En el lugar de los hechos

CAPÍTULO XI

Mentiroso.

Eso es lo que era Benjamín.

Y por jamás de los jamases debía olvidarse de eso.

Sin embargo, ¿por qué entonces Amber estaba de rodillas a su lado, acompañándolo en silencio, mientras él era un mar de lágrimas? ¿Era por qué acaso no había nada más satisfactorio que ver a un hombre herido y querer ser su consuelo? ¿O por qué esa era la idea: mostrarse vulnerable y ver quién es el primero que corre para ofrecerte su ayuda?

No lo sabía.

Y aun así, ¿por qué parecía que duró poco la distancia que había sentenciado entre ambos para no generar malos entendidos?

Amber se levantó de inmediato y apartó su mano de su espalda, como si lo que hubiera hecho estuviera mal. Suficientemente mal. Pero hay veces en las que el cuerpo y el corazón siempre la llevaban a reaccionar más rápido que su cabeza. Y ella no recuerda, pero el corazón no olvida.

Benjamín lo sabe, pero prefiere ocultárselo.

Lo que sucedió ya sucedió una vez, y la historia no tenía por qué repetirse. El límite había sido cruzado, algo que Lili le dijo a Amber, pero ¿cuántas veces podemos evitar no cruzar ese límite? Y Amber todavía no lo comprende del todo. Está confundida.

Se sacudió la ropa y fue en búsqueda de su bicicleta, dispuesta a marcharse.

Entonces Benjamín, mientras se ponía de pie y limpiaba su nariz y las lágrimas de su rostro con un pañuelo que llevaba en su bolsillo, formuló:

—¿Por qué estás aquí? ¿Acaso estabas siguiéndome?

Amber, con las manos puestas sobre el manubrio, las apretó con fuerza y miró al frente. Solo tenía que subir a la bicicleta y realizar el mismo recorrido que había hecho antes. Pero dándole la espalda, ya que no se atrevía a mirarlo, no pudo evitar contestarle:

—No, solo estaba de paso y sin querer terminé en este sitio. Quería saber qué iba a hacer con ese bidón. Nada bueno sucede cuando alguien va tan decidido.

La angustia de Benjamín se esfumó de repente. Guardó el pañuelo y se restregó el dorso del dedo índice por la nariz, inhalando con fuerza para asegurarse de que estaba despejada. De un momento a otro, volvía a ser el mismo de siempre. Su tono y postura habían cambiado.

—No es de tu incumbencia, Amber. No tienes por qué entender todo lo que las personas hacen y por qué lo hacen. Vuelve a tu casa.

Justo cuando Amber iba a obedecer, frenó en seco. Se puso rígida, enderezó la espalda y se dio la vuelta.

—No. ¿Sabe qué? —tiró la bicicleta en la acera, sin importarle el ruido que hizo el metal, ni mucho menos que ya era la segunda vez que lo hacía. Se plantó delante de él cara a cara—. No me voy a ir, no hasta que me dé explicaciones. Explicaciones de qué hacía quemando esa casa.

Aquel suspiró con pesadez. Amber podía preguntar lo que quisiera, tocar cualquier tema, pero no sobre la casa. No sobre la casa de su madre muerta. Todo lo relacionado con Stefany Anderson abría una herida demasiado compleja; era una especie de historia turbia y traerla de regreso solo le estaría generando cierta amargura de la que aún estaba intentando deshacerse. El pasado debía quedarse en el pasado, enterrado y punto. Pero como vio que Amber estaba dispuesta a seguir protestando, dejó que continuara.

—O mejor aún, ¿por qué me dijo que Diego estaba involucrado en el asesinato de James? Lili desmintió todo esto y me dijo que estaba tapando con sus mentiras algo que había hecho. Por eso usted se inventa todas esas historias que me cuenta. Me hizo hacer locuras que jamás pensé que haría.

—¿No escuchaste lo que te dije? ¿Qué es lo que había dicho? Si no lo recuerdas, bien, te lo diré en textuales palabras: “Por cosas mínimas se habla demasiado. El pueblo es pequeño y eso les alcanza”. No fueron mis acusaciones, fueron rumores de alguien más. Yo no confirmé la supuesta relación entre Lili y James, ni señalé a un presunto culpable como Diego.

Estaba en lo cierto. Benjamín no empezó el rumor ni, mucho menos, confirmó que él haya sido la mente maestra. Sin embargo, eso no quitaba que le bastó a Amber para desviar la investigación y convencerse de que todo apuntaba a Diego.

—Bueno… sí. Tiene razón. Me equivoqué —manifestó con un tono de voz bajo, cruzándose de brazos.

—¿Qué? No escuché. ¿Puedes repetirlo? —pidió inclinando la cabeza, poniendo la mano detrás de su oreja.

—¡Que me equivoqué, sí! Tiene razón, no es del todo un mentiroso.

Benjamín curvó apenas la comisura de su labio. Le divirtió verla ceder, equivocarse, aunque se esforzó para que la gracia no tomara el protagonismo en la conversación. Así que se puso serio de nuevo.

—Bien, ¿y qué es lo que hiciste?

—Desenterré la tumba de James.

Él abrió los ojos enormes. Perplejo.

—¿Qué hiciste qué?

—Lili me advirtió que no lo hiciera, pero lo hice. Vi su figura observándome afuera de la casa, acechándome, llamándome a que lo siguiera. Y lo seguí. Pero eso no era James.

Benjamín mantuvo su rostro inexpresivo, aunque por dentro su cuerpo parecía traicionarlo. Las manos le estaban sudando. No debía alterarse o Amber lo notaría.




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