En el lugar de los hechos

CAPÍTULO XXV

El paisaje se encontraba en movimiento, al igual que el piso bajo sus pies. Amber no entendía qué hacía dormida en el asiento del copiloto de un auto, ni de quién era o cómo hizo su acompañante para obtenerlo. Era ajena a lo que ocurría a su alrededor por el sedante que le habían dado y quién era el misterioso conductor. Aunque, para su sorpresa, se trataba del hombre de saco gris grande y torso desnudo, quien posiblemente la había salvado de que cayera otra vez en el retorcido proyecto de Robert Anderson. Sin embargo, él no era un hombre mayor como tal vez podía apreciarlo ella, tampoco un salvador.

Y ahí estaba el error.

Lincoln Graves era una criatura.

Una de esas que provenían de debajo de la tierra y que, a simple vista, podía aparentar ser un humano de unos veinticinco años. Pero no funcionaba como las demás, sino como una que se parecía a Benjamín.

Tanto él como algunas otras que merodeaban por el pueblo pertenecían a algunos casos particulares. Particulares, porque justamente, contaban con cierta clase de comportamientos que no les correspondían. Por ejemplo, una criatura normal debería ser eso: solo una criatura. Eso quería decir que no deberían poder tener consciencia de sus acciones, comunicarse con los habitantes del pueblo, ya fuera de manera verbal o no; y, sobre todo, sentir. Tener emociones. Era como si tanto en Lincoln como en Benjamín convivieran dos cosas al mismo tiempo: su parte criatura, su parte humana.

Más allá de la crisis existencial que pudiera tener Benjamín, como Lincoln solía mencionárselo seguido y le gustaba hacerlo enojar, este ya lo había superado. Y en esos momentos, todo esto era irrelevante para su persona. Él aceptaba que era distinto, pero su naturaleza seguía siendo la misma. Era un monstruo, pero necesitaba a Amber tanto como al rubio encantador que parecía hipnotizarte con sus palabras en francés.

A lo mejor, fue eso lo que enamoró a la chica.

Por lo que, por medio de un celular descartable, mientras manejaba y miraba sus espejos asegurándose de que nadie lo estuviera siguiendo, llamó al rubio y le dio un mensaje corto ni bien este respondió.

—Tengo a la chica. La casa del muelle que está junto al lago. Ahora.

Antes de que pudiera recibir interrogantes del otro lado, apagó el celular y lo tiró por el camino.

Unas horas más tarde, Amber comenzaba a abrir los ojos. Aunque en realidad había sido porque un bache casi dejó al auto partido a la mitad en plena avenida. Cuando de a poco fue incorporándose en su asiento, tocándose alguna parte de la cabeza como si la hubieran golpeado con fuerza por esa zona, la vista se le fue aclarando. Fue familiarizándose con lo que la rodeaba y, antes de que pudiera fijarse en el desconocido que tenía a su lado, este se le adelantó a comunicarle:

—Si gritas o comienzas a hacer preguntas, no tardaré en hacer que vuelvas a roncar como estabas recién.

Amber quedó helada. No quería ni pestañear.

Tragó saliva, dirigió la mirada al frente y llevó su mano lentamente a su costado para intentar abrir la puerta. Quizás, si lo hacía rápido, no se daría cuenta de que en un descuido podría saltar y escapar hacia algún lugar lejos de quien la había raptado. Por más que la idea sonaba bastante descabellada, lo hizo. Ni ella supo cómo, pero saltó y no tardó en rodar por el piso.

Su instinto solo le decía: “corre, escapa, antes de que sea tarde”.

Las rodillas, codos, incluso el mentón terminaron lastimados, enrojecidos y sangrantes. Lincoln no iba a una velocidad muy alta, pero sí lo suficiente para que ella terminara a unos cuantos metros y herida. Se levantó como pudo y empezó a correr. La avenida estaba solitaria, como la mayor parte del tiempo, y fue una ventaja para aquel, ya que no tardó en darse la vuelta y conducir sin tráfico hacia donde se había tirado Amber. Pero su suerte no duró por mucho: reventó un neumático y tuvo que bajarse y comenzar a perseguirla a pie.

Ella lo notó y corrió con más fuerza para que no la alcanzara. De hecho, pensó que él no lo haría, que nunca llegaría hasta ella. Puesto que estaba descalzo. Y aun así, eso parecía no importarle.

—¡Amber, no puedes escapar! No llegarás muy lejos, ¿escuchas? —le gritó aquel, jadeante, que a pesar de estar persiguiéndola, tenía el cabello intacto. Estaba peinado con una prolijidad hacia atrás, como aquel día en que lo vio afuera de la estación de policía hablando con Benjamín—. Además, si te quisiera muerta, ya lo habría hecho.

—¡Ni siquiera sé quién eres, déjame en paz! —protestó también a gritos.

Amber empezaba a sentirse cansada y la respiración le estaba siendo bastante pesada, y sentía que su ritmo iba disminuyendo. Sobre todo porque había decidido dirigirse hacia algunas de las casas que comenzaba a divisar a lo lejos y pedir ayuda. Pero entonces tropezó con una piedra en el césped, por el pastizal alto que llevaba tiempo sin cortar y que podía ser bastante engañoso debajo de sus pies.

Lincoln se abalanzó hacia ella cuando intentó volver a levantarse, como un león cazando a un antílope. Solo que Amber era más un búfalo, imposible de domar. Encima de esta, se quitó el saco dejando su cuerpo al descubierto e intentó enredar las manos de Amber en él, de modo que las dejara quietas y así poder arrastrarla hasta el vehículo. Pero se movía tanto que, en una ocasión, le pegó para defenderse y, en otra, lo rasguñó. Cuando este se llevó una mano a la mejilla y sintió el ardor, lo empujó aprovechando para escapar unos cuantos pasos más.




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