En el lugar de los hechos

CAPÍTULO II

Los domingos en el pueblo, la misa era sagrada. Entre semana también era obligatoria, pero sobre todo los domingos. Así que Amber, tras haber tenido una noche intranquila, desayunó con su madre, se cambiaron de ropa como si fueran a una fiesta importante y caminaron hasta la capilla.

Aunque a Amber le costaba salir de casa, de su zona de confort, había lugares a los que, por mucho que quisiera, no podía faltar. No era muy devota, pero era una costumbre que debía cumplir. Así que, seguramente, la mitad del pueblo estaría allí. Incluso vería a Lili y Benjamín, y a otros.

La capilla era pequeña, pero con asientos suficientes. Ellas encontraron un sitio cerca de una familia; Lili, en cambio, estaba delante de todos. Quedó un espacio libre junto a las mismas que Benjamín ocupó al llegar. Él no quería acercarse a Amber ni que ella le preguntara por el difunto, solo por sus clases particulares de ser necesario. Debía mantenerse profesional, pero no tuvo más remedio que sentarse allí.

—¡Hola, hijo! ¿Cómo estás? —saludó la madre de Amber.

—Hola, señora Agnes. Muy bien, gracias —asintió, sin moverse ni separar las manos, juntas sobre su abdomen.

—Buenos días, Amber. ¿Cómo dormiste? —preguntó Benjamín, amablemente, aunque no con muchas ganas de charlarle.

—Buenos días —respondió ella. Su cercanía la incomodaba, pero también la hacía sentir protegida, aunque él le ocultara cosas—. No muy bien. Tuve algunas pesadillas antes de poder conciliar el sueño.

—Lili también las tuvo anoche —comentó Benjamín, como para simpatizar con su problema de insomnio, y Amber alzó las cejas, sorprendida y un poco disgustada. No era necesario mencionarla, menos después de las acusaciones que recibió en el cementerio—. Creo que a todos nos afectó.

—Si a todos les afecta, será por algo —lo miró de reojo, esperando una reacción, pero aquel permaneció serio, mirando al altar—. Quien tiene pesadillas es porque les pesa, tienen un remordimiento. En mi caso, es porque no recuerdo ciertas cosas y debo estar alerta por si alguien busca venganza.

Benjamín le hizo gracia eso último, pero trató de no hacerlo notorio. Carraspeó y dejó de repetir en voz baja, y detenida, el Ave María y el Padre Nuestro.

—No creo que nadie quiera matarte, Amber. La venganza no devolvería a James —ella suspiró profundamente y vio al sacerdote que llegaba con su túnica blanca—. Es una lástima. Era tan joven.

—¿Ni siquiera tu amiga?

Amber lo miró a los ojos, como desafiándolo, esperando intimidarlo. Él giró la cabeza para poder apreciar su inocente rostro, sus ojos verdes con mirada fría y largas pestañas, sus pecas ocultas hasta en los lugares poco visibles, su nariz pequeña y sus cejas finas. Su cabello lacio, castaño, que le llegaba por debajo de los hombros.

—Incorrecto. Es tu amiga, no la mía. Soy su tutor y ustedes menores, no puede haber esa clase de relación —dijo como si una amistad fuera algo malo. Aunque la pregunta había sido intencional. Ella quería saber que tipo de relación tenían estos. Y tal vez algo de razón tenía, pues, incluso el tono con el que le estaba hablando parecía como si lo conociera de toda la vida—. Está dolida y lo disfraza de enojo, pero no por eso buscaría vengarse de ti. No sería capaz.

—Todos están de la misma manera. Lili no es la excepción.

Levantó la voz sin querer y su madre la hizo callar. Se retractó de haberse exaltado por la situación y agregó:

—Y lo siento, tiene razón. Olvidé tratarlo de "usted"; es que se ve demasiado joven y eso puede generar confusiones —Amber se sintió avergonzada, tal así que sintió que las mejillas le ardían—. Aun así, lo veo muy seguro. La conoce muy bien...

—Si hablamos solo de tus clases, no hace falta el "usted" y toda esa formalidad —asintió, y para terminar la conversación, al ver que el sacerdote pedía que se pusieran de pie, añadió—: Te espero el miércoles para tu clase, no olvides tu cuaderno.

—De acuerdo.

Durante el resto de la misa, no volvieron a hablar, y tampoco creyó conveniente preguntarle sobre lo sucedido en la noche anterior a su amnesia. No era el lugar ni el momento. Sin embargo, intercambiaron miradas en alguna que otra ocasión.

Amber, durante la ceremonia, sentía un olor fuerte, el mismo de su único recuerdo. No sabía si otros lo notaban, pero olía a tierra húmeda y putrefacta. De hecho, vio a un chico regordete, al que una mosca no dejaba de posarse sobre sus hombros, y hacía lo imposible por quitársela de encima. En una esquina y cerca del asiento de Lili, había una chica de trenzas y lentes que no paraba de limpiarse la ropa, como si estuviera sucia. Y así, con algún vecino y con otros de los presentes.

Los habitantes se comportaban de forma extraña. Benjamín pareció notar la inquietud de Amber y le preguntó si estaba bien. Ella dijo que sí, pero era evidente que no. Comenzó a humedecerse los labios y retirar la piel seca, con los dedos. Dejó de mirar a su alrededor antes de marearse y sentirse sofocada por el olor nauseabundo. Había sido un error ir a la capilla. Se despidió de su madre y salió en mitad de la misa, a la vista de todos.

Aquella acción repentina de Amber dejó a Benjamín desconcertado. Su mirada, antes fija en el altar, siguió el movimiento de la joven hasta que desapareció por la puerta. Sus labios se movieron ligeramente, como si estuviera a punto oponerse a la traba que le ponía su propio cuerpo y decirle algo a su madre para tranquilizarla, como encargarse de hablar con ella y traerla de regreso, como siempre terminaba haciendo, pero se contuvo. No se levantó para ir detrás de ella, no sería correcto, por lo que permaneció en su asiento. Aunque una sutil arruga se formó en su frente, que indicaba una mezcla de preocupación y confusión. Bajó la mirada a sus manos entrelazadas, y luego volvió a dirigirla hacia el sacerdote, pero su atención parecía distante, perdida en los pensamientos de la huida de Amber.

Por otro lado, Lili cuchicheó con una señora a su lado, diciéndole que Amber era una "rarita" y que no debían alterarse, que ella solía hacer esas cosas. Valentín, el monaguillo que acompañaba al sacerdote, intentó ir a su encuentro para ofrecerle ayuda; a lo mejor, la palabra de Dios la ayudaría a calmarse. Sin embargo, su madre ya se marchaba en su búsqueda, ya que para eso estaba ella. El sacerdote, con un gesto que solo el monaguillo comprendió, le indicó que la partida de la chica no era motivo para interrumpir la misa. Resignado, el monaguillo continuó acompañando al sacerdote como si nada hubiera ocurrido.




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