La cabeza de Amber colgaba fuera del borde de la cama, con el pelo cayendo hacia el suelo. El mundo estaba al revés. No es que se viera más ordenado así, pero al derecho tampoco lo estaba. La sangre comenzaba a golpearle las sienes rítmicamente; era una alerta, como si su propio cuerpo le exigiera despertar y reaccionar ante todo lo que todavía no podía procesar.
Pensó en el beso. Ese maldito beso. En su tutor.
O, mejor dicho, trataba de no hacerlo. Pero entonces su mente la llevó hacia la cicatriz. No exactamente a la marca, sino a la sensación: la forma en que había sido tocada. Un sitio donde no se debía. Estaba prohibido.
Cerró los ojos un segundo. Los volvió a abrir. Todo seguía ahí: invertido, quieto.
Desde su posición, el tablero improvisado en la pared, que había armado hacía tiempo, ya no parecía un montón de notas caóticas y sin sentido. Las hojas, sostenidas por chinchetas y la lana roja que a esa distancia parecían solo puntos unidos a otros, comenzaron a conectarse con ideas y palabras que antes no había sucedido.
James. Su padre. El pueblo. Hurton Clark.
Cara le había dicho a Amber que solo habían vuelto a Foretson por su marido; de lo contrario, no hubieran regresado. James estaba investigando lo que le ocurrió a su padre, tal como Amber hacía con el suyo. Su padre murió en un accidente llegando al límite del pueblo; no pudo salir debido al domo, esa barrera invisible que retiene a los habitantes según los reportes del señor H. Pero ahora, las preguntas eran otras: ¿Por qué existe un domo? ¿Su función es retener o controlar? Y en ese caso, ¿a quiénes buscan retener? ¿Acaso asesinan a los que intentan hablar? ¿Es por eso que, cada dos semanas, el pueblo reemplaza a los muertos con esos visitantes que llegan en autobuses blancos, como mencionó Lili? ¿Qué hacen con ellos? ¿Los desaparecen para borrarles la memoria y marcarlos con una cicatriz? ¿Por qué lo harían?
Ahora, paréntesis aparte de la cuestionable ética y moral con la que operaban, acciones que resultaban realmente horrendas, había que sumar el olor: esa tierra húmeda y putrefacta que parecía seguir un patrón. Un olor que llegaba para quedarse. Aquel aroma seguiría latente en su mente y en sus fosas nasales hasta que pudiera encontrar lo que realmente tenía que encontrar. Al principio, estimó que todo se debía al cambio climático repentino, a la infertilidad del suelo o al reasentamiento de familias en zonas no afectadas. ¿Estaba el suelo contaminado? ¿Cómo? En Foretson no hay centros de investigación ni reactivos químicos que expliquen algo así.
El caso es que se hizo presente en el cementerio, en la casa del abuelo de Benjamín, en la capilla, en la avenida por la que corrían temiendo por sus vidas aquella noche… Estaba por todas partes.
¿Y si esas figuras o esas sombras que Amber ve, creyendo que son una falla de su cerebro, lo producen ellas? Nuevamente, sucedió cuando corrían por la avenida; Amber, todavía encaprichada, apunta a que se trataba de Hurton. Pero es imposible. Cara dijo que se encontró con él, por lo que no podría estar persiguiéndolos para acabar con ellos. Entonces, ¿de quién se trataba? Porque en su visión o recuerdo, cumplía con ciertas características similares a las de él.
Para terminar de cerrar su hipótesis, necesitaba al señor H. Él sabría más, aunque ella odiara la idea de tener que trabajar con este, o simplemente tenerlo cerca.
Amber se incorporó de golpe en la cama. Se mareó un poco, pero pudo recobrar la compostura. Quizás ahora tendría un fuerte dolor de cabeza que tendría que curar con aspirinas. Mal. Porque fue una de las recomendaciones que el médico le indicó que no hiciera; le advirtió que si se sentía mal fuera a verlo o que, en cualquier caso, terminara de hacerse los estudios que le faltaban.
El caso es el siguiente: Amber no cree que su problema esté en su cabeza, como algo que necesiten arreglar para que pueda recuperar su memoria. Los estudios, las pruebas, los médicos y los procedimientos... ella siente que nada de eso le dará una solución. Solo serían un montón de medicamentos que tomaría sin fin, sin saber lo que realmente le sucede.
¿Y si el consumo desmedido de esas pastillas la terminara conduciendo a una de esas salas blancas, para ella sola, con un chaleco que bloqueara no solo sus pensamientos, sino también sus manos? Al pueblo le serviría. Incluso, a los mismos habitantes que callan porque temen; porque saben que si se acercan demasiado a la verdad, podrían hacerlos desaparecer o asesinarlos de manera violenta.
Asimismo, Amber reforzaba en su mente la idea de que la verdad era lo único capaz de curar el vacío que la carcomía. Pero entonces, surgió una duda todavía más perturbadora: ¿Y si la verdad no bastaba? ¿Y si, después de descubrirlo todo, la verdad simplemente no fuera suficiente para salvarla?
Y ahí todo la volvía al principio, tal y como lo que le ocurrió a James Beker. Murió porque sabía demasiado.
¿Y si ahora ella era la siguiente? ¿Y si su destino ya estaba marcado, como indicaban las amenazas que había recibido? Por eso, antes de dirigirse a la casa del señor Clark, Amber decidió que no se iría en silencio. Se aseguró de dejarle un mensaje a su instigador; una nota bajo la maceta de la entrada, de tal manera que pudiera contestarle. Si es que lo hacía…
El mensaje sería directo, breve, y posiblemente una declaración de guerra:
«Si crees que mi cabeza se está pudriendo como el suelo de este pueblo, estás equivocado; ahora lo tengo más claro que nunca. P.D: La próxima vez que quieras amenazarme, al menos intenta cumplir. Cumple de una vez con el final trágico que sentenciaste para mí».
Amber dejó el papel justo donde el olor a putrefacción se sentía más denso, como si quisiera que el mensaje se empapara de esa misma oscuridad. No era ingenuidad, sino el cansancio de quien ha decidido dejar de correr. Si aquella persona, fuera quien fuese, realmente la quería muerta, tendría que buscarla mientras ella terminaba de desenterrar la verdad.
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Editado: 21.02.2026