En el lugar de los hechos

CAPÍTULO IV

Temprano por la mañana, Amber fue a la estación de policía. Apenas cruzó la entrada, reconoció a los sospechosos de su lista: Lili, Benjamín, el señor H y Cara. Los observó con atención. Cada uno ocultaba algo; cada uno era portador de información importante que podría cambiar lo que ella creía saber, pero ninguno parecía dispuesto a correr ese riesgo. Aun así, tarde o temprano, eso podía cambiar.

Todos esperaban impacientes a ser llamados. Algunos permanecían de pie; otros, sentados en el suelo o en los bancos de madera gastada que se alineaban a lo largo del pasillo. Amber, en cambio, estaba tranquila. Demasiado. Esa calma contrastaba con la inquietud ajena, como si los demás temieran que ella pudiera enterarse de cosas que todavía no le habían dicho.

La sala de espera era un espacio rectangular, con paredes color crema y un suelo de azulejos grises. En una esquina había un dispensador de agua vacío y, en las paredes, carteles descoloridos que anunciaban servicios o números telefónicos de la comisaría. Reinaba un silencio incómodo, apenas interrumpido por el tic-tac de un reloj de pared. Las miradas perdidas y los gestos, delataban el nerviosismo de aquellos. El miedo que se reflejaba en esos rostros conocidos parecía provenir menos de la policía y más de la presencia de Amber, y de lo que ella pudiera llegar a descubrir una vez que entraran con el oficial, frente a las cámaras y la grabadora.

Al parecer, solo la esperaban a ella. Sin perder tiempo, comenzaron las declaraciones. La madre de James fue la primera, seguida por los demás. Amber no estaba segura de si el orden correspondía a una lista de citaciones previamente organizada o al desarrollo mismo de los testimonios, ya que al mencionar ciertos nombres, esas personas pasaban a declarar a continuación. Ella fue la anteúltima; después iría el geólogo.

Adentro hacía frío. Había una mesa de metal y una silla esperándola. Del otro lado se encontraba el oficial y, detrás de él, un gran vidrio polarizado tras el cual seguramente se hallaban algún abogado de Cara o incluso la jueza misma. Aun así, nada de eso la intimidaba. Su conciencia estaba tranquila. En el fondo, sabía que diría la verdad y que no había hecho nada de lo que pudiera arrepentirse, y mucho menos haber provocado la muerte de James.

Un oficial entró con un expediente grueso bajo el brazo y lo dejó caer sobre la mesa metálica. El golpe seco rompió el silencio. Recién entonces se sentó frente a ella. Era un hombre bastante corpulento, de ojos saltones y atentos. Un tanto intimidante. No parecía apurado. Tampoco amable.

—Me llamo Jay —dijo—. Oficial de investigaciones. Estoy a cargo del caso de James Beker.

Amber asintió sin decir nada.

—Tu nombre aparece en varias declaraciones —continuó—. Algunos, como acusación directa; otros, como parte de los hechos. Por eso estás acá.

Abrió el expediente, pero no lo mostró todavía.

—No voy a pedirte que reconstruyas toda la noche —aclaró—. Eso ya lo intentamos con los que estuvieron presentes. Quiero centrarme en lo poco que sí crees recordar.

Aquella respiró hondo.

—No sé lo que pasó esa noche exactamente —dijo—. Eso ya lo sabe; creo que incluso la mayoría. Tengo un solo recuerdo, eso es seguro, y está fragmentado. Nada está del todo claro.

—Hablemos de eso entonces. —Jay apoyó los antebrazos sobre la mesa—. ¿Recuerdas haber estado con James esa noche?

—Sí... al parecer sí.

—¿En dónde?

—En una avenida. Estábamos corriendo.

Jay tomó nota y se aseguró que la grabadora, que llevaba consigo en algún bolsillo de su vestimenta, siguiera funcionando.

—¿Quiénes más estaban ahí?

—Lili Morton y Benjamín Anderson.

—¿Y alguien más?

Amber dudó.

—Había un hombre. Espero que haya sido eso. Pero no le vi la cara.

El oficial no reaccionó.

—Bien. —Pasó una hoja—. Ahora voy a mostrarte algo.

Abrió el expediente y deslizó algunas fotografías sobre la mesa, sin acercarlas demasiado.

—No tienes que mirarlas si no quieres.

Amber las miró igual. Le bastó un segundo para sentir su estómago cerrarse.

—El cuerpo de James fue encontrado en el bosque por partes —dijo Jay—. Es decir, fue desmembrado. A unos metros de la avenida. Pero no murió ahí.

Levantó la cabeza.

—¡Por Dios! ¿Fue desmembrado? ¿Cómo que no murió en el bosque?

—Lo que lo dejó sin vida ocurrió en la avenida. El cuerpo fue movido después.

Jay hizo una pausa.

—No encontramos el objeto principal con el que fue atacado. Aunque el estado del cuerpo indique otra cosa.

Eso la descolocó.

—¿Entonces cómo saben...?

—Por el tipo de lesión. Se encontró que tenía traumatismo craneoencefálico y algunos hematomas. Aún así, el golpe fue el más contundente. Creemos que se trata de metal, probablemente. Y en los exámenes toxicológicos no se halló nada, lo que hizo que sea descartado por completo el envenenamiento o de alguna otra índole.

Jay cerró el expediente con lentitud.

—En el bosque encontramos rastros tuyos. Cabello. Huellas. Sangre mínima. Nada en la avenida.

La miró con atención.

—Eso es lo que nos intriga. Alguien se tomó el trabajo de limpiar la escena del crimen. Sin embargo, las pruebas siguen ahí.

—¿Qué dicen los demás?

—No puedo darte detalles. Lo que sí puedo, es decirte algo: no fuiste la única persona en el lugar esa noche. Y no todas las versiones coinciden.

Amber apretó los dedos contra la silla.

—Entonces... ¿qué piensa usted?

Jay la miró fijo.

—Pienso que no le corresponde hacerme preguntas a mí. Que no sepa del todo lo que ocurrió, no quiere decir que queda descartada del hecho o eso la haga ver menos culpable.

Se levantó.

—¿Hay algo más que quiera agregar?

Amber negó con la cabeza.

—Perfecto. Por ahora eso es todo. Si recuerdas algo más, aunque parezca insignificante, vuelva.

Abrió la puerta y la dejó sola en la sala.




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