Amber retomó su rutina apenas cruzó la puerta de la casa. Las lecciones con su madre, las clases, su rutina de casi todos los días. Omitiendo ciertas cosas que habían sucedido afuera, antes de entrar: la conversación con Derek, su vecino; la mención de Horacio, el sobrino y extrabajador de una fábrica que Hurton Clark estaba insistiendo en conocer; y así lo hizo con todo, como si nada de eso existiera, ni mucho menos fuera importante ahora. No necesitaba mostrarle a su madre que ver al señor H cerca del vecindario la ponía de malhumor e inquieta. Ni explicar por qué.
Agnes, de todas maneras, lo notó. Siempre intuía cuando algo iba mal. Las madres de eso... saben bastante. Leen tu mente mejor que nadie.
Mientras acomodaba los cuadernos sobre la mesa y el agua se calentaba para que ambas tomaran el desayuno, su madre la observó de reojo, inspeccionándola.
—El médico... —dijo Agnes al fin—. Cuando fuimos al hospital, no me contaste mucho más que eso de los estudios.
Amber dudó apenas. No porque no quisiera hablar, sino porque todavía estaba ordenando lo que había ocurrido. Y porque esa molestia detrás de la oreja seguía ahí, como un recordatorio irritante que formaría parte de un nuevo enigma y no podría resolverlo.
—Encontraron una cicatriz —respondió—. Detrás de la oreja.
Agnes se quedó quieta. No más de un segundo. Su rostro perdió color; quedó pálida. No pensó que algo tan delicado saliera así a la superficie.
La cicatriz no era nueva. Eso Amber lo había entendido enseguida. No pertenecía a la noche en que James murió ni a los golpes recientes. Era otra cosa. Algo más viejo. Algo que no recordaba. Algo del pasado que su madre sabía.
—Nunca te lo dije porque... —Agnes bajó la voz, como temiendo revelarlo y que alguien la escuchara. Quizás, quienes estuvieran con la oreja puesta en la puerta, podrían acabar con lo que habían dejado incompleto— no supe cómo explicarlo.
Amber la buscó con la mirada. Agnes insistía en apartarla, como si sostenerla fuera demasiado. Y aun así, Amber sabía que no había nadie más a quien pudiera recurrir. Si no podía confiar en su propia madre, ¿en quién más lo haría? Es decir, su madre era el único pilar frente a un recuerdo que no le pertenecía. Y ocultarlo solo le traería más preguntas.
Agnes respiró hondo antes de continuar.
Recordaba un día común. Demasiado común. Amber era pequeña, tenía cinco años, y jugaba cerca de la casa. Agnes había entrado un momento a buscar agua, algo para el té, convencida de que no tardaría más que unos minutos.
Ese detalle le hizo acelerar el pulso. El agua para el té. Lo mismo que estaba haciendo en esos momentos. Por un instante, se quedó paralizada, pero luego siguió hablando.
En cuanto al padre de Amber, estaba dentro, preparando el almuerzo. Nada parecía fuera de lugar.
—Cuando salí... —dijo Agnes— ya no estabas.
No hubo gritos al principio. Solo confusión. Tuvieron que buscar por los alrededores, preguntaron, revisaron cada rincón conocido. Y después vinieron los días. Las horas largas. El miedo que se instaló sin pedir permiso.
Amber escuchaba sin interrumpir. Sentía el peso de un recuerdo ajeno presionándole el pecho, que de alguna manera, también resultaba ser suyo.
—Fueron casi dos semanas —continuó su madre—. Hasta que una mujer de una florería dijo haberte visto pasar por la avenida. Gracias a ella... volviste a casa.
Volviste.
La palabra quedó suspendida entre ambas.
Amber tragó saliva.
—¿Y... nunca supieron qué pasó? —preguntó.
Agnes negó despacio.
—Nunca del todo.
El silencio se instaló entre ellas. Inevitable. Amber llevó su mano detrás de la oreja, como lo venía haciendo últimamente, y pensó:
¿Y si todo empezaba ahí? ¿Y si todo empezaba con ese suceso y no con James?
Tal vez esa marca, esa intervención quirúrgica que nadie podía explicar del todo, la había dejado algo vulnerable. Incompleta. Y después vino la noche de James. El golpe. El shock. El quiebre que terminó de romper algo que ya estaba frágil.
—No lo sé —murmuró Amber, más para sí misma que para su madre—. Pero quizás... quizás todo esté conectado.
No era un diagnóstico.
Solo una loca hipótesis.
La única que tenía.
A pesar del balbuceo de su hija que no había comprendido del todo, Agnes pareció dispuesta a seguir hablando. Abrió la boca, como si buscara las palabras correctas, como si todavía hubiera algo más que decir.
—No —la cortó Amber, sin dureza, pero firme—. No ahora.
No se sentía bien. Y lo supieron las dos.
Su madre asintió despacio. No insistió. Pero Amber alcanzó a ver algo en su expresión: disgusto, pesar, culpa. Supuso que ahora que había traído el tema a la conversación, sin previo aviso, sería difícil para Agnes distanciarse de ese día y no sobrepensar su error. En la distracción. En el momento exacto en que fue a buscar lo que ella le había pedido. En todo lo que podría no haber pasado.
Amber sabía que no era su culpa. Ni la de Agnes.
Pese a ello, se le instaló una incertidumbre horrible, porque nadie sabe con certeza lo que le hicieron. Solo sabía que hubo una intervención; una que, a partir de ese entonces, la dejaría con una cicatriz, una marca, una costura. Pero el verdadero tormento no estaba en la piel abierta, sino en el misterio de lo que habían tocado dentro de ella; y esa invasión era peor que cualquier otra cosa.
Decidieron terminar el desayuno como si la conversación no hubiera ocurrido. Como si la noticia no la hubiera impactado. Como si Amber no tuviera un nudo apretándole el pecho.
Respondió lo justo durante la clase. Escribió lo necesario. Pero el aire parecía no alcanzarle. Necesitaba salir.
Amber no pensó más y tomó la bicicleta. Le pidió a su madre que no se preocupara, porque regresaría, solo que tenía algo que hacer. Pero en realidad quiso decir que tenía que escapar. Raro. ¿Cuándo Amber había escapado de la verdad? ¿Cuándo había temido por algo así? Bueno, ahora lo estaba haciendo.
#794 en Thriller
#339 en Misterio
#amnesia, #engañoymentiras, #asesinato miedo y recuerdos olvidados
Editado: 21.02.2026