En el lugar de los hechos

CAPÍTULO III

La biblioteca estaba casi en el centro del pueblo, frente a una plaza donde también estaban la comisaría, el banco, florerías, tiendas de ropa y una cafetería. La biblioteca era casi tan grande como el banco; tenía un cartel cerca de la entrada con los horarios y letras grandes sobre el edificio. Era de color bermellón, pero desde que llegó, su mirada se dirigió a la cafetería. En contraste con el bermellón de la biblioteca, la cafetería era un pequeño local de fachada blanca con detalles en verde menta, situado justo enfrente. Una hilera de mesas pequeñas y redondas, con sillas de mimbre, ocupaban el espacio interior. Detrás del mostrador, una máquina de espresso relucía, y una vitrina mostraba una tentadora variedad de pasteles, tartas, entre otros productos.

La atmósfera se veía realmente tentadora, sobre todo porque se podía notar un ambiente animado y bullicioso, muy diferente a la calma de la biblioteca. Al intentar darle sentido a esa fijación, un recuerdo de ella y James surgió en su mente: sentados frente a la vidriera, charlando y tomando café con leche y crepes con miel. Estaban contentos, o al menos Amber parecía estarlo después de mucho tiempo. Sin embargo, la imagen se desvaneció, y recuperó la seriedad y una amargura en su rostro antes de entrar, dejando con candado su bicicleta en el aparcamiento.

Adentro no había mucha gente: algunos estudiantes moviendo libros de una mesa a otra, susurros, el golpeteo de lápices sobre hojas, el arrastre de sillas, algún adulto mayor revisando estanterías. Amber fue recibida por Elena, la asistente bibliotecaria, quien la ayudaría a encontrar la fotocopiadora. Elena parecía una estudiante que aún estaba terminando la escuela secundaria, la cual sabían recibir a muchos jóvenes para trabajar de auxiliares; era delgada, de tez morena, con lentes, cabello largo y castaño.

Cuando llegaron a la impresora, Elena le indicó cómo usarla y luego volvió al mostrador. Amber comenzó a sacar las copias, esperando en silencio a que la máquina terminara su trabajo.

Mientras las hojas salían una tras otra, escuchó la charla de Elena con uno de sus compañeros a pocos metros.

—¿Cómo estás después de todo lo que pasó? ¿Las amenazas cesaron? Hace tiempo que no te veía —dijo un joven.

Amber no giró la cabeza. Fingió concentrarse en las copias.

—Bien, mucho mejor, desde que me dieron esos días de descanso. Los necesitaba —respondió Elena—. Y sí, las amenazas terminaron. No sé si antes de la muerte de James o antes de que me dieran el descanso.

—Me alegro —dijo Carter—. A pesar de lo del chico... ¿Lo conocías?

—No del todo. Venía seguido a reunirse con Lili acá —contestó ella—. La ex de mi hermano, ¿la recuerdas?

—Sí, la recuerdo. ¿Tenían algo?

—Eso parecía. Pero dejemos que la policía se encargue.

Carter soltó una risa breve, sin humor.

—Claro... para eso están. Aunque no hacen mucho. Las leyes a veces no son justas.

Amber tomó las hojas en cuanto la impresora terminó. Guardó las copias en el bolso sin hacer ruido.

—A mi primo lo arrestaron por defenderse —continuó Carter—. Fue en defensa propia, pero no lo vieron así.

—No sabía —respondió Elena—. Espero que esté bien.

—Lo estará.

La conversación se disminuyó cuando alguien se acercó al mostrador. Amber pasó por su lado sin decir nada. Nadie reparó en ella.

De regreso a casa en bicicleta, Amber estaba tranquila pero con la mente ocupada. Al llegar, saludó a su madre y fue a su habitación. Inquieta, buscó hojas blancas y de colores, marcadores y chinchetas. Anotaría todo, hasta el mínimo detalle, para desenmascarar el misterio de su posible amnesia selectiva, la muerte de James y los sucesos del pueblo. No tenía un plan, así que improvisó.

Primero, colocó un cartel rojo con letras oscuras en el centro de un tablero de corcho: "¿Quién mató a James Beker?" A su alrededor, ubicó los nombres de los sospechosos y sus razones: Amber Evans (ella misma, por ser acusada de asesinato; no se dejaría fuera. La amnesia no era excusa, hasta que se demostrara lo contrario); Lili Morton (quien la culpó y cree que su amnesia es fingida); Benjamín Anderson (el tutor que no quiere problemas y la protege); el señor Hurton Clark (el investigador al que le robó los reportes); y Elena Da Silva (la hermana del ex de Lili, quien recibía amenazas). Quería incluir al gobernador y a la madre de James, Cara Beker, pero carecía de pruebas y argumentos.

En otro papel, con más chinchetas y uniéndolo con la lana, anotó los vínculos con la muerte: la biblioteca, el recuerdo borroso de la noche en la avenida y la persecución, la cafetería, la capilla, Foretson; los recortes de periódico sobre los cambios de temperatura, el daño a la vegetación, el aire sofocante, la barrera invisible, las sombras, el olor que desprenden de su cuerpo algunos habitantes, incluso la nota que le habían dejado.

La información estaba desordenada e incompleta, pero al menos le ayudaría a no olvidar nada en caso de sufrir otro golpe.

Se hizo un calendario y marcó la fecha de la muerte de James: 26 de junio (dos días antes a la que se hallaba), aunque eso la hizo dudar un poco de que sea así, por lo que marcó también el 25. El 24 anotó el golpe, la amnesia y que Benja la había dejado en su casa. Deseaba tener las horas exactas; su madre, no muy convencida, le dijo que fue cerca de las doce.

En su mente, la teoría empezaba a tomar forma, aunque no terminaba de encajar del todo. Sabía que esa noche algo había salido mal. Muy mal. Ella había robado los papeles de Hurton porque ocultaban algo importante, algo que no pudo ignorar, y los había compartido con Lili, James y Benjamín. Después de eso, todo se volvía confuso.

En el bosque, los cuatro habían visto al señor Hurton. Estaba allí, solo, haciendo algo que no debía. Al darse cuenta de que lo habían descubierto, comenzó a seguirlos. En la huida, cada uno corrió en una dirección distinta para despistarlo, pero el plan falló. James no logró escapar.




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