En el lugar de los hechos

CAPÍTULO XX

Amber y Hurton estaban rodeados de papeles desparramados sobre la mesita del living. Reportes, informes técnicos, anotaciones con fechas subrayadas y márgenes llenos de observaciones escritas con una letra apurada y descuidada, similar a la de un médico. Todos eran documentos del señor H y que, debido a la urgencia con la que ella lo había llamado, no dudó en permitirle que les diera un vistazo. Así estuvieron por algunas horas.

Las hojas iban y venían entre sus manos, mientras el hombre le explicaba qué era cada una y por qué trataban de ese hecho puntual y no de otro. Y Amber las leía. Las abandonaba. Volvía a mirarlas.

Ella cada tanto también intervenía y le resumía en voz baja lo sucedido la noche anterior: la muerte de Horacio, la extraña frialdad de Benjamín y su confesión de no recordar nada del pasado y ese fallo. Pero en lo que más enfatizó fue en la mención de los "experimentos", algo que generó un ruido evidente en el sacerdote y la terminó dejando con las palabras en la boca cuando él abandonó el comedor. Hurton la escuchaba en silencio, asintiendo mientras señalaba con el índice fechas específicas en los documentos que parecían coincidir con el relato.

Hasta que Agnes los vio.

Acababa de despertarse y todavía tenía la voz áspera del sueño cuando se detuvo en la entrada del living. Miró el desorden, los papeles, las tazas vacías. Después los miró a ellos.

No fue la primera vez que preguntó sobre lo que sucedía. Ya la había interrogado cuando Amber llegó a la noche, ya casi de madrugada con Benjamín.

—Mamá, ahora no hay tiempo para explicártelo. Pero te aseguro que te lo diré en cuanto pueda —respondió Amber, sin levantar demasiado la vista.

Agnes insistió. Quiso saber qué estaban buscando, por qué Hurton estaba ahí, a pesar de lo que ya le había respondido.

Amber respiró hondo. La apartó con suavidad, aunque el gesto fue más firme de lo que pretendía. Le pidió que no se acercara demasiado y que les permitiera seguir trabajando. Agnes se quedó un rato más y luego, rendida, se marchó a su cuarto.

—Usted me había dicho que estudiaba el suelo, la tierra. Cuando lo hizo, ¿encontró algún rastro de contaminación? —soltó ella—. Porque si bien la explosión y el fallo en la fábrica no son recientes, debieron dejar algún residuo. De lo contrario, la gente no estaría tan disconforme con la infertilidad del suelo, ni sus cosechas se arruinarían de esa forma, ni mucho menos los reinstalarían hacia otras zonas. El clima es la prueba de la inestabilidad con la que nos encontramos: un día hace frío y al otro un calor que no corresponde.

Hurton dejó los papeles y la miró con gravedad.

—Exacto. Y lo que te dijeron son mentiras. Sí contaminó y sí afectó —sentenció—. En esos años nadie pudo habitar el pueblo. Trasladaron a la mayoría y, cuando consideraron que Foretson estaba "en condiciones", hicieron una reapertura para no dejarlo en el olvido. Aun así, el escape de ese reactivo atrajo algo más que una simple contaminación química.

Amber frunció el ceño, tratando de seguirle el ritmo.

—¿Atrajo? ¿A qué se refiere? El reactivo se filtró en la tierra, ¿no es eso lo que dice su informe?

Hurton tardó unos segundos en responder, como si estuviera decidiendo cuánto debía decirle.

—Se filtró, sí. Pero no solo envenenó el agua o las raíces. El reactivo despertó lo que ya vivía allí abajo, Amber. Mucho antes de que existiera la fábrica, mucho antes de que nosotros llegáramos.

Amber sintió que el estómago se le revolvía y el pulso se le aceleraba.

—¿Me está diciendo que hay... algo vivo ahí abajo? —preguntó ella, señalando con la mano temblorosa hacia alguna parte de la casa para referirse al exterior—. ¿En la fábrica? ¿Es eso lo que el sacerdote oculta? ¿A esas cosas que se crearon en ese lugar?

Hurton negó lentamente; sus ojos reflejaban un miedo que no pudo evitar transmitirle a ella.

—La fábrica fue como el combustible que necesita un auto para funcionar. Lo que salió de allí no se quedó encerrado entre cuatro paredes de cemento. Necesitaban algo que el suelo no podía darles después de la explosión. Necesitaban calor, Amber. Necesitaban vida. Siendo más específico: nos necesitaban a nosotros.

Hurton la observó unos segundos en silencio.

—Criaturas. Eso son.

La palabra quedó suspendida en el aire.

Un zumbido comenzó a instalarse en los oídos de Amber. Se puso de pie abruptamente y abrió la ventana. Sintio que le faltaba el oxigeno. La brisa de la mañana entró con violencia, pero aun así sintió que no era suficiente. Abrió la otra también. Respiró hondo, pero el pecho le dolía igual.

Y ella lo entendió de inmediato.

—Una jaula —repitió con la voz quebrada—. ¡Estamos en una maldita jaula! En los reportes que le robé —hablaba tan rápido que las palabras salían todas juntas, desesperadas—, mencionó una barrera invisible, un domo que retiene al pueblo de algo. Eso quiere decir que estamos condenados a quedarnos aquí, a estar encerrados y a convivir con las criaturas. Y los visitantes, los extranjeros… todas esas personas que… que traen, son para ellos. ¡Nos están matando! Nos matan y nos ofrecen como alimento.

Hurton se levantó despacio.




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