Su espalda estaba apoyada contra el respaldo de la silla; su cuerpo adoptaba una postura casi relajada, hundida en el asiento. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza ligeramente inclinada, con el cabello cubriéndole parte del rostro. La mirada permanecía fija sobre el oficial Jay. Su mente no dejaba de divagar: las imágenes del sobrino de Derek iban y venían como flashes en su cabeza.
—¿Qué hacían en la vieja estación?
Amber no pudo evitar bufar. Su pierna derecha se movía de manera rítmica. Quería que el interrogatorio acabara, cuando ni siquiera había comenzado. Pensó que reportando el crimen haría una buena acción, pero solo provocó que la encerraran para testificar.
—Ya se lo dije. Horacio me citó ahí. Íbamos a hablar.
—¿Hablar de qué?
La pierna no dejó de moverse. No paraba y lo odiaba.
—No lo sé.
Ella era consciente de la mentira que había en sus palabras. Sí sabía de lo que iban a hablar. Era por lo de la fábrica, su función, por qué el hombre había dejado de trabajar en ese lugar y qué era lo que había visto que lo dejó horrorizado.
Jay apoyó bruscamente las manos sobre la mesa. Su enojo y la poca paciencia que cargaba la pusieron en alerta.
—¡No me tomes por idiota!
—No lo estoy haciendo.
—Te advertí que dejaras esto en manos de la policía. Pero siempre vuelves a lo mismo. Te metes donde no debes, te embarras hasta el cuello en situaciones que no terminan para nada bien y después alguien termina muerto.
Ahí la pierna se detuvo.
“Alguien siempre termina muerto”.
—¿Está insinuando que es mi culpa? —exclamó para defenderse.
—Estoy diciendo que cada vez que decides “investigar por tu cuenta”, todo empeora.
Amber apretó los dientes, enojada.
—Las cosas ya estaban mal antes.
—Entonces ayúdanos. Dime qué sabía Horacio.
—¡Ya le dije que no lo sé! Por favor, ¿cuántas veces va a preguntarme lo mismo?
—Entonces, ¿nada?
—Nada.
Jay se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en la mesa, fijando su mirada en la de ella para ver si podía sostenerla.
—Tu amigo Elías está en la otra sala. Está siendo bastante más... cooperativo con esto.
Amber se sintió acorralada, no por el oficial, sino por la idea de que Elías la hubiera dejado expuesta con lo poco que le había confiado.
—Él no tiene nada que decir.
—Eso es lo que crees.
Jay se acomodó en la silla.
—Nos habló de una fábrica. Una que, según tú, dejó de ser solo una fábrica hace tiempo. Nos dijo que estabas obsesionada con eso. Con lo que pasó ahí.
Amber tragó grueso. ¿En serio Elías había sido capaz de decirle eso? Luego recordó cómo sostenía el cuchillo con firmeza entre sus manos, con tanta naturalidad, y se cuestionó: si había sido capaz de hablar, ¿entonces también lo fue para clavarle la hoja afilada a un hombre que podría resolver sus dudas? ¿Pero en qué momento había sido, si permanecieron la mayor parte del tiempo juntos? ¿Realmente lo había hecho?
—Elías nos confirmó que, para ti, todo empieza y termina en esa fábrica. ¿A qué se está refiriendo? ¿Acaso debo recordarte que el lugar donde murió James no está precisamente alejado de allí?
La pierna de Amber volvió a moverse contra el suelo. Se pasó la mano por la cicatriz como si hubiera sentido una punzada, pero en realidad solo estaba agotada; Jay jugaba con su mente. Intentaba no soltarlo todo mientras buscaba pellizcarse los labios agrietados, pero lo había hecho tantas veces que ya no le quedaba piel que retirar.
—James murió intentando averiguar qué pasaba allí. Esa es la verdad. Pero, ¿qué les queda a los que la conocen? ¿Negarla? ¿De eso se trata?
—Eso no responde a mi pregunta —Jay se inclinó más, endureciendo el gesto—. ¿Qué es lo que conecta a James con ese edificio en ruinas? ¿Por qué alguien como él terminaría allí? Me da la impresión de que alguien sembró esa idea en su cabeza. Alguien que no puede dejar de mirar hacia atrás.
Amber bajó la mirada un segundo. Solo un segundo. Ahí estaba de nuevo: la culpa. Sabía perfectamente que era ella quien no podía dejar de mirar hacia atrás. Pero es que ahí estaba todo. No había otra manera.
—Bien. Él iba a decirme qué hacían ahí —confesó finalmente—. Horacio sabía algo. Fue uno de los trabajadores que aceptó el empleo porque necesitaba el dinero, según las palabras de Derek, su tío, y no duró demasiado. En ese lugar hacían algo más que fabricar productos textiles, y eso es lo que James seguramente quería saber.
Jay no la interrumpió, permitiendo que el peso de sus propias palabras la presionaran.
—Esa noche fuimos a la fábrica porque yo necesitaba respuestas sobre mi padre, sobre la cicatriz que llevo detrás de la oreja... y James buscaba lo mismo con respecto al suyo. Porque desde hace años, todo lo que pasa en este pueblo apunta al mismo sitio —continuó ella, con la voz quebrándose un poco.
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Editado: 21.02.2026