En el juego

03

Diana dejaba su habitación habiendo llegado directo a darse un merecido baño caliente, se colocó un conjunto deportivo blanco y cálido, con una toalla comenzó a secar su cabello —el cual había recortado hace poco para poder ver mejor en la pista de patinaje— y descendió de su cuarto hacia la sala para encaminarse a la cocina donde su madre se encontraban trabajando arduamente para terminar de realizar una cena digna de tener a toda su familia reunida en su hogar; la mujer tarareaba una canción ochentera pero pegadiza, una que su hija sabía de memoria debido a la fémina con delantal que bailoteaba mientras terminaba de batir la crema para el pastel de chocolate.

—Estás muy animada, mamá —comentó llegando a su lado para observar todos los platillos.

—Claro que sí, dulzura. Amo cuando mi hermana viene a casa, puedo ver a mi sobrino y cuñado, me gusta tenerlos aquí —suspiró volteando a ver a la chica—. ¿Cómo fue tu día?

—Bastante ajetreado, como todos los días, pero provechoso, logré hacer un salto Inglés para luego conectar con un Axel doble —comentó—. Creo que ha quedado muy bien.

—Me alegra saberlo —asintió—. Pero debes ser cuidadosa, siento que cada vez que ingresas a la pista puede pasarte algo y mi corazón se altera.

—Con Alanna no te preocupabas tanto, mamá —rió.

—Tu hermana es una persona perfeccionista que se apega a las reglas y a cada una de las indicaciones dadas por su entrenador y coreógrafo, pero tú, ¡Tú nunca escuchas! Por eso sé que puedes improvisar en cualquier momento, es lo que me da temor —suspiró dándole una caricia—. Me alegra que hagas lo que te gusta pero no lo olvides…

—Lo sé, no descuidar las calificaciones de la universidad —asintió—. Tranquila, todo cubierto.

—Esa es mi niña —besó su mejilla y siguió haciendo su tareas.

—Tendré una competencia dentro de una semana y media —anunció—. Será en Nueva York, es una de las tres preliminares para la elección de las olimpiadas.

—Entonces me prepararé para verte —sonrió—. Alanna también estará por aquí para esas fechas, regresará a tener un pequeño descanso antes de su siguiente actividad.

—Qué bien —suspiró.

—¿Cuándo van a dejar esa rivalidad tonta que tienen? —rodó los ojos.

—Nunca —sentenció sirviendo un vaso con agua.

—¿Por qué? Diana, sé que tu hermana a veces puede ser algo intensa y molesta cuando se trata del hielo, que tú no sueles aceptar sus opiniones o recomendaciones pero no por eso deben dejar de ser hermanas, me gustaría verlas unidas como cuando eran niñas —pidió.

—Mamá, cuando éramos niñas había cosas que nos mantenían unidas, ahora no —negó molesta—. Ella insiste en querer ser solo ella quien pueda patinar en la familia y yo no voy a darme por vencida, va a reconocer que tengo talento quiera o no. Además, tenemos otros temas que no se han resuelto.

—Si me contaras podría entender —suspiró.

—No quiero hablar de ello —chasqueó la lengua volteando a verla.

Las hermanas Sinclair tuvieron su unidad intacta hasta que Diana cumplió los diez años comenzando a ingresar en el mundo de las competencias y a formar su carrera y su estilo, el tiempo pasó para ambas que no paraban de aprender, ganar premios, medallas, renombre, parecía que esa distancia que imponía Alanna con frialdad por saberse superior en todo aspecto nunca terminaría de ser saldada, más empeoró cuando Diana conoció a Ariel… Eso fue lo último que terminó de romper la hermandad entre ellas.

—Bien, como gustes —asintió su madre rendida, no lograría nada insistiéndole.

Esther era una mujer de estatura promedio, con larga cabellera rubia que llevaban en una coleta alta, algunos mechoncitos rebeldes en su rostro le daban un toque suave a sus facciones, de carácter jovial y amoroso; ella era una de las primeras en estar en las competencias de Diana y Alanna animando como loca, sí, esa era la señora Sinclair.

La puerta de casa fue tocada con fuerza para que Esther saliera corriendo con una sonrisa a recibir a su hermana y familia, pronto la sala estaba repleta de risas, abrazos y los Sinclair reuniéndose; solo faltaba el padre de Diana que llegaría un poco más tarde saliendo de la empresa con contratiempos. Jasper se acercó a su tía para besar su mejilla entregando una botella de vino que compraron de camino, desvió su mirada a su prima que se limitó a sonreírle levemente y pasar por su lado como si nada. Ambos universitarios se quedaron en sus propios mundos alejados del otro, no se llevaban mal pero no congeniaban en nada y no había algo por lo que quisieran revertir esa situación.

—Pasen, tomen asiento donde quieran —Esther invitó.

—Gracias, tu casa está cada vez más bonita —su hermana comentó.

—¿Qué hay de Alanna? ¿No viene? —Jasper preguntó de la nada recordando a la mayor de sus primas.

—Me temo que no, ahora mismo está preparándose para una competencia la semana que viene —la madre habló llena de orgullo—. Está en el extranjero, si califica allí podrá ir directo a las olimpiadas.

—¿Qué? ¿Las olimpiadas? —Diana la observó atónita—. ¿Por qué va a participar? Nunca ha sido de su interés.

—Parece que ahora sí, no tengo todos los detalles, Diana —negó la mujer sin comprender—. Pero es interesante saber que ambas pueden llegar a participar en las olimpíadas.




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