El oficial Jay la citó a las diez de la mañana.
Agnes había contestado el llamado más temprano e insistió en acompañarla; ya no era normal que Amber pasara tanto tiempo en la estación. Sin embargo, ella le pidió que no fuera. Era su problema y lo solucionaría sola.
Mientras se cambiaba en su cuarto, Amber no podía dejar de mirar por la ventana. Necesitaba comprobar que la maceta rota seguía en su sitio y que el encapuchado no estaba en la avenida, acechándola como de costumbre. No lograba quitárselo de la cabeza: lo había visto correr hacia la casa para luego esfumarse en el aire. Estaba segura de que era alguien de carne y hueso, aunque fuera evidente que querían hacerle creer lo contrario. Y a pesar de que el miedo aún sentía, no tardaría en descubrir la verdad.
Al llegar, sintió que estaba en un déjà vu. La escena con todos los involucrados se repetía, con la diferencia de que esta vez también estaba Valentín. Tres de ellos levantaron la vista al verla entrar: él, Lili y Benjamín. Amber se sentó en un banco junto a Lili, lo más lejos posible de su tutor, a esperar su turno. Benjamín al ver que Amber decidió evitarlo, clavó la mirada en los azulejos grises del suelo mientras apoyaba los codos en los muslos e inclinaba la cabeza. Parecía agotado; soltó un bufido fastidiado al frotarse la nuca y luego el rostro. Quizás estaba harto de que lo citaran tantas veces en ese lugar.
Extrañamente, el ambiente se sentía demasiado bien para su gusto. No era pesado ni había rastro de la tensión que marcó su primera aparición. Todo resultaba distinto. Tal vez porque ahora sabía más que en aquel entonces, o porque quienes antes callaban, ahora lo decían todo sin guardarse nada. A pesar de la charla de ayer, su amiga apoyó la mano en su hombro, como indicándole que no importaba lo que pasara allí dentro: ella estaba presente.
Valentín estaba relajado, o al menos, eso intentaba aparentar. Se frotaba las manos cada vez que creía que nadie lo notaba; un gesto similar a cuando Amber lo vio fumando, como si quisiera quitarse de encima un rastro invisible. Era probable que antes de llegar a la estación hubiera encendido un cigarrillo para calmar la ansiedad. Aquello le llamó la atención: nunca lo había visto así. En la capilla era una persona diferente: sumiso, modesto, cohibido y ejemplar. Ahora, sin embargo, padecía de la misma paranoia que ella.
Más tarde, Amber ingresó a la sala de interrogatorios. Jay le explicó que debía reunir a todos para tomar nuevas declaraciones. A ella le pareció un trámite innecesario que solo retrasaba el punto al que ya habían llegado.
—No me diga: encontraron más incoherencias de las que esperaban y decidieron que era un buen momento para reabrir el caso —soltó Amber con una ironía amarga—. Sea sincero, a usted tampoco terminó de cerrarle lo que le sucedió a James. A mí tampoco. No sé por qué no lo noté antes, pero Ricardo, el que se entregó en su momento, era incapaz. Y si se pregunta por qué, se lo diré con gusto: porque es rengo. ¿Podría un cojo trasladar sin dificultad un cuerpo desde la avenida hasta el bosque? Quizás, pero es poco probable que lo hiciera solo. Fue algo demasiado ingenioso, demasiado planeado. Puro palabrerío y chantaje que usted debió notar. Pero claro, no soy quién para decirle cómo hacer su trabajo.
Jay la escuchaba en silencio. No tenía intenciones de preguntar; quería leerla, observar si sus expresiones corporales o su mirada sostenida e intimidante le revelaban lo que necesitaba sin tener que pedirlo.
—¿Sabe qué? Me veo en la necesidad de decirle que me siento tranquila, quizás aliviada. En el camino tenía la cabeza en todos lados, especialmente en Valentín. Se asustó al verme y me confesó abiertamente que fue testigo la noche en que murió James. Me dije a mí misma que no había razón para huir o acobardarme por lo que él pudiera decir. Estoy convencida de que yo no lo maté. Pero seguro le habrá dicho algo más; no solo que me vio, sino que tampoco podría confirmarle a los demás involucrados.
Hizo una pausa, intentando conectar lo que ella misma soltaba al aire.
—Si el monaguillo supuestamente vio cuando asesiné a James, entonces vio a Benjamín... Pero, ¿dónde estaba? ¿A qué distancia nos observaba? ¿Qué le asegura a usted que él no fue partícipe y también se manchó las manos?
Amber dejó de hacer preguntas por dos razones. La primera, porque pensó en la fábrica: ¿Sabría Valentín de su existencia? ¿Sabría que todos terminaron allí? ¿Los vio desde ese lugar o solo cuando James murió? Las dudas no tardaron en salir a flote mientras intentaba darle sentido y confirmar el rol del monaguillo. La segunda razón fue porque estaba hablando demasiado; más que una declaración, parecían pensamientos en voz alta.
—¿No va a decirme nada?
—Te veo muy segura de ti misma. Podría decirse que ahora lo ves todo más claro. Es un avance importante —respondió Jay, esforzándose por ser inexpresivo, aunque en su tono se filtraba la satisfacción de ver la mejoría en la memoria de Amber. Resultaba bastante placentero—. Por favor, continúa.
—Gracias. Lo estoy. Pero no puedo terminar de unir las piezas si usted no me ayuda —contestó ella con una media sonrisa.
Amber consideró contarle lo que sabía: la versión de Lili, el relato de Benjamín. Pero soltarlo todo implicaría que el oficial supiera lo que hicieron esa noche. Estaban allí porque Amber le había llenado la cabeza a James con esos reportes que encontró sobre Hurton y... Justo cuando más segura se sentía de si misma, de no haberle tocado un pelo, decidió culparse. Porque aunque sus manos no se hubieran manchado con sangre, sí lo estaban con sus ideas, con sus palabras, con su mente, con sus impulsos.
Amber mató a James.
Lo hizo.
Lili tenía razón.
De repente, el estómago se le revolvió. Sintió unas ganas inmensas de vomitar y de llorar. Lo deseaba. Probablemente sus ojos y mejillas ya estaban húmedos, pero ella permanecía sin reaccionar, con la mirada perdida en un punto fijo de la sala.
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Editado: 21.02.2026