En el lugar de los hechos

CAPÍTULO VIII

La habitación, agrietada y pequeña. El banco, del mismo modo. Luego, un ventiluz con barrotes y las rejas, separando su celda de las demás; o, mejor dicho, de su única compañera. Apenas se dirigían la mirada. Ambas estaban ahora prisioneras, aunque solo sería por algunas horas. Horas que podían pasar volando o volverse más largas de lo esperado. Pero eso era secundario, menor. El tiempo no era un obstáculo para Amber. Su preocupación era otra: el cuerpo dentro del cajón, el espectro espantando a los vivos.

Las manos le temblaban. Las tenía esposadas en las muñecas, apoyadas sobre los muslos, como si así pudiera controlarlas. No lo lograba. La mirada fija en el suelo, evitando todo. La respiración pesada, atrapada en el pecho, como si el aire no alcanzara a llegar del todo a los pulmones.

No estaba tranquila, estaba aterrada. Hecha un desastre. Más que desenterrar a un muerto, que posiblemente había más que huesos y restos en descomposición, llevaba el aspecto de alguien que había matado a otro ser humano. Quien la viera pensaría que estaba loca. Quizás lo estaba... o quizás todavía no.

¿Acaso las alucinaciones se veían así? ¿Podían ser tan fuertes como las que tuvo? No. Su cabeza, aunque no pensara con claridad en esos momentos, aunque el dolor fuera irritante y no estuviera del todo lúcida, no podía haberlo inventado. Además, Lili lo vio. Ella sabía que él no era, pero Amber no escuchaba. Amber no quería escuchar a nadie. Si abrían la boca solo para decirle que se detuviera, era un caso perdido.

Amber se sentía vacía, y la única forma de llenar ese vacío era con la verdad.

El oficial Jay, viejo amigo que lo veía ya por tercera vez, la interrogó. Le dijo que toda esa situación empezaba a preocuparlo, que sus acciones —esas cosas que prefería hacer en secreto, jugando a la investigadora— no la estaban llevando a ningún lado. O, peor aún, a uno del que no iba a poder volver.

Le pidió que se tomara un día. Solo un día para despejar la mente, para ver a un médico, como su madre ya se lo venía pidiendo desde hacía tiempo y ahora la tenía pisándole los talones. Que dejara esos asuntos en manos de la policía. Para eso estaban ellos. Y el caso de James, insistió, estaba cerrado. Al menos hasta que apareciera alguna prueba nueva o la jueza que llevaba el caso opinara lo contrario.

Lo cierto era que Amber no había hecho nada. Nada que pudiera señalarse como una falta. No había tocado pruebas, no había herido a nadie, no había interferido en la investigación. Salvo lo de la tumba. Ahí sí metió las manos. Vomitó. Removió tierra a no más poder, solo para comprobar si el cuerpo de James seguía ahí.

Sin embargo, su error estaba en que a Amber le susurraban al oído o la dejaban al borde del precipicio, y ella se lanzaba. Ella iba.

Por el pasillo comenzaron a oírse pisadas. Pisadas firmes, imponentes, que hacían eco contra las paredes. Amber no necesitó saber de quién se trataba, porque era evidente que venían por ella.

Alguien llamó a la puerta de la sala de interrogatorios. El oficial Jay fue quien abrió. La mujer entró sin decir nada al principio; tenía un gesto tenso.

—Ya estoy aquí —anunció Agnes—. Hablemos.

Jay asintió y se volvió hacia Amber.

—Espera afuera, por favor. —le pidió.

Amber salió al pasillo. Se sentó en el banco contra la pared y esperó a que su madre terminara para marcharse. Detrás de la puerta, las voces eran un murmullo bajo. No distinguía palabras, ni podía escucharlas. Tampoco quiso hacerlo.

Cuando la puerta volvió a abrirse, su madre salió primero. No la miró. No dijo nada. Pasó a su lado como si no estuviera ahí.

Unos segundos después, otro oficial llegó con Lili. Estaba agotada, quería irse a su casa. Al menos, en algo coincidían. Sin embargo, estaba libre; las esposas ya no estaban en sus muñecas. Cruzaron una mirada breve, suficiente. A Lili le indicaron la salida opuesta.

A Amber, su madre le hizo un gesto corto con la cabeza. Afuera, un taxi esperaba con el motor encendido. Subieron sin hablar. Recién cuando el vehículo arrancó y tomó una calle que no conducía a casa, habló:

—¿A dónde vamos?

Agnes tardó en responder.

—Al hospital —dijo—. Te van a revisar el golpe, ese el que tienes en la cabeza.

—No hace falta. Estoy bien.

—Sí hace falta —contestó, sin alzar la voz—. Encontré las aspirinas, Amber.

Ella giró la cabeza.

—Era para el dolor. No era tan grave.

—Faltaba una tableta entera —replicó—. No te automediques. Sabes que eso es malo.

El taxi avanzaba por las calles, cortando camino, sin problemas. Faltaban unos pocos metros para que pudieran bajar. Estaban cerca.

—Yo lo vi —soltó Amber. Luego, apretó los labios como si se le hubiese escapado—. A James.

Agnes exhaló despacio.

—Eso fue por el golpe. Tranquila, el médico sabrá qué hacer.

—Lili también lo vio, mamá.

Ambas se miraron.

Hubo silencio.

—Lili estaba con vos, sí—respondió finalmente—. Y a Lili también le pudo haber pasado algo aquella noche, como lo que te sucedió. Están confundidas.

Hizo una pausa.

—Además, dos personas alteradas no hacen una verdad, Amber.

—Pero mamá, ella también lo vio te estoy diciendo. Ella fue quien me dijo que no fuera y aun así lo hice. No le creí.

—Ella estaba asustada —replicó—. Igual que vos.

Su voz sonó angustiada.

—Te estoy perdiendo. Y no voy a quedarme mirando cómo te hacés daño jugando con estás cosas.

Amber levantó la cabeza.

—No estoy jugando.

—Y si no lo fuera, eso sería peor —admitió Agnes.

El taxi frenó frente al hospital. La madre abrió la puerta primero.

—Después hablaremos de James —dijo—. Pero ahora vas a entrar. Aunque te enojes. Aunque no quieras.

Amber no respondió. Bajó del taxi y juntas buscaron el consultorio del médico clínico. Agnes le dijo que no podría esperarla; debía pasar por la oficina de su jefe para explicar por qué llegaría tarde al trabajo. La guardia comenzaba cerca del mediodía y ya estaba fuera de horario.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.