El momento que tanto esperaba Amber había llegado. Elías apareció en su casa a eso de las tres y media, tal y como le había prometido. Ella, que ya estaba preparada, salió casi al instante, por lo que ni siquiera fue necesario que él tocara a su puerta. Cerró sin hacer ruido y ambos subieron a sus bicicletas. Intercambiaron un saludo breve antes de avanzar.
A Amber le agradaba la idea de estar acompañada, a pesar de que Elías no supiera nada sobre sus planes ni por qué le había pedido a Horacio reunirse para conversar. Agnes, su madre, apoyaba la idea de que saliera con su amigo en bicicleta para intentar llevar una vida normal, alejada de todo aquello que pudiera traerle problemas. Lastimosamente, su madre no sabía que la realidad era otra.
El viento caliente, casi templado, les golpeaba el rostro mientras avanzaban por las calles del pueblo. Algunas estaban vacías debido a que era la hora de la siesta; en otras, se veía a niños jugando sin supervisión de adultos o con ellos, y a algunos adolescentes yendo a quién sabe dónde.
—¿Creés que hablará? —preguntó Amber, pedaleando a su lado.
—Si aceptó, tiene algo que decir —respondió Elías.
No volvieron a hablar.
La estación apareció al final del camino, imponente incluso en el abandono.
El edificio conservaba la estructura de cuando aún estaba en funcionamiento; encontrarlo en ese estado a muchos les traería nostalgia. Ojalá Amber hubiera tenido la oportunidad de viajar en uno de los vagones y recorrer todas aquellas ciudades o estados que añoraba conocer en su niñez.
La galería, las paredes y los arcos del frente estaban descascarados. Los ventanales se veían rotos o cubiertos de polvo. El cartel con el nombre del pueblo, Foretson, seguía en pie, aunque torcido y oxidado. Era lo más parecido a una terminal de autobuses, pero de trenes.
Los andenes eran amplios. Las vías se extendían en líneas paralelas cubiertas por maleza alta y verde. Más allá, un par de vagones antiguos descansaban inmóviles, con las puertas abiertas de par en par. Todo estaba callado, excepto por el ruido de algún insecto tratando de darle vida a un sitio que ya no la tenía.
Amber y Elías se sentaron cerca de las vías a esperar a Horacio. El tiempo pasaba lento; le pareció un tanto singular que, siendo las cuatro en punto, no hubiera rastro de él y la estación permaneciera vacía.
A las cuatro y diez, también.
A las cuatro y veinte, Amber dejó de mirar el reloj.
No estaba dispuesta a marcharse; lo esperaría así fuera que se hicieran las cinco de la tarde. Pero lo que ella no sabía es que otra persona tenía planes para Horacio.
—Puede que se haya retrasado —comentó Elías, recorriendo el lugar con la mirada.
Esperaron hasta las cuatro y cuarenta. Una chapa suelta que golpeaba contra la pared en intervalos irregulares terminó por agotar la paciencia de Amber, impulsándola a ponerse de pie. Dado esto, ambos se dispusieron a recorrer la estación; quizás él los esperaba en algún rincón que no habían notado antes.
—Vamos a ver si está por aquí —propuso su acompañante.
Caminaron bordeando los vagones y revisándolos uno a uno, al igual que el resto de la estación. Sus pasos resonaban contra el cemento agrietado. Amber lo vio primero: un hombre joven, de unos treinta y tantos, moribundo y oculto contra la base metálica del último vagón.
Al principio no lo reconoció. Después sí. Supuso que aquel que apenas conservaba aliento para pedir auxilio era Horacio.
—¡Elías, está aquí! —gritó Amber para que él fuera a ayudarla—. Está herido. Se está muriendo.
Amber se arrodilló junto a él. El cuerpo de Horacio se había inclinado de lado hasta caer al suelo, agotado y derrotado. Su camisa estaba empapada de sangre a la altura del abdomen; el líquido se había extendido velozmente, formando una mancha oscura. Amber no sabía cuánto tiempo más aguantaría antes de vomitar. Se sentía torpe por no poder hacer nada. Sus manos temblaban y los ojos se le cristalizaban. Ya veía que su esfuerzo, el punto de encuentro y su plan habían fallado; esa tarde obtendría todo, menos lo que él había ido a decirle.
—Horacio… —susurró—. ¿Quién hizo esto?
Los ojos del hombre se movieron con dificultad hasta enfocarla. Aún respiraba, pero cada inhalación era corta. Sus quejidos de dolor se volvieron una tortura para los oídos de Amber.
Intentó hablar, pero solo salió aire. Amber se inclinó más.
—Estoy acá. Dime quién te hizo esto. Lo encontraré.
Horacio tragó con esfuerzo. Sus dedos se aferraron débilmente a su muñeca.
—La fábrica… —murmuró apenas. Su voz apenas podía sostenerse—. No cerró… nunca cerró…
Amber sintió un frío subirle por la espalda.
—¿Qué significa eso?
Él negó con un movimiento casi imperceptible.
—Experimentos… siguen… —su cuerpo tembló—. Protocolos… fallos…
Su mano soltó la muñeca de Amber. Tosió y la sangre salió de su boca a borbotones, casi manchándola, lo que hizo que ella retrocediera unos pasos. Elías llegó a tiempo para verlo, pero no se acercó demasiado. La respiración de Horacio se volvió más lenta hasta que, finalmente, se detuvo.
Amber se quedó inmóvil, temblando y palideciendo. Tenía el estómago tan revuelto que no tardó en hacerse a un lado para largar la bilis. Elías, luego de preguntarle si estaba bien, se acercó al cuerpo para inspeccionar si encontraba algo que indicara quién lo había hecho. Cuando tuvo intenciones de meter la mano en el interior del saco, ella lo detuvo.
—¡No, no lo hagas! No toques nada. Podrías dejar tus huellas y eso no nos conviene.
A Elías le pudo haber importado menos, en una situación como esa. Se arriesgó y lo hizo, aun sabiendo las consecuencias que tendría. Fue inútil. No encontró nada más que su documento, algo de dinero, las llaves del vehículo en el que se había movido para llegar y, posiblemente, algún papel o recibo que pasó por alto. Y luego, detrás de la espalda de Horacio... el cuchillo. El arma que, seguramente, habían utilizado para hacerlo callar.
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Editado: 21.02.2026