoyaba en el suelo. Dana se estaba esforzando con todas sus fuerzas por no llorar ni ser una carga. Ya había notado lo mal que se había puesto papá cuando descubrieron que se habían llevado el bolso con sus cosas en la terminal, y el miedo la había paralizado al ver cómo se había enojado cuando las personas lo insultaron en el colectivo. Si había algo que en su corta edad había aprendido a distinguir en su madre y ahora en su papá, era ver aquella mirada de profunda preocupación y desamparo en sus rostros.
El tiempo transcurrido en la larguísima fila frente a las boleterías del Metro se les hizo eterno. El calor abajo era sofocante, un bochorno pastoso que le hacía costar respirar. Finalmente, Maximiliano pudo cargar con un par de billetes la tarjeta Bip azul que la anciana les había regalado. Cruzaron los torniquetes y descendieron al andén, que vibraba abarrotado de pasajeros. Cuando el tren frenó con un chillido ensordecedor, ambos fueron arrastrados y empujados por la estampida de personas que intentaban abordar el vagón a como diera lugar para llegar a sus hogares.
No había un solo espacio para sentarse. Maximiliano maniobró entre los cuerpos apretados hasta alcanzar una esquina del vagón, apoyando la espalda contra el metal para soportar mejor el peso de su hija. Sintió el suspiro de la niña como un débil quejido contra su cuello; poco después, Dana dejó caer la cabeza sobre su hombro, vencida por el letargo de la enfermedad. Maximiliano inclinó el mentón y besó su frente sudorosa para confirmar lo evidente; la niña estaba volando en fiebre.
Todo lo vivido en las últimas horas había sido una tortura física incluso para él, un hombre fuerte y curtido en la ruta. No podía llegar a imaginar el peso tan desgarrador que aquello significaba para el frágil cuerpo de una niña de seis años. Maximiliano la apretó más contra su pecho para protegerla de los vaivenes del tren y el roce de la gente y al bajar la mirada hacia el brazo de la pequeña que colgaba sobre su costado, descubrió con horror que las pintitas rojas se habían multiplicado, extendiéndose como un sarpullido furioso por toda su piel delgada. Los quejidos imperceptibles que salían de los labios resecos de Dana le estrujaron el pecho. Desesperado, comenzó a observar una a una las estaciones a través del vidrio, preguntando con voz tensa a los pasajeros que parecían más amigables cómo hacer la combinación de líneas para acercarse a la dirección del mapa.
Cargando a Dana con una dificultad y empapado en sudor, logró salir a la superficie en pleno Centro. El sol seguía en alto, aunque las temperaturas de Santiago en diciembre eran más benévolas que el verano húmedo y sofocante de Buenos Aires, había al menos ocho grados menos en la capital chilena. Intentó refrescar a Dana aplicando agua de la botella en su frente, pero la temperatura solo iba en aumento. Necesitaba una farmacia urgente.
Avanzó un par de cuadras con la mirada desbocada hasta que los característicos letreros luminosos le devolvieron un destello de esperanza. Entró al local empujando la puerta de vidrio.
—Señorita, por favor, necesito algo para bajarle la fiebre a la nena. Un antitérmico, un jarabe, lo que sea —pidió Maximiliano con la voz quebrada por la agitación.
La vendedora detrás del mostrador miró de reojo el aspecto descuidado del hombre, los hematomas en su cara, notó su marcado acento argentino y, aprovechando su evidente desesperación, tomó de la estantería un antipirético de la marca más costosa del catálogo.
Maximiliano metió la mano libre en el bolsillo de su pantalón y volcó sobre el mostrador todo el dinero que le quedaba sin tener idea del costo real de los billetes. La empleada comenzó a contar el dinero, tomó el equivalente al costo del medicamento y devolvió el resto.
Miró a la pequeña niña, que se había dejado caer semiconsciente en una de las sillas de espera, tomó un pequeño vaso de plástico, lo llenó en el dispensador de agua de la farmacia y se lo extendió junto al frasco—. Dele la dosis exacta que dice la caja, ahí tiene agua.
Llevar el medicamento a la boca de Dana fue una batalla desgarradora. La niña reaccionó de mala gana, aturdida por el dolor de cuerpo y el amargor del jarabe. Por más que intentó contener el llanto para no disgustar a su padre, el malestar la superó. Las lágrimas comenzaron a brotar descontroladamente de sus ojos vidriosos, y una mezcla de pena, miedo y absoluta orfandad se fundió en un llanto desconsolado que terminó por romper el silencio de la farmacia.
—¡Quiero a mi mamá! —imploró Dana entre sollozos ruidosos, tapándose la cara con sus manos calentitas—. ¡Me duele mucho! Quiero ir a la casa con mi mamá... la extraño...
Aquella súplica le atravesó el corazón a Maximiliano como una estocada limpia. Se autoflageló mentalmente, preguntándose si todo lo que había hecho —el escape, el cruce ilegal, las mentiras— había sido verdaderamente por el bien de la nena, o si, en el fondo, su orgullo y su soledad la habían usado como un ancla egoísta a la que aferrarse para no terminar de hundirse en la miseria de su quiebra. Tal vez debió dejarla en Buenos Aires con los abuelos maternos, donde habría estado segura, bajo un techo caliente y con atención médica. Su obstinación había arrastrado a una criatura inocente a una realidad de persecución, robos y padecimientos de la que ahora mismo no sabía cómo demonios salir.