La mesa de madera era larga y ovalada; llevaba un mantel doblado en el centro, sin utilidad, pues su fin terminaba siendo más decorativo que necesario. Encima, tenía un florero con tulipanes frescos. Tres sillas. Las justas para aquella cena memorable.
Amber se ubicó en uno de los lados; Benjamín del otro, enfrentados, sin mirarse. El abuelo ocupaba la cabecera. Los platos estaban servidos, listos para degustar. Sin embargo, Amber dudó antes de probar. Esperó a que ellos comenzaran.
Al principio, nadie habló. Solo se escuchaba el sonido de sus mandíbulas masticando la carne jugosa y asada, acompañada de una ensalada. Los cubiertos marcando una coreografía: cortaban, chocaban, subían, bajaban.
Amber se sentía incómoda. No veía la hora de terminar e irse. Lo deseaba desde el momento en que el sacerdote la interceptó en la puerta y le bloqueó el paso, convirtiendo la invitación en una permanencia obligada. Y eso no era todo, porque no sabía si era la casa o qué exactamente, pero ahí adentro nadie parecía fingir quién era; nadie tenía que ocultar su verdadero rostro. Ni el anciano, ni Benjamín. Sobre todo Benjamín, que ante la presencia de su abuelo adoptaba otra postura, otro tono, otra quietud. El sacerdote, aunque no llevara puesto sus vestiduras, demostraba ser una figura de autoridad, una persona con peso, control y poder sobre su nieto y sobre todos. Parecía disfrutarlo. Le gustaba atemorizar a los demás.
El sacerdote fue quien rompió el silencio primero.
—Hace tiempo que no veía a mi nieto tan... distraído.
Amber sintió la mirada del abuelo puesta en ella antes de poder comprobarla. Sus palabras fueron bastante intencionadas, directas. No había reproche en el tono, tampoco amabilidad. Era como un sutil comentario que sabía que repercutiría en Benjamín.
El nieto siguió comiendo, pero no tardó en responder:
—No estoy distraído.
—Claro que lo estás —respondió el abuelo con calma—. Cuando alguien empieza a olvidar ciertas normas y reglas, que prometió respetar y cumplir, suele ser por un motivo.
Ahora sí levantó la vista. No hacia él, sino hacia Amber.
Ella le sostuvo la mirada apenas un instante.
Benjamín, negando con la cabeza, dejó el tenedor sobre el plato.
—No empieces.
El abuelo apoyó el cuchillo sobre la tabla de madera y cortó el pan con una lentitud exasperante.
—Te pedí que no lo hicieras. ¿Lo recuerdas? —Hizo una pausa para repartirles el pan— No comprometas a esta chica.
La frase quedó suspendida en el aire y no estaba claro para quien ahora iba dirigida. Amber no sabía si debía intervenir o quedarse quieta. La discusión no la nombraba, pero giraba alrededor de ella; los involucraba a ambos.
El abuelo volvió a hablar, esta vez sin apartar la vista de Benjamín.
—No todo lo que parece un accidente lo es. Y tú lo sabes.
—No tiene nada que ver con eso —sentenció Benjamín.
—Todo tiene que ver con eso —replicó el abuelo.
Amber no entendía de qué hablaban. La conversación se había desviado.
Entonces, decidió intervenir.
—Escuche, sacerdote...
—Robert Anderson, hija. Aquí no soy un sacerdote. Estoy en mi casa, con mi nieto, mi familia. En la capilla soy el sacerdote —aclaró, como si no fuera suficiente solo decirle su nombre.
—Bien, señor Robert, no quiero quitarle demasiado tiempo. Incluso, en unas horas —Amber trató de buscar un reloj a su alrededor, pero no halló ninguno— ya debería regresar a mi casa. Quisiera que...
—Sí, claro. Ya sé a lo que te refieres. A eso iba —la interrumpió, como si quisiera tener el control de la conversación—. Verás, te he notado un tanto distinta. No concurres a misa, no te confiesas y tu madre no me ha avisado si haces las oraciones. Es curioso cómo algunas personas creen que pueden alejarse del camino del bien.
—Yo no soy devota de nadie —protestó ella con firmeza—. ¿Y qué ocurre si decido no seguir ese camino?
—Bueno, hija, la verdad es que no le espera nada bueno. Creo que esta charla ya la hemos tenido antes.
Benjamín tensó la mandíbula. Los miraba atento, intentando no intervenir en la charla sin sentido que tenía su abuelo con ella. Quería sacarla de la casa. Amber, en cambio, tomaba las palabras de Robert como una amenaza más que como una advertencia.
—Si hay algo que deba saber, prefiero que me lo diga de frente. No hable con metáforas —exigió ella.
—Hay límites que se respetan simplemente porque no te corresponde cruzarlos. Cuestionar lo que no entiendes es una falta de respeto, Amber. No dejes que el diablo te susurre esas ideas al oído.
—Nadie me está susurrando, señor Robert. Al contrario, esas voces me están abriendo los ojos. Y ya que habla de límites y de lo que me corresponde, quiero hablar sobre lo que esconde en su habitación.
El sacerdote miró casi de reojo a su nieto. Este tragó grueso.
—¿Se puede saber por qué guarda fotografías de una fábrica con trabajadores e incluso con su nieto?
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Editado: 14.03.2026