Estoy en mi cuarto dibujando. Sé que es infantil y que papá no lo aprobará, pero es lo único que me mantiene cuerdo en estos momentos. La puerta de mi cuarto se abre y corro a esconder mi cuaderno.
—¿Qué haces? —dice mi nueva madrastra, quien vino a los dos meses de que mamá huyó. Es insoportable, aunque obviamente no puedo decir ni hacer nada.
—Leyendo —digo mientras me paro y camino hacia el baño.
—Tu padre me mandó a decirte que bajes a cenar.
—No tengo hambre —digo algo cortante.
Entonces ella se me queda viendo con algo que no entiendo en su mirada.
—También quiere que sepas que el próximo año vamos a visitar Luna Nevada y que quiere que para entonces ya estés listo.
—¿Listo para qué? —pregunto.
—Para que te vean fuerte. No queremos presentar como futuro alfa a un debilucho y sin control.
Aprieto mis dientes hasta que duelen y asiento, porque qué más puedo hacer; estoy atrapado aquí con ellos.
Cuando al fin se va, me doy una ducha y me recuesto en la cama, recordando cómo era todo cuando estaba mamá. Supongo que, ahora que se fue, él la odia, y a mí también por venir de ella. También recuerdo a aquella lechuza hablando mal de mí con su madre y lo que le hice después; me arrepentí, pero no pude evitarlo, me deje llevar por mis emociones. Supongo que papá tiene razón: debo aprender a controlarme para ser fuerte e intocable. Y cuando mi lobo despierte, nadie de los que hablaron mal de mi madre y de mí se salvará, incluyendo a la lechuza y a la bruja de su madre.
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Editado: 20.09.2026