—Aún puedes irte, si quieres —murmuró él, acariciando su pelo con cautela por lo sucedido la última vez—. No te obligaré a quedarte. Es tu decisión.
Amber no respondió. Quería quedarse, pese a la contradicción en las palabras de él: primero le había pedido que lo acompañara y ahora le daba la opción de marcharse. Pero ya estaba ahí y no pensaba desaprovechar el momento. Dio un paso adelante. Sus manos subieron por su cuello hasta el rostro y lo atrajo hacia sí con una seguridad que no dejaba lugar a dudas. Lo obligó a mirarla fijamente y lo besó de golpe, sin suavidad. El impacto fue inmediato; él correspondió con una intensidad que delataba todo lo contenido hace tiempo. No hubo cuidado alguno, fue explosivo. Tenían hambre. Hambre de ellos.
Las manos de Benjamín descendieron por su espalda con una urgencia que rozaba lo desesperado. La sujetaba como si temiera que el mundo se la arrebatara. Y así, sin separarse un segundo ni romper el ritmo frenético de sus bocas, la condujo hasta el cuarto. A oscuras, cerró la puerta y ella lo empujó contra la pared sin interrumpir el beso, sintiendo el golpe seco a sus espaldas. No retrocedió cuando las manos de él se deslizaron explorando cada centímetro de su piel, ni mucho menos cuando la respiración de ambos se volvió entrecortada.
La ropa cayó al suelo sin orden. Fue entonces cuando sintió que perdía el control de su cuerpo y no luchó por recuperarlo; él la sostuvo por la cintura y la alzó apenas. En el choque de sus cuerpos, cayeron torpemente sobre la cama. Se detuvieron solo un segundo para mirarse a los ojos. Amber entendía que estaban cruzando una línea demasiado fina que no había vuelta atrás. Y es que ya no lo había. Después de todo, no era la primera vez que se perdían el uno en el otro.
Ese instante les pertenecía solo a ellos; el resto del mundo había dejado de existir al otro lado de la puerta que antes habían cerrado.
Aun así, ninguno se detuvo. Porque hacerlo significaba pensar. Y pensar implicaba volver con el tema de la comisaría, con la reciente muerte de Horacio o lo de la fábrica. No. Quería quedarse ahí por siempre, porque a su lado podía olvidarlo todo.
Cuando finalmente cayeron rendidos por el agotamiento, él apoyó la frente en su hombro. Respirando con dificultad, parecía costarle apartarse, como si no confiara en que, al hacerse a un lado, ella no se marcharía. Pero lo hizo, y ambos permanecieron inmóviles, con los corazones desbocados y el pulso descontrolado.
Luego, no tardaron en abrazarse, a pesar de que estaban hechos un desastre y sudados de pies a cabeza, hasta que el sueño los alcanzó. O mejor dicho, Amber se aseguró de que él durmiera plácidamente para poder levantarse a recorrer la casa. Así que, tras ponerse una remera lo suficientemente larga como para cubrirla por completo, salió con cuidado.
Se dirigió a la habitación vecina de la de Benjamín, esa que había divisado antes de que ambos terminaran en la otra encerrados para entregarse al deseo. Las piernas aún le temblaban y el cansancio peor; hubiera preferido quedarse junto a él, pero no había aceptado pasar más tiempo en aquel lugar solo por satisfacer su necesidad. Su objetivo, sus intenciones, también eran otras.
A medida que avanzaba por el pasillo, notó que en esa parte de la casa el olor a humedad era más fuerte. El incienso no lograba disimularlo del todo; apenas lo mezclaba. Las paredes estaban cubiertas de cuadros sin marco, muchos con fotografías antiguas de paisajes. Demasiada insistencia en mostrar algo que no entendía. La decoración floral y antigua, herencia evidente de los gustos del abuelo de Benjamín, estaba por todos lados, incluso en los pasillos. Nada allí le agradaba. A excepción del cuarto de él, que se sentía ajeno al resto de la casa.
Amber entró en la habitación que parecía pertenecer al anciano. Le intrigaba demasiado, ya que nunca lo había visto; casi parecía que su tutor sabía exactamente cuándo traerla a escondidas para evitar un encuentro. Sin embargo, no era solo eso lo que le llamaba la atención, sino toda su familia. Benjamín nunca le había hablado de sus padres o de si tenía hermanos. Recordó aquel día que lo encontró quemando la casa; él había soltado unas palabras en francés que ella no comprendió, pero estaba segura de haber oído algo parecido a “mamá”. No era difícil de descifrar; en muchos idiomas se pronunciaba casi igual, y esperaba no estar equivocada.
Al ingresar tuvo que encender la luz, a pesar de que estaba anocheciendo y de que, de por sí, todo a su paso era bastante sombrío. La cama estaba tendida y ubicada con la cabecera contra la pared; la ventana, enfrentada a esta, permitía una buena iluminación desde fuera y una vista a la avenida. En la mesa de noche había una Biblia cerrada y un rosario apoyado con cuidado, como si nadie se atreviera a desordenarlos. No había fotos a la vista ni recuerdos personales. Todo permanecía en orden. Algo inquietante.
Incluso había dos puertas más allí. Una era un baño privado, situado al fondo a la derecha. La otra, del lado izquierdo y cerca de la cama, escondía algo que ella no podía saber: estaba bajo llave y no había manera de abrirla.
Frente al lado libre de la cama había un escritorio antiguo. Se acercó y apoyó los dedos en la madera, dudando apenas antes de abrir el primer cajón. Solo había papeles y recortes viejos. Nada relevante. En cambio, el segundo cajón pesaba más. Dentro encontró un sobre grueso, sin nombre. Lo abrió. Eran fotografías antiguas, como si hubiera tenido la intención de ocultarlas entre los pocos muebles de la habitación. La primera le heló la sangre.
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Editado: 14.03.2026