Amanda se adentró en la penumbra de aquella casa que desprendía un fuerte olor a cerrado. Tras de sí, Pablo iluminó con la linterna el enorme salón, vacío de muebles, como si quien viviera allí no hubiera querido dejar rastro alguno, o como si nunca hubiera vivido nadie en ella. En las paredes colgaban varios hacheros de hierro forjado; en algunos aún quedaban restos de cera. Amanda paseó por la sala sin que le importara no tener luz; Pablo iba tras ella para no perder detalle, mientras Miguel los seguía cámara en mano.
—No sé, chicos, si es sugestión o qué, pero siento algo —dijo Amanda sin mirar a ninguno de sus acompañantes.
Luna26: No hay ningún grafiti, tiene pinta de que nadie ha ido nunca.
Strong_fall: Me da un mal rollo importante.
Cuarzoblanco: Pues yo creo que es todo un montaje. ¿Quién nos puede asegurar que esa casa no es de alguno de ellos? No me creo nada de estos dos farsantes.
Brujita19: Amanda parece estar en trance desde que ha entrado en la casa.
—¿Qué sientes? —preguntó Miguel detrás de la cámara.
—Sufrimiento —guardó silencio durante unos segundos mientras seguía paseando por la sala—. Creo que aquí mucha gente sufrió.
Se paró frente a unas escaleras de madera, y Pablo con ella. Observaron que estaban en un estado óptimo para subir por ellas al piso de arriba.
Pablo buscó la cámara:
—Familia, este es el sitio más perturbador que hemos visitado hasta ahora. No sé explicarlo, pero hay una energía extraña. Vamos a explorar la parte de arriba.
La madera crujía bajo los pies de los tres jóvenes cada vez que subían un peldaño. Una vez en la planta de arriba, comprobaron que no había habitaciones; todo era diáfano, con hacheros en las paredes igual que en la planta de abajo.
Amanda continuaba presidiendo el cortejo. Al fondo, junto a una ventana, encontró un mueble: un escritorio de madera maciza, muy antiguo, pero que se mantenía en unas condiciones medianamente decentes a pesar del paso del tiempo, probablemente siglos. Sobre él había un candelabro oxidado que aún tenía velas medio desgastadas.
Amanda paseó sus delgados dedos por la madera, rodeándolo, notando bajo ellos la rugosidad de la madera cuarteada. Descubrió que contenía un pequeño cajón.
—Podríamos encender las velas para alumbrarnos mejor —propuso Miguel.
—¡No! Mejor no tocar demasiadas cosas de este lugar —Amanda seguía observando aquel cajón. Estaba de pie frente a él, acariciándolo con los dedos—. Pero este cajón sí creo que deberíamos abrirlo.
Y, sin esperar aprobación del resto, tiró de la manilla de hierro oxidada sin éxito. La madera debía de estar hinchada.
Clic. El sonido de una notificación rompió el silencio.
Pablo sacó su móvil:
Mensaje de Miguel: Tío, esta tía es un poco rara pero nos está viniendo de locos. Ya son más de 2000 personas viéndonos. Están donando más que ningún día. Déjala que ella guíe, en el chat no hacen más que hablar de ella.
Mensaje de Pablo: No la soporto, está un poco cucú, pero todo sea por la pasta €
Amanda seguía intentando abrir el cajón sin éxito, pero no parecía dispuesta a rendirse. Se agachó y comenzó a dar golpes por la parte trasera, para después volver a tirar con fuerza de aquel tirador oxidado. Cuando consiguió abrirlo, un montón de papeles antiguos salieron volando a su alrededor.
Los recogió para colocarlos en la mesa.
—Pablo, acércate con la linterna.
Aquellos papeles gruesos y de un marfil oscurecido conservaban la textura áspera del papel de trapo. La tinta, antaño negra, se había vuelto de un marrón apagado; tanto que en algunas zonas era imposible distinguirla.
Solo se leían nombres, nombres de mujeres, pero no sus apellidos. No aparecía ningún dato más.
—Amanda, ¿y si usas el péndulo?
Asintió con la cabeza mientras lo sacaba de su pantalón vaquero.
Lo sostuvo entre sus manos, que no conseguían esconder cierto temblor. Cerró los ojos y respiró profundamente hasta controlar su pulso. A continuación lo dejó caer y lanzó sus preguntas al aire.
—Buenas noches, busco establecer comunicación entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Si hay alguien ahí, dame un movimiento para el sí.
El péndulo comenzó a hacer movimientos circulares.
—Gracias, ahora dame un movimiento para el no.
El péndulo comenzó a moverse de lado a lado.
—Siento mucho sufrimiento, ¿aquí sufrió alguien?
El péndulo comenzó a girar, para pocos segundos después quedar quieto, colgando de las manos de Amanda.
—¿Somos bien recibidos aquí?
En esta ocasión se movió de lado a lado. El silencio solo se veía alterado por las preguntas de Amanda.
—¿Molestamos los tres?
De nuevo, en aquel extraño lenguaje, el péndulo dijo que no.
—¿Soy yo quien os molesta?
De nuevo, una respuesta negativa.
—¿Son ellos dos?
En esta ocasión la respuesta fue afirmativa. Amanda los miró y descubrió a Pablo con una sonrisa de medio lado. Clavó sus ojos en él.
—Gracias por comunicaros con nosotros.
Brujita19: No me extraña que les molesten ellos.
Cuarzoblanco: Hasta los fantasmas reconocen a unos farsantes.
Melanie: Yo a la única que me creo es a Amanda, solo hay que fijarse en sus expresiones.
—¿Hacéis el método Estes? —preguntó Amanda.
Pablo y Miguel se miraron, pero fue Pablo quien habló.
—No, la verdad que no sabemos muy bien en qué consiste.
—He visto que tenéis una spirit box. Se conectan unos auriculares y una persona se pone a escuchar con los ojos vendados, para no poder leer los labios al resto, y el resto hace preguntas. Podemos probar, yo tengo unos auriculares en mi mochila.
Ambos guardaron silencio unos segundos, sopesando la propuesta.
—Ah, sí, ya sé qué es. La verdad es que ese método no nos va mucho, porque por mucho que te tapes los ojos siempre hay alguna pequeña rendija por la que puedes ver y te puedes acabar sugestionando —respondió Pablo.