El lugar estaba repleto cuando llegó. Los aromas se mezclaban inevitablemente en sus fosas nasales: amoníaco, cloro, alcohol y algún que otro desinfectante. También había otros que provenían de los enfermos en espera, fluidos corporales o algo más rancio que eso. Pero Amber no tenía tiempo para detenerse en detalles, ni mucho menos en la fila interminable frente a las recepcionistas. Solo quería saber dónde estaba su madre y qué le había pasado.
Tenía los ojos rojos e inundados de lágrimas. El rostro húmedo y las piernas débiles. Sentía un nudo en la garganta difícil de tragar y un dolor estomacal que la obligaba a hacerse un ovillo, a juntar las piernas contra el pecho y abrazarlas con fuerza. Pero no podía permitirse caer, desarmarse ahí mismo. No ahí. No delante de todos.
Se abrió paso entre la multitud con los puños apretados con fuerza a los costados de su cuerpo. Muchos no tardaron en quejarse, pensando que intentaba adelantarse o quitarles el turno, pero ella los ignoró mientras intentaba llegar a la ventanilla.
—Busco a… Agnes Evans —soltó como pudo, mientras las personas, entre empujones, trataban de echarla—. A ella… deberían haberla ingresado por emergencias. Soy su hija.
—Niña, como puedes ver, todos buscan ser atendidos. No quiero problemas; espera tu turno —le respondió una de las jóvenes con cero empatía—. No sé nada sobre tu madre. Recibimos muchos llamados, mucha gente viene y se va. No la recordaría.
—¡Esto es de vida o muerte! —exclamó, alzando la voz, provocando que algunos se callaran—. Solo dígame dónde encuentro el sector de emergencias.
—Segundo piso. Pasillo al fondo y a la derecha.
Amber subió por el ascensor para agilizar el trámite. Tras preguntar a enfermeras y camilleros que transitaban allí, le dijeron en qué habitación estaba. Sin embargo, no la dejaron entrar. Su madre estaba grave. El accidente la había dejado en un estado crítico y no le quedaba otra opción que esperar afuera, en esas sillas de plástico frías.
Se hundió en el asiento y escondió el rostro entre las manos mientras un sollozo se le escapaba. Miraba de vez en cuando por la ventana, por donde aún entraba la luz vespertina, y negaba con la cabeza. Su armadura, poco a poco, comenzaba a caerse, pero se obligaba a recomponerse cada vez que escuchaba unos pasos cerca. No quería que nadie del pueblo o conocido la viera quebrada de esa manera.
Finalmente, un médico salió de la habitación. Se limpiaba las manos con un paño y traía el rostro cansado. Amber se puso de pie de un salto, recuperando esa postura rígida, casi defensiva, ocultando el rastro de las lágrimas.
—¿Cómo está ella? —preguntó, sus manos temblaban.
—Su madre permanecerá internada por el momento —explicó el hombre de manera clara y con tono profesional—. Tiene varios hematomas por el impacto del coche y algunos rasguños profundos en el cuerpo, pero se repondrá. Fue un golpe duro, pero establecimos sus signos vitales. Ahora solo queda esperar que descanse.
Amber asintió.
Eso era suficiente. Por ahora.
El médico se alejó. Y el pasillo volvió a quedarse en silencio.
Luego, pasaron algunas horas. No supo cuánto llevaba dormida en la silla o cuándo perdió el conocimiento, hasta que se despertó de golpe tras sentir una presencia frente a ella. Era la enfermera.
—Hija, deberías irte a tu casa. Comer algo, quizás ducharte y regresar.
—No. No puedo dejarla sola.
—Tranquila, no va a quedarse sola. Nosotros la estamos controlando —respondió la mujer, dándole una media sonrisa—. Para cuando vuelvas ella seguirá aquí.
Amber asintió en silencio y se puso de pie con esfuerzo; las piernas le pesaban más que nunca. Salió del hospital y regresó a su casa con la mente en blanco; no podía pensar en otra cosa que en su madre. Parecía un zombi, o un alma penando por alguien que todavía no había muerto del todo. Pero al llegar, el sonido de las radios policiales la devolvió a la realidad.
La policía estaba en su casa. El patrullero tenía las luces encendidas, proyectando destellos azules y rojos sobre la fachada de su hogar. Vio al oficial tomándole testimonio a la vecina, quien señalaba la cerradura forzada con manos temblorosas. En cuanto los uniformados notaron su presencia, Jay no tardó en acercarse a ella antes que sus compañeros.
—Amber, qué bueno que llegas —dijo, bloqueándole el paso—. Necesitamos que nos cuentes exactamente qué pasó. Tu vecina reportó el accidente. El vehículo se dio a la fuga. Cualquier dato puede ayudarnos. Rastrearemos la matrícula de ser posible.
Amber lo miró con el rostro vacío. No sabía con que podía aportar. Ella no estaba cuando sucedió y eso era lo que más le dolía. Ahora, solo necesitaba entrar, cumplir con lo que le había dicho la enfermera y regresar al hospital lo más pronto posible. Cada segundo que pasaba frente a ellos y a este, era tiempo que le robaban de estar junto a su madre.
—¿Puede ser rápido? —preguntó, sin energía para disimular la fatiga—. Mi madre me necesita.
Jay asintió y la dejó pasar, siguiéndola al interior.
La casa seguía igual. La mesa puesta. Los platos servidos.
—No sé si voy a ser de mucha utilidad —dijo Amber—. Cuando llegué, la puerta estaba abierta. La cerradura forzada. La comida seguía caliente. Estaba lista para que... almorzáramos juntas.
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Editado: 14.03.2026