Amber no estaba contenta con lo que había obtenido, ni con el alejamiento que se había visto obligada a imponerse. La conversación con Benjamín no la había tranquilizado; al contrario, la había dejado aún más confundida.
Lejos de quedarse de brazos cruzados, como aquel creía, decidió hacer algo debía que debió haber hecho desde un principio. Fue directamente con Cara Becker. Recordando que James vivía a unas cuatro cuadras de la de ella, Amber la encontró regando sus plantas junto a la ventana.
Cara lucía destrozada: ojeras profundas, un cansancio evidente, el cabello rubio descuidado y enrulado, pantuflas y una bata que parecía ser parte de su pijama; la muerte de su hijo era demasiado reciente como para preocuparse por su apariencia.
Amber estacionó su bicicleta. Cara levantó la mirada de las plantas que, por más que las regara, ya no volverían a crecer, pues estaban marchitas. Las estaba ahogando, tal y como ella se estaba ahogando en la nostalgia. Su alma estaba penando en vida.
Cuando esta la saludó levantando su mano, ella solo asintió con la cabeza, consciente de los rumores que el pueblo no perdía el tiempo en hacerle llegar. Esto hizo que dudara en invitarla a pasar, pero finalmente accedió.
—Descuide, no le preguntaré cómo se siente. No necesita decir algo que no sea verdad. Aun así, espero que pueda hacerse justicia y que usted pueda aliviar, con el pasar de los días, un poco el pesar de su corazón.
—Gracias, Amber. Pero eso será difícil.
—Lo sé. Para mí también lo fue con mi padre. Puedo entenderla —dejó escapar un suspiro mientras observaba su hermosa casa. Estaba tan limpia, tan blanca, tan acogedora—. A veces, en un abrir y cerrar de ojos, nos pueden quitar a las personas que más amamos.
Cara la miró. Tenía la mirada cristalina.
—¿Por qué estás acá? Si es para seguir dándome el pésame y sermonearme con esa clase de cosas, no las quiero. Lo agradezco, pero no lo necesito. No es la primera vez que pierdo a alguien de mi familia.
—Lo siento. No lo sabía. Yo...
—Sí lo sabías. James seguro te lo contó. Y tú aprovechaste para confesarle, para compartirle tu dolor. Fuiste un pilar importante para él. Ambos se apoyaban mutuamente.
—Me alegro de haber sido buena compañía para su hijo. Él también lo fue para mí. Usted... —hizo una pausa antes de continuar— ¿sabe lo que nos sucedió esa noche? Yo desperté por la mañana; me habían llevado inconsciente hasta mi casa y tenía un golpe en la cabeza, que todavía no he ido a revisarme. Eso hizo que borrara parte de mis recuerdos. Quizás usted pueda...
—No sé mucho de lo que pasó esa noche —dijo Cara, con la voz quebrada—, pero sí sé que James no regresó a casa, cuando me había prometido que lo haría. A mí no me gustaba que se reuniera, así sea con sus amigos, a altas horas de la noche. Por eso salí con él. Me dijo que iría a ver a Lili, y me ofrecí a llevarlo para asegurarme de que llegara bien. Además, yo también debía salir.
Cara bajó la mirada, como si el peso de ese recuerdo le oprimiera el pecho.
—Esa noche había dejado a mis otros dos niños, Tom y Emily, solos. Me reuní con Hurton Clark por negocios, o más bien, por una información clasificada que debía escuchar. Quizás no debería haber salido... porque horas más tarde, cuando regresé a casa, un oficial me dio la noticia por teléfono.
—Me imagino lo doloroso que fue enterarse de tal noticia —dijo Amber. Apoyó la mano sobre los muslos de la mujer, en un gesto torpe, pero sincero para consolarla—. Ahora, si no se ofende, ¿qué clase de negocios tenía con Hurton?
—El hombre sabe demasiadas cosas —respondió Cara—. Cosas que los habitantes no quieren ver o insisten en encubrir. Ellos creen que viven en condiciones correctas, pero no es así. Todos somos víctimas de este pueblo.
Amber sintió un viento helado recorrerle la piel y se estremeció.
—¿Víctimas? ¿A qué se refiere? ¿Qué cosas sabe el señor Clark?
—Es complicado de entender. No hubiera regresado a este lugar de no ser porque buscaba a mi marido.
Amber frunció el ceño confundida.
—¿Ya había estado aquí?
—Algo así. Mi marido trabajaba para una empresa de productos textiles. Los jefes querían expandir el mercado y asociarse con otras franquicias y marcas, ya que estaba generando buenas ganancias. Por eso fue enviado a Foretson junto a algunos de sus compañeros, para traer muestras de los productos. Si aquí los aceptaban, el proyecto se pondría en marcha.
Hizo una breve pausa, como si las palabras le pesaran.
—Pero los meses pasaron. Ni James ni yo volvimos a tener noticias de él. Ante la falta de respuestas, nunca se pactó nada. La empresa no se hizo responsable de lo que pudiera haber ocurrido, por falta de pruebas e información. Todo quedó en la nada. Por eso regresamos... para que, aunque sea, el gobernador pudiera darme las explicaciones que nadie nos dio. Pensé que, si veía con mis propios ojos lo que escondían, podría hacer algo.
—Esto es muy fuerte, señora Beker —murmuró Amber—. ¿Usted cree que pudo haber sido por esa barrera invisible que nos encierra?
—¿Lo sabes? ¿Sabes sobre el domo? —Cara se exaltó, como si le faltara el aire.
—Leí unos reportes del señor H.
—¡Oh, por Dios! —Se sirvió un vaso de agua de la jarra húmeda que descansaba sobre la mesita de la cocina. Le temblaban las manos mientras bebía—. ¿Ves de lo que hablo? Y después nos toman por desquiciados. Si eso no estuviera ahí afuera, yo ya no estaría aquí. Me habría ido con mis hijos en cuanto me enteré.
—Pero no puede. No hay salida.
—Siempre la hay. Aun así... ¿cómo estás tan tranquila sabiéndolo?
Amber soltó una risa breve, sin humor.
—¿Usted cree que lo estoy? No lo estoy. Estoy aterrada. Pero no puedo hacer nada. Mi falta de memoria, la falta de pruebas y la negación del pueblo hacen que todo siga igual. Es horrible. Inaceptable. Injusto.
—Ese es el problema aquí —protestó Cara—. Nadie hace nada. Teniendo la verdad enfrente de los ojos, prefieren no verla. Por eso me reuní con el geólogo. Y dudo que James también estuviera detrás de todo esto, involucrándose donde no debía... pero era terco. Y su terquedad lo llevó a un lugar del que jamás regresaría.
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Editado: 01.02.2026