Las ventanas seguían abiertas cuando Hurton se marchó. Amber no las cerró. Porque aunque el aire circulaba dentro de la casa, ella aún se sentía asfixiada; le costaba respirar. Pensaba en esas cosas, en eso que vivía debajo de sus pies, en las criaturas. Sintió un calor brotar por todo su cuerpo y un sudor frío recorrerle la espalda mientras la garganta se le resecaba.
De inmediato tuvo que ir por un vaso de agua.
Hurton no había podido sumarle información nueva. Solo hipótesis. Ni siquiera sabía con exactitud cómo se veían; apenas suponía que, con el tiempo, habrían aprendido a mezclarse con los humanos. Tampoco conocía su origen. Lo más probable, según él, era que se trataba de la naturaleza cobrándose la destrucción que el hombre había provocado en la tierra. En Foretson y en esa fábrica, dos sitios que no dudaron en convertir en experimento.
Por otro lado, Amber también pensaba en Elías y en lo que le había advertido el geólogo. Necesitaba buscarlo. Necesitaba verlo y preguntarle. Sabía que no debía decirle todo. Pero tampoco podía quedarse sin mirarlo a los ojos.
A pesar de las sospechas que tenía, de haber considerado que pudo haber asesinado a Horacio en algún momento en que se separaron. Y no lo hacía para contradecir a Hurton ni para pasar por alto lo hablado; al contrario, quería cerrar aquel misterio porque sentía que una cosa conectaba con la otra. Si la fábrica, con su simple fallo, provocó algo tan grande, entonces ellos pudieron haber sido parte de eso. Quizás no de las criaturas, pero sí como parte de un experimento. De lo contrario, no llevarían esas cicatrices detrás de las orejas, un punto ciego y estratégico en el que nadie se fijaría y del que nadie se daría cuenta. La marca estaba ahí, y si existía, era por algo.
Decidida, tomó un abrigo de su armario y le avisó a su madre que iría a la casa de Elías a verlo. Agnes le dijo que a la vuelta hablarían ambas y le diría lo que estaba sucediendo; la esperaría, ya que tenía el día libre y no iría a ningún lado.
A su hija solo le quedó asentir.
Salió en su bicicleta. Ni bien pisó la avenida, presionó los pedales con prisa, como si lo que tenía que hacer tuviera que resolverse en ese preciso momento y no en otro.
Cuando llegó a la casa, se quedó parada frente a la puerta, con mil cosas por decir y sin saber por dónde empezar. No pudo evitar pensar en lo mal que él la vería después de haber desaparecido tras la declaración, y en cómo ella había preferido no verlo luego de aquel interrogatorio sobre lo que estuvieron haciendo en la vieja estación de trenes. Plantarse de esa manera y empezar a escupir todo… creía que él solo le diría que no quería volver a verla. Pero ahora estaba allí, buscando ese algo que le faltaba para terminar de entender lo de la marca.
Golpeó la puerta.
Elías abrió sin problemas.
No pareció sorprendido. Solo la miró en silencio, como si evaluara si aquello era una visita casual o algo más.
—Amber.
—Hola.
El tono fue neutro.
Él se hizo a un lado para dejarla pasar.
El interior de la casa olía a flores frescas, perfume y tierra húmeda. La madre de Elías apareció desde el fondo con un delantal puesto, reconociéndola al instante.
—Ah —dijo Elías—. Amber, ella es mi mamá. Te conté que es florista. O al menos, creo haberlo hecho. Como verás, todo el lugar parece más un refugio para las flores y plantas que nuestra propia casa.
La mujer sonrió con amabilidad.
—Mucho gusto, Amber. Estás tan grande —dijo ella, y soltó una pequeña risita antes de mirar a su hijo—. No exageres, Elías.
Amber sintió que algo encajaba de golpe.
Florista.
El perfume. Las manos cubiertas de tierra. La voz suave.
La imagen le volvió como un recuerdo borroso: ella, más chica, desorientada… y una mujer guiándola hasta su casa.
—Usted… —murmuró, mirando a la mujer con más atención—. Usted fue. Me llevó a mi casa cuando desaparecí. Ayudó a que regresara con mi familia.
La mujer frunció apenas el ceño, como intentando recordar.
—Así fue —respondió con naturalidad y una gran sonrisa, orgullosa de la buena acción que había hecho—. Me alegro de que ahora esté todo bien. Fueron días difíciles para Agnes.
Amber quedó inmóvil, pensando. La mujer, en cambio, volvió a su tarea. Y Elías la condujo a aquella hacia la cocina para estar en privado.
—¿Qué pasa?
Amber dudó antes de poder hablar; su mente seguía perdida en el pasado y en esa mujer.
—Vine…
—Si es por lo que sucedió en la estación, nada de lo que dijeron fue verdad —la interrumpió Elías—. El oficial Jay usó ese método de las películas, donde le dicen a uno que el otro lo delató para que empiece a hablar. Supuse que desapareciste porque pensaste que te mandé al frente. No lo haría, Amber. Confiaste en mí para que te acompañara. Un amigo guarda un secreto; si no lo hace, no es tu amigo.
—Lo sé. Debí haberte preguntado antes de sacar conclusiones —respondió ella—. Pero no es por eso.
—¿Tampoco es por Horacio? Porque si tenías dudas de que hubiera saboteado tu encuentro con el hombre, no fue así. Ni siquiera lo conocía, ni mucho menos sabía lo que tenía que decirte. ¿Quieres saber por qué llegué tarde cuando lo encontraste? Porque escuché un ruido; alguien que se escondía o intentaba escapar. No le vi el rostro, pero era joven como nosotros y noté que dejó un rastro de ceniza de cigarrillo. Lo cual informé a la policía, obviamente.
—Yo no sabía eso. Tampoco me lo dijiste.
—¿Para qué? Cuando me viste con esa mirada, mientras levantaba el cuchillo y lo inspeccionaba en mis manos, no tardaste en sentenciarme. En hacerme el culpable.
—No, no es así, Elías. Lo siento.
Él la observó, notando cómo ella evitaba sostenerle la mirada y cómo su voz perdía fuerza al intentar justificarse. Sabía que Amber no estaba convencida de sus propias palabras y que solo intentaba remendarlo. Sin embargo, decidió no presionarla; le concedió esa mentira piadosa solo para poder avanzar.
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Editado: 14.03.2026