10 años.
—¿Eso es todo lo que tienes? ¿Así piensas enfrentarte a las otras manadas o a los renegados? —dice papá—. Ya son 10 años, Lev, tienes que controlarte. Después de todo, eres el próximo alfa de esta manada.
—Sabes que no es lo que quiero —digo.
—¿Ah, sí? ¿Y qué quieres? ¿Huir como la arrastrada de tu madre?
Me quedo mirándolo mientras siento que me hierve la sangre.
—Te he dicho que no menciones a mi madre —digo, y me abalanzo hacia él. Cuando creo que voy a golpear, él me saca el aire de un codazo y caigo casi sin poder respirar, con mis ojos llenos de lágrimas que no pienso dejar que salgan; son debilidad.
Papá me mira y sonríe de forma maliciosa.
—¿Ves? —dice—. Te tienes que controlar. Cualquiera que se deje llevar por las emociones se entrega en bandeja de plata hacia sus enemigos. Además, tienes que entrenar bien y hacerte fuerte. Un alfa que solo depende de su lobo y no sabe luchar con sus propias manos no sirve. Así que, Lev, espero buenos resultados de ti y de tu lobo.
Se va y me deja ahí, en medio del campo, jadeando y preguntándome por qué mamá no me llevó con ella. Preferiría ser un exiliado que seguir viviendo esta mierda.
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Editado: 20.09.2026