Las manos las tenía aún temblorosas sobre el arma. El rostro empapado de lágrimas. Su boca formaba una “o” pequeña, como si todavía no pudiera reaccionar ante lo que acababa de pasar. La cabeza la giró apenas hacia Benjamín, que estaba inmóvil en la puerta. Y sin poder aguantar un poco más el peso de su cuerpo, cayó de rodillas al suelo; dejó el arma a un lado y se acercó a gatas al que yacía a pocos centímetros de ella.
Aquel dio algunos pasos hacia adelante, precavido, temiendo que le hubiera arrebatado la vida a su abuelo. El único familiar, después de Amber. Al hacerlo, notó un agujero en el techo, un jarrón hecho pedazos, sillas corridas, el desorden… luego el sujeto y con él, una bala en el centro de la cabeza.
Las manos de Amber se ensuciaron, tocando el cuerpo sin saber qué hacer. De inmediato, su ropa se impregnó de sangre y la mancha empezó a expandirse sobre sus pies. Pero eso no era todo, porque cuando Benjamín levantó la mirada, supo que Amber nunca estuvo sola. Se fijó en quién estaba en la esquina escondido, a oscuras. Era el geólogo, el cual no tardó en comunicarle:
—No teníamos intenciones. No queríamos que esto pasara, pero nos atacó.
La voz sonaba agitada. Sacó rápido un pañuelo blanco y bordado de su bolsillo y se lo llevó a la nariz. Intentaba no inspirar el aroma que comenzaba a llenar la cocina. Incluso, se dio la vuelta para no ver más al muerto y salió afuera.
Amber sollozaba. Hiperventilaba.
Benjamín se puso de cuclillas frente a ella y le apartó el cabello del rostro.
—¿Qué hiciste, Amber? Cuéntame despacio y con calma. Dime qué pasó.
Con la boca y dientes tiritando, como si tuviera frío, y los ojos enrojecidos, intentó mirarlo. No podía. No podía despegarlos del cuerpo.
—Yo no… quise hacerlo. Yo no quise hacerlo —repetía, negando con la cabeza.
—Lo sé. Sé que no lo harías —le dijo, intentando calmarla mientras limpiaba con la yema de sus dedos las lágrimas saladas y calientes de su rostro—. ¿Por qué vino aquí? ¿Qué buscaba? Dijiste que lo habían encerrado. Entonces, ¿por qué está libre?
—Vino por mí. Me quería a mí —se limitó a decir—. Quería que fuese su reemplazo. Que tomara su lugar. Pero yo nunca lo aceptaría.
Benjamín frunció el ceño.
—¿Reemplazo? ¿Para qué? Sé más clara, por favor.
Aquella alzó la mirada hacia él.
—Quería que me convirtiera en un ancla.
El silencio se instaló entre ellos. Pero Amber no tardó en seguir explicando.
—Irrumpió en mi casa. Me amenazó para que lo hiciera. Intentó llevarme a la fuerza. Nunca podría haber esperado algo así de él, pero enloqueció.
Benjamín respiró hondo.
—Escuché dos disparos.
—Es que uno fue al techo —señaló la grieta debajo de ellos y él siguió el recorrido con la mirada—. Quería que hiciéramos silencio. Intenté convencerlo y a su vez distraerlo para que bajara el arma. Cuando eso pasó, Hurton tomó la decisión de golpearlo con el jarrón en la cabeza. Fue ahí cuando tomé el arma y le disparé sin ver.
—Entiendo. ¿Y qué hacía Hurton en tu casa?
—Vino porque le dije que lo hiciera. Teníamos algunas cosas que hablar, pero Elías apareció de la nada. El señor H llegó y sucedió lo que sucedió.
Benjamín se puso de pie. Recorrió la casa con una mirada lenta, evaluando cada rincón, cada detalle, como si estuviera frente a un problema que podía resolverse. Amber, en cambio, lo observó en silencio. Lo vio comprobar una a una las ventanas. Se detuvo frente a las cortinas y terminó de cerrarlas, asegurándose de que ningún vecino curioso quisiera asomarse a espiar lo que debían hacer.
Buscó dos bolsas de consorcio entre los cajones de la cocina y regresó junto a ella.
—Levántate, Amber —le ordenó.
—¿Qué…? ¿Para qué?
—Ayúdame a moverlo. Tenemos que sacarlo de aquí —respondió él, tomándola del brazo para obligarla a incorporarse—. Lo meteremos en una bolsa y lo tiraremos por ahí. Juntaremos el jarrón, te quitarás la ropa que manchaste y la meteremos en otra para quemarla y eliminar toda evidencia. Cubrirás tus huellas y limpiaremos todo.
Amber, retrocediendo, negó nuevamente con la cabeza. El pánico volvió a hacerse presente.
—No… no podemos hacer eso. Hay que llamar a la policía.
—¿A quién? ¿Crees que ellos van a entender lo que pasó? —la interrumpió Benjamín con una risa seca y sin humor—. No vamos a llamar a nadie. ¿Por qué siempre buscas hacer lo correcto, Amber?
—¡Porque es lo que deberíamos hacer! ¡Porque todo esto es una completa locura! No podemos cargar con un cuerpo afuera, los vecinos nos verán —exclamó precipitada, señalando hacia el exterior.
Benjamín no se inmutó. Miró el cuerpo de Elías y luego la puerta que daba al patio trasero.
—Bien. Entonces, vamos a enterrarlo en el fondo de la casa, donde nadie lo pueda ver. Lo haremos ahora y rápido. Si lo encuentran aquí, se acabó todo, Amber.
Sintió que todo le daba vueltas. Miró sus propias manos, luego a Benjamín, y asintió.
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Editado: 25.03.2026