En el lugar de los hechos

CAPÍTULO XXIV

Amber no iba a retroceder, a pesar de lo que Elías le había advertido. Así que ambos se adentraron en la fábrica en ruinas.

A medida que avanzaba, Amber no podía evitar sentir la presencia de ojos observándola desde todas partes. Era una sensación constante, incómoda, pegada a la nuca. Sin embargo, cada vez que giraba la cabeza para comprobarlo, no había nadie. Incluso el silencio allí era distinto al del resto del pueblo, medianamente interrumpido por el crujido leve del suelo bajo sus pies.

La entrada era un camino de tierra mezclado con pasto amarillento, casi sin color, como si la vida hubiera sido arrancada del suelo. Era imposible imaginar que allí volviera a crecer algo después de la contaminación que se había extendido por la zona.

Amber, de vez en cuando, llevaba la mano a su cicatriz. Aquel sitio era como si esta cobrara vida. No dolía, pero palpitaba con pequeñas pulsaciones insistentes, como un recuerdo enterrado que intentaba salir a la superficie.

Elías lo notó.

Ocurrió tres o cuatro veces antes de que él hablara.

—Puede sucederte —dijo con calma—. Tu cuerpo recuerda este lugar. Sabe que alguna vez perteneció aquí.

Amber no respondió.

Más que una fábrica, el edificio parecía una antigua mansión aristocrática, de esas que en otro tiempo debieron pertenecer a alguna familia poderosa. La estructura era elegante incluso en su decadencia. Lo que quedaba de ella sugería un pasado de prestigio, uno que ahora estaba cubierto por abandono y secretos.

La cuestión es que Amber no esperaba encontrarlo de aquella manera. Algunos sectores parecían haber sido reparados para conservarlos. Otros, no tanto. Aun así, la construcción conservaba sus enormes ventanas. Algunas estaban rotas; otras solo tenían el marco vacío o seguían intactas.

Había demasiadas ventanas.

Y una sola puerta.

Una puerta enorme que se abría como una boca, esperando tragar a cualquiera, o lo suficientemente curioso como para acercarse. Como Amber.

La madera estaba desgastada, agrietada por el tiempo. Daba la impresión de que, si alguien la empujaba con demasiada fuerza, podría desplomarse sobre sí misma.

El techo, visto desde el frente, permanecía sorprendentemente intacto. Pero Amber tenía la sensación de que por dentro la historia sería otra. Detrás, se extendía una neblina espesa que rodeaba toda la construcción. No era una bruma ligera. Parecía estancada, como si el aire allí estuviera atrapado y no pudiera moverse. A su vez, ocultaba una colina alta, aunque no tanto como el propio edificio, cuya silueta dominaba el paisaje con una presencia inquietante.

Cuando entraron, lo hicieron con cuidado. A Amber se le erizó la piel al instante. No sabía hacia dónde dirigirse. Todo parecía igual de oscuro, igual de incierto. Elías, en cambio, avanzaba con seguridad. Lo conocía como la palma de su mano.

—Deberíamos comenzar por acá —sugirió.

Amber asintió.

Se internaron en un pasillo largo y angosto. Las habitaciones comenzaron a aparecer una tras otra, separadas por más pasillos que parecían multiplicarse. Era como caminar dentro de un laberinto sin fin.

Amber tenía entendido que toda esa parte cercana a la entrada no era lo importante. Lo relevante estaba más adentro, oculto, o en lo posible más bajo cuando descendían. Si no eran pasillos, eran escaleras, de las que no tenía idea a dónde terminaban, ni mucho menos a dónde estas conducían. Por eso no cuestionó los caminos que Elías tomaba ni las habitaciones que dejaban atrás.

Hasta que empezaron a aparecer las salas.

Algunas tenían grandes vidrios transparentes. Otras estaban cerradas con puertas metálicas que solo tenían una pequeña rejilla para mirar hacia dentro.

Amber se detuvo frente a una de ellas. Dentro había personas. Personas con vida. Encerradas. Algunas estaban conectadas a máquinas mediante tubos bajo su piel. Otras permanecían acostadas, inmóviles, como si estuvieran dormidas… o sedadas. Sin embargo, había quienes estaban despiertos. Pero sus ojos estaban perdidos. Sus cuerpos se veían débiles, consumidos.

Sintió que el estómago se le revolvía. El olor del lugar era difícil de describir. Una mezcla entre desinfectante, humedad, algo metálico y sangre.

Llevó una mano a su boca.

No sabía si lo hacía por las terribles cosas que le hacían esas personas ahí adentro o por el aroma que no podía ni respirar. Hasta sus labios habían comenzado a temblar y tuvo que pellizcárselos con los dedos para no perder el control.

Nunca había visto, ni imaginado algo así.

Y eso no era todo.

En un momento llegaron a una especie de sala de control. Las paredes estaban cubiertas por pantallas, una encima de otra, como viejos televisores encendidos al mismo tiempo. Cada una mostraba una parte distinta del edificio: pasillos, habitaciones, salas de experimentación.

Todo estaba siendo vigilado.

Todo estaba siendo controlado.

Amber sintió de nuevo un escalofrío recorrerle la espalda.

—¿Por qué todos ellos están acá? —preguntó con la voz baja, como si temiera que los escucharán o se despertaran.




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