En busca de Libertad

Capítulo 11: Reencontrarse

Tras una mañana ajetreada en la que Libertad trató de sacar de la mente los recuerdos de Maximiliano con las tareas del hostal, partió rumbo a Santiago para comprar víveres y carnes que faltaban. Además de los regalos para Lucas y su madre, lo que había dejado para último momento, pues tenía la esperanza de librarse de aquel compromiso que no se sentía lista para afrontar y al que no era capaz de negarse para no herir los sentimientos de quien se había convencido de que con el tiempo llegaría a amar. Eso, si tan solo el recuerdo del trasandino no la atormentara tan seguido, le facilitaría abrir su corazón.

Se maldijo por ser tan estúpida, por albergar, después de todos esos meses, una mínima esperanza. Golpeó furiosa con la palma de la mano el volante y giró la vista hacia el semáforo en rojo, donde los peatones se disponían a cruzar. Y, entre toda esa gente, lo vio. Quedó desconcertada, pensando que sus ojos le fallaban o que había terminado de trastornarse con el anhelo de ver a aquel hombre que no podía sacar de sus pensamientos. Estaba viendo a Maximiliano…

«¡No, no es posible! Él está en Buenos Aires… No hay motivo para que esté caminando en el centro de Santiago y menos con una pequeña niña de la mano».

En su cabeza trató de encontrar una explicación lógica y llegó a la conclusión de que seguramente era alguien muy parecido. Rebuscó en el tumulto de personas al hombre y la niña, pero se perdieron en el caos de la calle mientras luchaba por hallar un lugar para estacionar. Por más que caminó observando detenidamente los alrededores, no logró encontrarlos de nuevo y se convenció que tuvo en breve desvarío. Sus sentimientos habían colapsado otra vez…

Apenas pudo concentrarse en las compras para el hostal, y ni siquiera recordó la velada que tenía esa noche con Lucas y su madre, mucho menos los regalos que se había propuesto comprar para ellos. Ese argentino causaba en ella una colisión de emociones al mismo tiempo... Siempre fue así, desde el primer día en que se conocieron. Se detestaron de inmediato. Él, para ella, era un argentino “agrandado”, pedante, pero a la vez muy interesante; ella, para él, era una chilena insoportablemente amistosa y parlanchina, demasiado sociable para su personalidad desconfiada y reservada. Pero, poco a poco, fue llamando su atención y cautivando con su calidez la frialdad de aquel orco que lo representaba tan bien en el juego como en la realidad.

Maximiliano era muy diferente a ella, pero también compartían mucho en común. Las horas que pasaban juntos jugando y hablando por llamada volaban; parecían minutos cuando ambos se reunían. Ella lo hacía olvidar las tristezas y frustraciones que enfrentaba, y él la abrazaba con su compañía, la había inspirado de tantas formas que ni siquiera se imaginaba, ella en él veía infinidad de virtudes que le hacían querer ser mejor persona, le hacían amar lo que había dentro de su ser.

Recordaba aquellos días mientras guardaba los productos de las compras, cuando su teléfono móvil la devolvió a la realidad. Era su antigua vecina de Santiago, que la llamaba cada tanto cuando llegaba alguna carta o notificación a lo que había sido su antiguo departamento.

Al otro lado de la línea, Libertad no podía dar crédito a lo que su antigua vecina le estaba contando. Sintió un nudo en el estómago, un escalofrío le recorrió la espina dorsal, y las piernas comenzaron a fallarle de inmediato. Tuvo que sostenerse del capó de su auto; necesitaba sentarse o terminaría desplomada en el pavimento del estacionamiento del hostal.

«¡Era él! ¡Definitivamente era él, el hombre que vi en el cruce peatonal de la Alameda! —se recriminó en un grito mental, apretándose las sienes—. ¿Por qué buscarme ahora, después de tanto tiempo?

Olvidando por completo el resto de las bolsas de las compras que había realizado, subió al vehículo mecánicamente, metió las llaves y encendió el motor. El reloj del tablero marcaba pasadas las tres de la tarde de ese veinticuatro de diciembre. El sol de verano caía implacable sobre el asfalto, y las avenidas principales hacia el centro de la ciudad ya eran un hervidero lento de autos congestionados por las compras de última hora para la Nochebuena. Una capa de sudor frío le cubrió la frente y las manos, volviendo resbaladizo el volante a pesar de que el aire acondicionado soplaba a máxima potencia. La ansiedad y la desesperación comenzaron a carcomerla por dentro con cada metro que avanzaba en el atochamiento vehicular.

Tantas veces había soñado despierta con enfrentarlo y escupirle todo lo que sentía: la rabia y la tristeza que la habían hundido en una depresión de la que aún no salía por completo. Pero esta vez estaba decidida a no guardarse nada; era el momento de su revancha. Lo miraría a los ojos, justo como él lo había hecho aquel día, y le diría exactamente las mismas palabras que la atravesaron como una lanza al rojo vivo. Luego se marcharía sin mirar atrás.

De pronto, el teléfono interrumpió sus pensamientos. En la pantalla iluminada brilló el nombre de Lucas.

—¡Maldición! No puedo atenderte ahora, Lucas... no lo vas a entender —murmuró con la voz ahogada, golpeando el volante. Esperó a que la llamada se cortara y, con un movimiento torpe, silenció el aparato de forma definitiva.

Su mente estaba al límite; no poseía la capacidad emocional para dar explicaciones. Después vería cómo justificar ante Lucas y su madre su retraso a la cena de Navidad y el hecho de que ni siquiera había podido comprar algún presente para ellos. Se autoconvenció de que esto sería un trámite breve, un ajuste de cuentas rápido. Le pagaría con la misma moneda, cerraría el ciclo de ese amor inconcluso y, al fin, sería libre para querer a alguien más.

El trayecto por la Alameda se le hizo eterno. Cuando finalmente llegó a su antiguo edificio, estacionó el vehículo a los tumbos en el espacio de visitas. Al apagarse el motor, la realidad la golpeó: las manos le temblaban tanto que apenas pudo sostener la cartera y el estómago le daba vueltas en un centrifugado insoportable. Dentro del ascensor, se miró en el espejo de tres cuerpos: su rostro lucía demacrado, pálido, con los ojos inyectados en una mezcla de pánico y furia. Se retocó el labial como pudo, respiró hondo y ensayó su mejor sonrisa de superioridad. Quería que él viera a una mujer exitosa, fuerte, alguien para quien lo vivido entre los dos era una historia superada.




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