En el lugar de los hechos

CAPÍTULO VI

Amber se había puesto un vestido que no usaba hacía tiempo. Era largo, con mangas largas y abullonadas, de un celeste sencillo y encantador, muy de su estilo y que le quedaba perfecto. Se dejó el cabello suelto y decidió no maquillarse. De hecho, no lo necesitaba para la ocasión. No buscaba impresionar a su tutor; ni siquiera se le había pasado por la cabeza.

Después de arreglarse, se dejó caer sobre la cama. Las copias del reporte que había sacado hacía poco estaban extendidas a su lado. Las tomó y volvió a hojearlas sin demasiada atención. Leyó algunas líneas, saltó otras.

¿Y si acaso lo que sucedía en el pueblo, con la gente, con sus cosechas, tenía que ver con la muerte de James?

Las terminó dejando a un costado para luego guardarlas.

Su cuerpo parecía dispuesto a quedarse ahí el resto de la noche, pero finalmente se levantó, fue al living, tomó el teléfono de línea y pidió un taxi para ir a la escuela.

Por suerte, Benjamín, siempre atento a cada detalle, le había enviado temprano un correo electrónico con la hora y la dirección, por si Amber lo había olvidado. No era el caso. Amber no había perdido recuerdos de años enteros, sino de finales de mayo y casi todo junio, algo que a muchos aún les costaba comprender. Había asistido a esa escuela durante toda la secundaria, excepto el último año, que decidió repetir por razones que ya se sabían. Por lo tanto, conocía ese lugar.

En cuanto a Lili, sabía quién era. Recordaba haber compartido algunas materias con ella. Lo que no lograba entender era en qué momento se habían distanciado ni por qué. Había algo roto entre ambas, eso lo percibía. Aun así, Lili había terminado la escuela cuando Amber la abandonó.

El taxi llegó puntual. El viaje fue corto, quizás demasiado, tras observar el paisaje familiar que se deslizaba por la ventanilla. Al llegar a la escuela, la encontró tal como la recordaba: el mismo edificio imponente, los estudiantes apresurados, la atmósfera cargada de energía juvenil. Puede que el haber regresado allí no le agradara demasiado; no se sentía cómoda ni mucho menos bienvenida.

Estaba un poco aterrada.

Aunque intentara avanzar más allá de la entrada decorada con globos y guirnaldas, incluso unas luces flotantes, no podía. Parecía como si algo invisible se lo impidiera, y ese algo podía tener muchas razones. Una de ellas, sucedía porque estaba a solo unos metros del límite del pueblo, a la izquierda, el lugar donde su padre había perdido la vida. La segunda, se sentía una extraña entre toda esa multitud, entre sus excompañeros, los profesores, los mismos directivos de la institución. ¿Su peor pesadilla? Haber ido para nada; que su tutor no apareciera y tuviera que sobrevivir ahí dentro sola. Sola y confundida, como desde que había comenzado la investigación por su cuenta.

Benjamín no estaba por ninguna parte.

Sin embargo, avanzó lentamente como pudo. Apenas cruzó el hall, algunos de sus antiguos profesores se le acercaron. Al menos ellos sí la recordaban. Sonrieron, le dieron la bienvenida y uno incluso comentó que se alegraba de verla después de tanto tiempo. Amber respondió con cortesía, fue amable, pero no pudo evitar sentir que esas voces eran como ecos de otra vida que ya no le pertenecía.

A medida que caminaba, escuchaba algunos comentarios de alumnos que pasaban a su lado, aunque las frases se perdían por culpa de la música que resonaba desde el salón principal. Entre las caras conocidas, un muchacho la cruzó por al lado. Se detuvo, la observó por un instante y soltó un comentario sin pensarlo demasiado:

—Amber Evans... qué sorpresa. Pensé que ya te habías convertido en polvo.

Asintió para sí mismo, como confirmando cuanta verdad tenían sus palabras. Luego, siguió su camino.

Para Amber, lo dicho le atravesó el pecho. Le hizo estrujar el corazón de dolor. Había sido demasiado cortante, descortés e hiriente, sobre todo para alguien que no la veía hacía tiempo. Quizás esas no fueron las intenciones del chico, pero ella lo recibió de otro modo.

Sintió un calor incómodo en la cara, quizás un poco por la vergüenza. Por lo que bajó la mirada y se alejó con pasos rápidos, como si quisiera desaparecer y perderse entre la multitud.

Se refugió en la pista de baile, dejándose envolver por el resplandor de las luces y el ruido ensordecedor. Allí la vio, Lili en el centro, moviéndose al ritmo de la música, y un chico pegado a su cintura. Por un instante, Amber la miró y lo que vio no fue real: el vestido floreado manchado de sangre, sucio y roto, el cabello desordenado, una expresión de terror en el rostro. Una imagen que se interpuso con la verdadera apariencia de Lili, idéntica a la que su mente le había mostrado el día del funeral de James. Y lo más perturbador, el chico que bailaba con ella era James.

Bueno, no.

Eso era imposible. Él estaba muerto.

Parpadeó, y la ilusión o imagen sobre ella y aquel chico se desvaneció. Lili no estaba con James ni con nadie parecido, sino con un morocho alto y atractivo. Amber lo comprendió cuando, impulsivamente, se acercó y apartó al chico. Ambos se giraron hacia ella con una mezcla de desconcierto, mientras Amber los observaba como si hubiese visto un fantasma.

Se disculpó con ambos y apartó la mirada. El calor le subió al rostro; otra vez estaba dejándose en ridículo. Lili notó que estaba divagando, pero cuando la vio alejarse, no la siguió.

Amber todavía con el corazón golpeándole el pecho, sentía la garganta seca, así que se dirigió hacia una de las mesas donde servían bebidas. Tomó un vaso, pero justo al estirarse chocó con la mano de alguien más que había hecho el mismo movimiento. El líquido se derramó un poco sobre el mantel y ambos retrocedieron al mismo tiempo.

—Perdón, no te vi —murmuró Amber.

—No, la culpa es mía. No suelo ser tan torpe... aunque, pensándolo bien, puede que sí —contestó con una sonrisa el muchacho.

Su tono desenfadado logró provocarle una ligera risa a Amber.




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