En el lugar de los hechos

CAPÍTULO XXVI

Cuando despertó, lo primero en recibirla fue el abundante e intenso olor a tierra. El mismo que solía estar en estado de descomposición y, al mismo tiempo, fresco y frío. Ellos debieron saberlo, ya que no tardó en arrugar su nariz y moverla para todos lados tratando de saber de dónde provenía. Intentó moverse en el lugar que estaba. Al parecer era acolchonado y estaba tapada, pero aun así le dolía la espalda y parte del cuerpo, y no sabía por qué. Las manos y pies ya no las tenía atadas. Benjamín la había liberado y puesto en un lugar más cómodo.

Amber escuchó los murmullos a su alrededor y eso la asustó. Por lo que abrió los párpados de golpe, a pesar de haberlos sentido pesados. Incorporándose, lo vio que estaba sentado en el sillón frente a ella.

—¿Qué es esto? —soltó, haciendo a un lado la manta y poniéndose de pie. Miró fijamente a Benjamín—. ¿Qué está pasando? ¿Qué me hicieron?

Él hizo el ademán de responder, pero Amber desvió la vista hacia quien se encontraba a espaldas de este. En la cocina, integrada a la misma habitación del living, estaba el hombre del saco gris abriendo y cerrando cajones, buscando algo para comer.

—¿Y quién es él? —preguntó señalándolo, mientras su pecho, acelerado, subía y bajaba con violencia—. ¡Él fue quien me atacó como a un animal!

Lincoln se giró hacia ella y la observó con ojos sorprendidos.

—Te salvé, que es diferente —la corrigió. De la heladera sacó un yogur y unas uvas, y comenzó a preparar una mezcla extraña—. Y sí, lo soy, para qué negarlo.

—¿Salvarme? ¿Salvarme de qué? —exclamó ella, al borde de la histeria.

—¿Qué hacías en la fábrica, Amber? —la interrogó Benjamín, procurando que su atención volviera a él para que se calmara. Se puso de pie y se le acercó apenas, pero ella lo apartó con brusquedad.

—¡No me toques! —le advirtió—. Ni siquiera te atrevas. Lo sé todo.

—No, apuesto a que no lo sabes todo —negó Lincoln y, antes de meterse la cuchara en la boca, agregó—: Si no, puedes ponernos a prueba.

Amber decidió ignorarlo y enfrentar a su tutor.

—¿Por qué no me lo dijiste cuando te lo pregunté? ¿Por qué escondiste que Robert Anderson era el dueño de esa fábrica? ¿Que conoce a los trabajadores porque eran quienes trabajaban para él y sus experimentos? ¿O acaso me dirás que no lo sabías? ¿Sabías lo que hizo conmigo cuando solo tenía cinco años? ¿Lo que quiso hacer conmigo, cuando descubrí todas esas salas y a las personas que tiene encerradas? —las preguntas salían disparadas de su boca. No podía permitirse tomar aire. Era una bomba que estaba a punto de explotar—. Hay niños, hay jóvenes, de diferentes edades que los obligan a completar ciertos protocolos. ¡Esto es tan retorcido!

—No sabía sobre eso.

—¡Mientes! ¿Por qué todavía lo haces? Llevo un corte detrás de mi oreja y pasé cerca de trece años sin saber lo que me habían hecho, y ahora lo sé. Experimentaron conmigo y me alejaron de mi familia e intentaron volver a hacerlo. Quisieron averiguar por qué no logré atravesar sus pruebas. ¿Acaso sabes lo que se siente que se apropien de ti y no saber qué te hicieron? ¿Sabes lo que se siente que te hagan creer que estabas mal?

—¡Claro que lo sé! —exclamó Benjamín exaltado, y su estallido la hizo retroceder.

—Oh, oh… tocaste un punto débil del niño —se burló Lincoln.

—¿De qué está hablando? ¿Punto débil?

—Escucha —dijo Benjamín suspirando, tratando de recuperar el control—. Sí, mi abuelo trabaja en esa fábrica. Es el dueño y sigue funcionando, es verdad. Trataba con personas, sí. ¿Qué hacía con ellas? No lo sé, ni a mí me contaba sus asuntos. De hecho, pensé que sus propósitos eran otros. Pero más allá de todo esto, no debiste meterte en ese lugar. Lo hiciste una vez y no terminó bien. Ahora fuiste y lo hiciste de nuevo, sabiendo perfectamente que podía terminar mal.

Amber lo miró con los ojos entrecerrados, tratando de procesar lo que decía.

—Eso no me importa. Buscaré al oficial, le diré lo que está sucediendo, buscaré a mi madre y ambas saldremos de este pueblo para siempre.

—Todos queremos irnos, Amber —intervino Lincoln con humor—. La diferencia es que tú todavía crees que puedes.

—Buscar ayuda de la policía no te servirá de nada, y aunque parezca que no, él tiene razón —añadió Benjamín—. Nadie puede salir. Hay un domo que retiene al pueblo.

—Lo sé —respondió Amber—. Retiene tanto a criaturas como a las "anclas".

Esa palabra hizo que Benjamín frunciera el ceño y se mostrara aún más confuso. Las “anclas” era un concepto que desconocía. Su abuelo nunca se las mencionó.

—¿Anclas?

—Elías me habló de ellas —continuó Amber—. Personas que mantienen ese domo activo. Que lo sostienen. Que evitan que algo salga… o que algo entre.

Lincoln dejó la cuchara apoyada en la mesada, al igual que el pote vacío, y alzó las cejas con interés. Se acercó hasta donde estos estaban y se tiró en el sillon.

—Eso sí que es información nueva.

—Que nosotros no lo sepamos no quiere decir que no podamos salir —prosiguió Amber—. Quizás sí se puede y nos hicieron creer lo contrario. Es una posibilidad y un riesgo, pero yo lo voy a intentar. Mi padre murió por eso, pero tal vez se lo impidió lo que ya conocemos.




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