En el lugar de los hechos

CAPÍTULO XV

El cuerpo comenzó a pasarle factura. El cansancio la arrastró a un sueño profundo que duró desde la tarde en la que había regresado de la estación hasta la mañana siguiente. Y no lo hizo plácidamente, ni mucho menos, se puede decir que no tuvo pesadillas en el transcurso. Pero al menos su mente estaba un poco más ordenada que antes, consciente de sus acciones, de cómo todo empezaba a tomar forma. Ahora, todo marchaba diferente.

No se permitió ni un minuto más quedarse acurrucada bajo las sábanas. Cuando acabó con su habitual rutina matutina, fue a ver a Derek. No podía dejar pasar otro día en el que no tuviera el contacto de Horacio y poder conversar sobre esa fábrica, que cada vez que se permitía pensar en ella, la cicatriz le daba pequeñas pulsaciones indoloras y la dejaba con un inevitable cosquilleo que no tardaba en atravesar todo su cuerpo.

Al llegar, tocó el timbre y no tardaron en atenderla.

Derek la recibió afuera, sin invitarla a pasar. Estaba bien así; nadie debería permitir el ingreso de extraños a sus hogares, por más que se tratara de un vecino o un conocido. Aquello la llevó a cuestionar sus propios actos: cómo, en un impulso insensato, terminaba siempre en las casas de personas que ni siquiera recordaba del todo y que podrían ser peligrosas.

—¿Amber? Disculpa, no esperaba visitas. Hoy es día de limpieza y está todo bastante revuelto y sucio. Pero dime, ¿qué necesitabas o a qué se debe tu visita?

—No se preocupe, no pretendo robarle mucho tiempo —respondió ella—. Solo quería saber cómo puedo contactar a su sobrino. Desde que mencionó que trabajó en la fábrica, no he dejado de darle vueltas al asunto. Verá, es crucial para investigar lo que le sucedió a James Beker, mi amigo. Si pudiera decirme cómo hablar con Horacio, me sería de gran ayuda.

—¿La fábrica? —repitió él. Algo en su expresión se tensó apenas un segundo antes de recuperar su habitual cordialidad—. Creo haberte dicho que es mejor no hablar sobre eso, y mucho menos contactarlo. Ese lugar solo atrae problemas.

Por curiosidad, Amber estiró el cuello intentando ver hacia el interior, buscando confirmar si en verdad estaban limpiando. Desde afuera no se escuchaba el ruido de una aspiradora ni de ningún otro aparato que indicara que se estaba realizando el aseo. El silencio dentro de la casa era absoluto.

Derek terminó de cerrar la puerta a sus espaldas, bloqueándole la vista por completo.

—Pero… ¿acaso fue tan malo lo que sucedió allí? —preguntó ella, incapaz de ocultar su inquietud.

—No te lo imaginas —sentenció él con voz gélida—. Y ojalá nunca se repita.

—¿Repetirse? ¿Qué es lo que no debería repetirse? —insistió Amber.

Derek negó con la cabeza mientras miraba de reojo hacia la calle desierta.

—El lugar funcionaba como una fábrica textil que cerró hace dieciocho años por un accidente que lo arruinó todo. Debería haber quedado vacía, pero no fue así. Siguieron contratando gente a escondidas cuando el edificio ya estaba en ruinas. Mi sobrino fue uno de esos idiotas que aceptó el dinero; después de todo, lo necesitaba.

—¿Y qué hacían allí? Si ya no fabricaban ropa, ¿de qué se trataba?

—Ya nada que tuviera que ver con mercadería, Amber, eso te lo aseguro. Horacio no duró ni un mes y, cuando salió, ya no era el mismo. Se volvió paranoico, igual que tú ahora —Derek hizo una mueca de pesar—. Te voy a dar su número porque no me gustaría que sigas viniendo a preguntarme sobre esto. No espero que lo entiendas, pero tengo familia y no es sano para nosotros revivir el pasado con las cosas que hacían ahí. Eso sí: no le digas a Horacio que fui yo quien te lo pasó.

Entró a buscar papel y lápiz, o algo para anotar. Al rato, salió y le entregó un trozo de papel arrugado con el contacto. Los números estaban todos menos alineados; los trazos eran desprolijos, casi ilegibles.

—Toma. Llámalo si quieres, pero no me busques si las cosas salen mal. Lo siento, Amber, pero no quiero que regreses por este tema, y mucho menos que el señor Hurton se entere de que estuviste preguntando. Si es por otra cosa, serás bienvenida, pero por esto no. Espero que sea de ayuda para lo que estás buscando.

No tuvo tiempo de agradecerle; antes de que pudiera decir una palabra, Derek ya estaba con un pie adentro de su hogar. Levantó la mano a modo de despedida y entró con prisa, como si ya no soportara estar ni un segundo más afuera hablando con ella.

Amber regresó a su casa con un sabor agridulce en la boca. Su vecino había sido un poco descortés, pero ya tenía lo que quería. Eso era lo único que importaba. Así que guardó el papel en el bolsillo de su pantalón, doblado en cuatro partes, como si temiera que el viento pudiera arrebatárselo en cualquier momento.

Cuando llegó a su casa, cerró la puerta con llave y fue hasta donde se encontraba el teléfono de línea. Durante un instante, se permitió mirar el papel sin tocarlo, antes de poder marcar los números.

—No puede ser tan difícil —murmuró para sí misma.

Dudó unos segundos, preguntándose si era lo correcto, si estaba bien querer involucrarse más de lo que ya estaba. Pero tomó coraje y marcó.

Un tono.

Dos.

Tres.

Nadie respondió.

Cortó antes de que la llamada la desviara al buzón. Esperó unos segundos, como si eso pudiera cambiar el resultado, y volvió a marcar. Quizás el número no estaba bien escrito o nadie quería contestar.

Esta vez la llamada fue más corta. Apenas dos tonos antes de que la línea quedara en silencio.

Frunció el ceño.

A la tercera, alguien atendió.

¿Sí? —La voz sonó baja, áspera, como si acabara de despertar, un poco tarde a su parecer, o como si no quisiera ser escuchado.

Amber se irguió sin darse cuenta.

¿Horacio? Me llamo Amber. Me dieron su contacto. Necesito hablar con usted sobre la fábrica.

Silencio.

No uno breve. Uno extendido, como si del otro lado Horacio hubiera abandonado la llamada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.